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miércoles, febrero 08, 2017

Billy Budd en el Teatro Real


Con Britten siempre me pasa lo mismo: Sus óperas se me hacen muy cuesta arriba al principio, pero luego llegan a un punto de inflexión en el que de golpe todo se precipita y quedo totalmente atrapado por música, argumento y conjunto.

Y con Billy Budd no ha sido una excepción. El inicio de la ópera se me hace pesadísimo, con ese ñiñuñiñu y esos medio recitativos / medio ariosos que sirven para presentar a los personajes y la acción. Hasta que todo explota, cobra cuerpo y ya no puede uno desviar la atención.



Porque la música de Britten es tremendamente descriptiva y acompaña perfectamente al libretto, que de por sí tiene muchísima fuerza. Fuerza, sí, pero... ay, hay un par de cosillas que se me quedan con flecos en esta ópera.

La primera es el propio personaje principal, Billy. Lo siento, pero no me logra transmitir esa fascinación que debería. No entiendo por qué todo el mundo lo adora, no me llega su ingenuidad, que veo un poco forzada. veo al capitán Vere mucho más elaborado psicológicamente hablando. De hecho, la ópera es su conflicto, no el de Billy.

Y el otro fleco es la actitud del maestro de armas, Claggart, respecto a Billy, que es la chispa que enciende el drama. Claggart está obnubilado con Billy, siente una atracción malsana hacia él, fantasea con el muchacho... y de golpe y porrazo pasa a odiarlo y a jurar destruirlo. Así, sin más, en un momento super escueto. Se me quedó todo como un poco precipitado.

Pero bueno, a partir de ese momento, que es el conflicto principal de la obra, todo va sobre ruedas y los acontecimientos se precipitan hasta un final demoledor.


Y hay que decir que el Teatro Real ha puesto en escena una producción de muy alto nivel.
La orquesta a cargo de Ivor Bolton, adecuadísima y pendiente de todo. No le puedo poner peros porque tampoco estoy muy ducho en Britten, pero vamos, que fue capaz de lograr una escena de la batalla naval totalmente rotunda y luego un aria de despedida de Billy que ponía los pelos de punta. Muy bien.

El coro, masculino y con refuerzos, estupendo. Apropiado en cada momento, desde el murmullo a lo más fuerte (sin necesidad de gritar). Muy pero que muy bien.

Y luego el reparto, más que competente. No es que sea de campanillas, pero cumplió con creces. A Jacques Imbrailo le falta un pelí de brillo en el timbre pero consiguió embobarnos y hacer creíble su Billy con mucha capacidad de matiz. En el segundo acto estuvo sobrecogedor. Lo mismo que le pasa a Toby Spence. A la voz le falta sólo un puntito para decir "joé qué maravilla", pero igual que Imrailo, su capitán Vere interpretativamente estuvo de 10. Y para comérselos con patatas a ellos y a todos los que tuviera delante, el demoledor Claggart de Brindley Sherratt, con una voz potente, timbrada, plena, ideal para el personaje.

A su lado, un muy buen grupo de secundarios, sirviendo perfectamente sus personajes.


Y llega el momento de mencionar a la otra gran protagonista de la velada, la directora de escena Deborah Warner, que nos demuestra que tiene un auténtico sentido dramático y que con ayuda de iluminación y muy pocos elementos (3 plataformas en el suelo del escenario y unas cuerdas) se puede conseguir reflejar a la perfección el barco Indomable. Tiene unas cuantas escenas absolutamente memorables, como la de las hamacas donde se hacinan los marineros mientras los oficiales están por encima, la recreación del camarote del capitán y las brutales batalla naval y amago de motín (bestiales, en serio). Se va a grabar un vídeo de estas representaciones. Desde luego merecerá la pena. 

Ah, para los amantes de ver carne, el barítono Ducan Rock ¡se vuelve a quitar la camiseta venga o no a cuento! enseñando su potente pectoralia punto com.


Quien pueda conseguir una entrada, de verdad que vaya, que al principio le puede costar, pero luego saldrá encantado. Al menos todos los amigos con los que coincidí (y que no se fueron en el entreacto, que también hubo, ehhhh) opinaron lo mismo.

Me he quedado con ganas de ver la película La Fragata Infernal, basada en el mismo relato, y que todos dicen que es buenísima. A ver si la consigo (y consigo el tiempo para verla).
Bien por el Teatro Real. Muy bien.


Benjamin Britten
Billy Budd
Jacques Imbrailo, Tobey Spence, Brindley Sherratt, Thomas Oliemans, David Soar, Torben Jürgens, Christopher Gillett,  Duncan Rock, Clive Bayley, Sam Furness, Francisco Vas, Manel Esteve, Gerardo Bullón, Tomeu Bibiloni, Borja Quiza, Jordi Casanova, Isaac Galán.
Ivor Bolton, Deborah Warner.
Teatro Real, Madrid.
Viernes, 3 de febrero de 2017


martes, enero 24, 2012

Iolanta y Perséphone


Doble programa en Madrid: Iolanta de Tchaikovski vs. Perséphone de Stravisnki.

Bien.


Iolanta empieza como un cuento de Grimm y acaba como una misa de Rouco.

Iolanta es una princesa que no sabe que es ciega pero gracias al amor verdadero recupera la vista. Qué Disney es todo, ¿no? Pues no, porque el libretto se empieza a meter en berenjenales místico-religiosos que la verdad asustan un poco.

Cortapegando de un artículo leído: Iolanta es una metáfora de la necesidad de la verdad para alcanzar de la luz interior el arma del amor para vencer a la oscuridad. Pero la verdad y el amor poco podrían sin la voluntad de Dios, que es la misma Luz de origen, así que la obra se convierte en un canto a la existencia de Dios y una reverencia ante su infinita gloria.

A mitad del dúo de amor el texto de la ópera empieza con que la luz es lo primero que nos dio el Creador, y ya me estaba yo imaginando delirios cristianos de Tchaikovski hacia el final de su vida. Que a muchos homosexuales torturados les da por la vena religiosa. Y luego va y aparece un coro a capella de angelitos hablando de la Santísima Trinidad que me dejó totalmente descolocado, porque rompe toda la progresión argumental de la ópera y además queda como un pegote total.


Me quedé a cuadros. Y es que resulta que en esta Iolanta de Madrid se ha añadido en mitad del tercer acto un salmo que compuso Tchaikovski, acentuando toda la parte mística de la obra pero también desvirtuando toda la carga dramática. Y dramatismo no es algo que a Iolanta le sobre, precisamente.

Pues señores, si añaden, háganlo bien, no con esos silencios cortarrollo de antes y después del coro. Y ya puestos, por favor un Zeffirelli que me saque un triángulo amarillo con su ojo, sus rayos, sus nubecitas y sus querubines con alitas para ilustrar un poco. En fin.

Salvando el pegote, que sólo sirve para comprobar lo bien que funciona el coro, Iolanta tiene una música preciosa con muchas reminiscencias a Onegin pero sin su pegadizo melodismo. El dúo de amor es tremendo.



Correctos los cantantes aunque todos con el tipo de voz eslava esa que parece que sale de muy atrás. Buena prestación de Veronika Dzhioeva como la prota, un puntito falta de brillo. Cumplidor Popov como Vaudémont y una alegría comprobar que Willard White sigue en activo con papeles que todavía le van.

La orquesta, irregular. Había momentos en los que parecía que se iba a arrancar por fin, pero luego caía en letargos. Sonó muy bien, pero no me ha gustado mucho la dirección, un poco morosa de más. Por no hablar de que el director musical, Currentzis, ha sido el artífice de meter el pegote del salmo.


La puesta en escena les ha debido de salir barata, salvo traer a Sellars y comprarle tres collares en Accesorize, claro. Porque vamos, la escenografía parece comprada esta misma semana en el Leroy & Merlin: tres marcos de puerta, cuatro piedras de jardín, dos focos y cuatro telones con manchas así como de aerógrafo. Ya me dirás.

Por ahorrar hasta han eliminado los paneles laterales. Es una puesta para ver desde patio de butacas y centrado. Que desde arriba lateral ves la manguera del extintor, los cuadros de luces, los monitores, las salidas de emergencia...

Eso sí, no es molesta, consigue escenas plásticas y bonitos efectos de sombras y luces. Pero no deja de ser un poco vacía, casi como una versión en concierto.

La única pega que le veo es un arrebato sexual en el primer encuentro de la pareja protagonista. No es que no venga a cuento, que puede que sí (es un poco el rollo sexual subyacente en los cuentos de hadas tradicionales) pero es que no pega nada con el devenir posterior de la ópera y el misticismo de la representación.


En definitiva, una ópera muy agradecida de ver, que no está en el repertorio habitual y que merece la pena ser conocida.

Ah, lo de una hora y media, mentira: casi 20 minutos más (¿el coro de la misa?).

En el entreacto, algunas deserciones, los laterales de arriba casi se vaciaron.


Y después llegó Perséphone, de Stravinski.

¡Ay!

Vale, no es una ópera, es una "performance" con coro, tenor, actriz y bailarines camboyanos. Sí, bailarines camboyanos. Por lo visto Sellars explicó el porqué en la charla presentación de la ópera, pero como yo no he asistido y nadie me lo quiere contar, pues no sé por qué hay bailarines camboyanos.


Bien el elemento coreográfico, muy expresivo y acorde a lo que se cuenta.

Mal el que hayan separado el personaje principal en dos: por un lado la actriz y por otro la bailarina.

El coro, una vez más, estupendo.

Paul Groves, aún aligerando mucho los agudos, suficiente como tenor.

La música de Stravisnki... pues pichís pichás, con sus momentos interesantes y otros bastante muermo. En los ratos de aburrimiento, me dediqué a contar las personas que se iban de la sala: en Paraíso, unas 25 (y sin ningún recato a la hora de taconear por los pasillos de tarima de madera del teatro).

La puesta en escena, la misma que con Iolanta, de baratillo.


La actriz Dominique Blanc y su amplificación, insoportables. La voz sonaba con excesivo volumen sobre la orquesta. ¿Es que no podían regular un poco los altavoces? Era totalmente artificioso. Y será que no estoy acostumbrado a la prosodia francesa, pero joder, qué cursi, ampulosa y retro me pareció. Aquí hubiera hecho falta una showwoman total que recitara, interpretara y bailara, como estaba concebida originalmente la pieza.

Cortita, 45 minutos o así.

Una curiosidad sin mayor trascendencia la Perséphone ésta. Un poco "de relleno".

En definitiva, una buena velada, con una buena ópera y una propina que tampoco está mal conocer.


Tchaikovski: Iolanta
Veronika Dzhioeva, Dmytro Popov, Dmitry Ulianov, Alexej Markov, Willard White.
Stravinski: Perséphone
Paul Groves, Dominique Blanc

Teodor Currentzis, Peter Sellars
Madrid, Teatro Real, lunes 23 de enero de 2012

jueves, enero 12, 2012

Lady Macbeth de Mtsensk en Madrid


Bueno, lo siento, hace casi un mes que fui a la Lady Macbeth de Chosta en el Real y ni lo he comentado en el blog. Los jaleos navideños.
En fin, lo primero, muy feliz año a todo el que lea esto, que no voy a quedar de antipático, oiga.

Y lo segundo, la Lady Macbeth.



Empecemos con una frase de esas pedantes que tanto encantan a los operófilos:

Shostakovich es, junto a Ravel, el gran orquestador del siglo XX.

Y, dicho esto, pasamos a que su Lady Macbeth es un puro exceso orquestal. Ahí está todo: desde retazos de verismo a expresionismo, en un lenguaje "neotonal" que no da tregua un instante.

Y ahí subyace el problema de su interpretación: la orquesta no para relajada un segundo y es muy fácil epatar al público sacando los trombones a proscenio y metiéndonos unos pepinazos que nos dejen sordos. Pero la Lady Macbeth es algo más que eso, la orquesta tiene que ser fuerte pero también asumir matices. No son sólo decibelios. Pero claro, cómo resistirse a soltar toda la caballería.

En este sentido, la visión de Harmut Haenchen me pareció que se rindió al efectismo en exceso. Sí, desde luego consiguió levantarnos de la butaca, y logró esa sensación de distinguir qué significa cada momento, especialmente en los interludios, pero qué quieres que te diga, al final me aturdió... un poco. Sí, una labor notable, pero un poco enfollonada para mi gusto.



Tampoco ayudó mucho la bobá de dividir la obra en dos partes muy desiguales en duración, cuando separando los actos de dos en dos hubiera estado todo mucho más equilibrado, tanto en atención del espectador como en equilibrio dramático.

La puesta es aburrida: una jaula de cristal llena de zapatos refleja de manera muy obvia el hastío de Katerina, encerrada en su celda mientras afuera todo es barro y suciedad, que acabará manchándolo todo, claro.
La idea, aunque facilona, funciona, pero se hace tediosa cuando llevas dos horas viendo lo mismo. Mucho mejor en la segunda parte, que con un par de simples movimientos escénicos logra meternos más en la historia.


Sobre el carácter pseudopornográfico y escandaloso que tanto se comentaba (ya se sabe, carne de sensacionalismo periodístico), pues lo de siempre. Por una parte, Katerina y Sergei follan porque, más que el libreto, LA MÚSICA lo dice. Y el viejo Boris ya se sabe que es un baboso. No sé, los que se escandalizaron creo que ya iban predispuestos a ello. Vale, sale la Aksinya en tetas cuando los obreros la acosan y Katerina se pasa 3/4 de la ópera siendo sobada en combinación.


Y Eva-Maria Westbroek la verdad es que es la típica "señora estupenda" al modo que se decía en las rijosas pelis españolas de los 60/70. Entradita en carnes pero no gorda y con la sensualidad a flor de piel.

Su interpretación de Katerina fue espectacular. Lo primero, la voz, potente, resonante, con unos graves de temblar el misterio y capaz de subir sin problema. ¿Que llegaba al grito a veces? Pues sí, pero el papel lo pide. Ojalá la pueda volver a escuchar en un papel más clásico. Y como actriz, fantástica. Ella puede hacernos creíble a esa Katerina que, de principio a fin, es sólo un instrumento de los hombres por mucho que se crea que lleva las riendas.

Lo dicho, fabulosa. Se merendó la representación ella sola.


A su lado, muy decentes todos también. Michael König haciendo de Sergei cumplió con el papel tanto vocal como escénicamente y las dos secundarias lucieron interesantes voces de mezzo. Vladimir Vaneev, sin embargo, fue inexistente como Boris en la primera parte. Ni se le oyó ni impuso autoridad. Mucho mejor cuando interpretó al prisionero.

El coro, excelente. Así da gusto.

Pues sí, me gustó esta Lady aunque la primera parte me cansó un poco.
Brava Westbroek.


Dmitri Shostakovich
Lady Macbeth de Mtsensk
Westbroek, König, Vaneev, Ludha, Wilson, Poulson, Wilde
Haenchen, Kusej
Teatro Real, Madrid
Jueves, 15 de diciembre de 2011




Website del teatro Real sobre Lady Macbeth de Mtsensk
Comentarios del Foro Una noche en la Ópera

lunes, octubre 31, 2011

2 Turandot Low Cost


Cuando uno va a una representación de ópera fuera de los teatros habituales sabe en principio qué puede esperar y qué listón hay que poner. No es lo mismo una producción y unos cantantes de teatro de categoría que lo que te puedes encontrar en un auditorio municipal o en una representación gratuita. Hasta ahí creo que todos más o menos de acuerdo, ¿no?

Porque este año he ido a dos Turandot de bajo coste.

La primera fue en el ciclo que la Junta Municipal de Moncloa-Aravaca ofreció a principios de verano, con dos funciones al aire libre en el Templo de Debod y una en el Auditorio de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense.

Yo fui a la de la Complu. Vamos, ni loco espero yo horas para coger sitio en las sillas y menos bajo el agradable calorcito veraniego madrileño. La de la Complu también era gratuita pero había que solicitar las entradas por teléfono, con lo que sólo había que hacer cola para coger sitio en el auditorio, pero sin apelotonamiento de gente.

Veamos: función gratuita en una universidad. Mode "exigencia" en LOW.

Y es que el nivel fue también bastante LOW, quedando sólo en el límite de lo digno.


No voy a hablar de producción porque cuatro farolillos chinos colgando de un hilo no se pueden considerar decorado. Era una versión en concierto o, como se dice ahora, semiescenificada. Vamos, que había vestuario.

Por un problema eléctrico no funcionaban las luces de los atriles de la orquesta, por lo que hubo que encender toda la luz del escenario. ¿Problema? Los sobretítulos proyectados sobre una madera clara no se veían nada. A mí me daba igual, porque me la sé, pero hubo quien lo pasó mal. Además, mejor que no se vieran, porque eran de una chapucería extrema. En el segundo acto creo que ya optaron por no proyectarlos.

Disculpa que no ponga los nombres de los cantantes pero no conservo el programa. El nivel vocal estuvo aceptable. Las que más destacaron fueron las chicas. Turandot fue rotunda, potente y con clase. Y es que no se puede cantar este papel si no se tiene un mínimo de nivel. Aguantó como una jabata y el timbre hasta me recordó a la Dimitrova. Bien. Bien también la Liù en su agradecido papel. Un par o tres de peldaños más abajo estuvo el Calaf, excesivamente ligero para el rol. Se guardó todo para hacer un Nessun Dorma apañaete y pegó los agudos, pero se le veía que lo pasaba bastante mal. El resto de cnatantes y coro, entre lo discreto y lo más discreto.

Y es que a ver quién es capaz de apreciar a los Ping Pang Pong si, en lo que un amigo llamó puccinicidio, les cortaron casi todas sus intervenciones. El trío del inicio del segundo acto fue suprimido por completo, y creo recordar que alguna otra cosilla también.

Como también se cargaron toda la escena del coro del primer acto. Fiuuu, eliminada.

A pesar de todo esto, se podría decir que la Turandot se salvaba, estaba dentro de lo aceptable/ esperable, pero teníamos otro handicap: la orquesta.

Desajustadilla y sobre todo con un grave defecto: no había percusión. ¡Cómo es posible hacer una Turandot sin percusión! Toda fue sustituida por un piano que sí, hizo el esfuerzo de intentar hacerse notar, pero no pudo ser. Es que ni gong ni timbales ni na de na.

Me imagino que las funciones en el Templo de Debod, entre la sugestión del entorno y que tenían mejor tenor, estarían más decentillas, pero lo que es la de la Complu se quedó en un sufi raspao raspao (un 5.0 que decía mi profe de Botánica, que era que habías suspendido pero te subía una decimilla para no catearte).


Lo que más rabia me dio fue que había arrastrado a varias personas y todo el mundo quedó bastante decepcionado.

Por eso cuando me dijeron que una compañía ucraniana iba a representar meses después la Turandot en un pueblo de las afueras de Madrid, ya no avisé a nadie. Me fui solito con mi Tx para quitarle la espinita de la Turandot de la Complu.

Cogimos entradas para el Teatro Auditorio Adolfo Marsillach de San Sebastián de los Reyes en la fila 4 (que se vea cerquita, que se vea) y... resulta que habían eliminado las dos primeras filas de butacas para colocar a la orquesta y que la fila 3 no se vendió. Así que estábamos... ¡en primera fila!


La Turandot de Sanse ya fue otra cosa. Lo primero, se podía considerar una producción. Cutre y hortera, pero con sus decorados. Luego, con orquesta completa (y a medio metro de nuestras orejas). Y finalmente, con una buena cantidad de personas en escena, que es algo que en Turandot se agradece mucho.

No hubo ningún corte en la partitura, la operita tal y como la conocemos y con el final de Alfano/Toscanini de siempre. Y... A TODA LECHE. Vamos, que se cepillaron la obra en dos horas y cuarto con dos intermedios incluidos. Yo creo que no había escuchado una Turandot tan rápida en la vida. Bueno, sí, quizás el CD de Chailly con Pavarotti y Caballé. Pero es que la cosa fue... volada.


A la orquesta no le pidas sutilezas, especialmente a las cuerdas. Vasyl Valislenko, el director, estaba enfervorizado y la llevaba a tutiplén. Y se lo pasó en grande. Una cosa curiosa que no había visto yo nunca (claro, a ver quién nota eso desde el quinto piso del Teatro Real): el director conversaba con la concertino durante toda la obra y a toda la orquesta la dirigía no sólo con la batuta, sino pegándoles voces. Una cosa... En su exaltación, se le cayó la batuta una vez y al final de la obra le pegó un porrazo al atril que casi se lo tiró encima a los violines. Gozoso y pumba pumba pumba.

Giorgi Meladze, Calaf, se movió en el mismo estilo que la orquesta: siempre en forte. Así las arias le quedaron normalitas, pero lo que es la escena de los enigmas y el final fueron de un efectismo espectacular. Iba vestido como el árbol de navidad de Barbra Streisand: todo eran plateados. En cuanto a actuación, pues como todos los Calafs del mundo: absoluto pasmarote.

Liù (irina Golovchenko) no tenía una voz especialmente bonita de timbre, lo que le deslució un poco. Es un papel muy goloso para una lírica. Estuvo bien, pero sin entusiasmar.



La Turandot de Tatiana Plekhanova ya fue otro cantar. A la cantante se la veía más veterana y rodada. Cierto es que el timbre era poco grato, pero fue la única que matizó y supo expresarse. Y mira que es difícil en este rol. Empezó calando el primer agudo de In questa reggia (ese "e quel grido") y me temía lo peor, pero no. Aguantó el final del aria sin dificultad y a toda pastilla, super-rápida, y luego la escena de los enigmas. No fue perfecta, vale, pero fue la que cantó con más clase y la única que verdaderamente interpretó.

El Timur deplorable, una pena.


Los Ping Pang Pong estuvieron más que correctos, ayudados por una interpretación exagerada y cómica, muy excesiva, y también por la velocidad que ya he comentado. Su trio del segundo acto fue bastante divertido. Le tengo yo cariño a estos personajes. Suelen caer mal porque interrumpen la acción y son como un estorbo, pero para mí son los únicos personajes con los pies en la tierra de esta ópera. Todos los demás viven en sus mundos de príncipes, princesas y amores imposibles, ellos se preocupan de lo que se tienen que preocupar: sus celebraciones, sus banquetes, sus ejecuciones, sus entierros... Además, tienen la música más evolucionada y sorprendente de esta ópera. A lo que voy, que muy bien.

El coro mantenía el tono general de la producción, y además eran los figurantes. Calculé unos 30. A destacar una de las coreutas, vestida de morado ella, superexpresiva e implicadísima: interpretaba cada frase poniendo unas caritas que cada vez que aparecía no podía yo evitar fijarme en ella.

Y es que la dirección escénica, siendo elemental, estaba cuidada: el coro no era algo estático, siempre estaba haciendo algo, igual que los ministros. Dentro de lo clásico, más que entretenida.

Lo más llamativo de esta Turandot es la producción. A ver: el escenario era sencillo: un cielo estrellado con un palacio al fondo y unos telones pintados. Como elementos de atrezzo, tres miniestructuras con ruedas tras las que se encontraban los ministros y unos candelabros en los que no se habían ni molestado en ocultar las regletas de los enchufes. Era tan cutre que enternecía.

Lo más, el palacio de Turandot: es una cabeza de dragón que se abre (se ven los hilitos que tiran) y entonces echan humo y sale la princesa. ¡Súper!

Y si los decorados eran kitsch, del vestuario ya ni te cuento: apoteosis de la lentejuela y la peluca de nylon. Todo era de un brilli brilli escandaloso de ropa de disfraz comprado en los chinos. Pero es que joder, que la ópera transcurre en China. Por el vestido de lentejuelas naranjas del emperador se hubieran tirado de los pelos Tania Doris y Norma Duval. Muy tremendo. Y esas barbas que se les veía la goma elástica con las que se sujetaban, y esos soldados con los bigotes pintados. Super kitsch.


En definitiva, que fue como viajar en Low Cost, que sabes a lo que vas y lo que puedes esperar, y si supera con creces las expectativas como fue el caso de Sanse, pues muy bien.

Esta producción de la agencia Concerlírica está recorriendo toda España. Sé que va a Guadalajara y Valladolid próximamente. En serio, por el precio y yendo libre de prejuicios, merece la pena.

Un último detalle: detrás teníamos a dos matrimonios en la cincuentena que no paraban de decir "qué bonito, qué bonito". Durante el segundo acto se oía como un ruido extraño, como alguien hablando pero muy baito. ¡Era uno de los señores que estaba escuchando el partido de fútbol en la radio con auriculares!

Nos lo pasamos como chinos, nunca mejor dicho.



Vídeos y fotos corresponden a otras funciones de esta misma producción.

Giacomo Puccini
Turandot

Auditorio Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid.
Jueves, 30 de junio de 2011

Concerlírica
Tatiana Plekhanova, Giorgi Meladze, Irina Golovchenko
Teatro Adolfo Marsillach, San Sebastián de los Reyes (Madrid)
Sábado, 29 de octubre de 2011

lunes, octubre 03, 2011

Elektra en el Teatro Real de Madrid


Empieeeeeza la temporada de la polémica en Madrid, señores.

Y ha empezado la mar de bien, con una Elektra notable, oiga.


Y es que traerse a Semyon Bychkov para dirigir la orquesta es, como dicen las cursis, un lujo un broche. No es sólo la rotundidad con la que aborda las partes con más fuerza de la partitura, es la brillantez: donde habitualmente se oye ruido y papapúm papapumba, aquí se oían todos los matices, se era capaz de distinguir los instrumentos. Y acompañaba perfectamente a los cantantes en los momentos más delicados. Bychkov ha exprimido a la orquesta a base de bien. Una gozada.


Pero por muy bien que esté la orquesta, si no hay cantantes de nivel, Elektra se queda coja. Christine Goerke me descolocó bastante al principio: demasiado lírica y, como es habitual en el rol, reservándose para después. Y eso me jode, porque el primer monólogo queda deslucido. Se fue creciendo a medida que avanzó la función y a partir de la llegada de los extranjeros con las noticias se soltó la melena y me pareció estupenda.

Tenemos las Elektras pepinazo continuo, tipo Nilsson, las desgarradas porque yo lo valgo (y puedo), tipo Marton, las sufridoras dramáticas, tipo Polaski. Goerke no va por ninguno de esos tres caminos, va por el suyo, más introspectivo y explotando al final.

La danza final fue abordada como una especie de movimientos espasmódicos, patadas y zancadas. Vale, no es una danza pero coño, es que Elektra es LA LOCA DEL HACHA. Más que efectiva, histérica y enloquecida, que es lo que es.


Jane Henschel está cascaílla, sí, pero al menos CANTA el papel de Clitemnestra, no lo declama ni lo grita. Y escénicamente estuvo la mar de bien.


Manuela Uhl tiene una bella voz, más grande de lo habitual en el papel de Crisótemis. Bien, pero no me acabó de llenar del todo.


Los demás, dentro de la corrección.

La puesta en escena es la típica de una Elektra: todo vale. Es decir, hormigón y trapajos. Una impresionante estructura de varios pisos domina el escenario a modo de palacio/cárcel. Como siempre, desde los pisos altos sólo se ve la mitad. A destacar el uso de la luz incluso dentro del edificio gracias a los tragaluces.


El movimiento de cantantes, de pena. A la pobre Crisótemis la tuvieron dando vueltas sobre sí misma durante toda la ópera, y los encuentros/desencuentros entre Elektra y su madre y hermano, totalmente desaprovechados.

Por lo demás es una puesta muy tradicional, sin transgresiones ni rarezas.

Para mí, buen comienzo de la temporada.
Un título que funciona y unos intérpretes de nivel.
Aplausos finales más que justificados.
Hay otro reparto con Deborah Polaski (y el ardor) y Rosalind Plowright (!)
En la prensa critican que se inaugure con una producción de alquiler de hace casi diez años. No nos libramos del paletismo, parece ser.


Richard Strauss
Elektra
Christine Goerke, Jane Henschel, Manuela Uhl, Chris Merritt, Samuel Youn.
Semyon Bychkov, Klaus Michael Grüber.
Teatro Real de Madrid, lunes 3 de octubre de 2011

Fotos del Teatro Real y de Parsi.

lunes, abril 18, 2011

Cavalleria y Pagliacci: verismo, pero menos



Clásico programa doble en Barcelona, las óperas del Verismo, señores, la Cavalleria rusticana de Mascagni y los Pagliacci de Leoncavallo, pasen y vean.

Pues veamos.

Siempre lo he dicho: Cavalleria es una ópera que tiene que tener un equilibrio muy delicado para que salga bien: Ha de tener la suficiente pasión y tensión dramática para que nos creamos una historia rural de celos y venganza pero sin caer en la exageración. Pero es que si se queda corta puede resultar de una sosería infumable.

Y aquí nos hemos topado con dos "elementos" que han impedido que se logre ese equilibrio: el señor Callegari y la señora Cavani. Entre los dos han conseguido romper la unidad de Cavalleria y reducirla a una serie de números independientes entre sí.

Especialmente la orquesta, que si ahora toco deprisa, que si ahora despacio, que si ahora atronadora y sobre todo haciendo paradas "para el aplauso" tras cada fragmento. Era una sucesión de escenas cada una de su padre y de su madre. El intermezzo no es una pieza de disco de "música maravillosa para gente maravillosa a cargo de la orquesta de Ray Conniff", no. Tiene que reflejar la acumulación de tensión que va a estallar en unos momentos. Pues chico, aquí parecía que iba a salir en cualquier momento un cuerpo de baile como en las producciones made in José Luis Moreno.


Y si no teníamos poco con eso, la dirección de escena ha sido de lo más rancio que se puede echar uno a la cara y ha contribuido en mucho a esa sensación de números aislados con unos parones alucinantes. La conocía del vídeo del año 96 con Cura y la Meier pero no la recordaba tan aburrida. Convencional en los personajes principales pero impresentable en coro y figurantes. Todos entran de golpe, se colocan en semicírculo mirando al frente, se paran, cantan, terminan, se quedan unos segundos inmovilizados para que el público aplauda y se van (todos a la vez, por supuesto). Y luego los detalles repetidos: ¿cuántas veces salía una cabecita de entre cortinas para espiar lo que pasaba para desaparecer deprisa en cuanto uno de los protagonistas miraba? ¿Tres, cuatro, cinco? En fin. Decorado aceptable con cielo de fondo un poco cutre. Pese a estar ambientada en el siglo XX se puede considerar una producción de lo más clasicorra. Y definitivamente deplorable en cuanto a movimiento escénico.


Pues sí, los dos directores lastraron una Cavalleria que los cantantes intentaron salvar en lo posible. A Marcello Giordani ya lo he escuchado otras veces y sé de qué va: voz atrás, aburrida y mate, pero con agudos espectaculares. Pues no, esta vez ha estado muy homogéneo en todo el registro: claro, con intención y realmente brillante no sólo en los agudos. Muy, pero que muy bien como Turiddu. Ildiko Komlosi (ojo con las sopranos qué nombrecitos se gastan ahora) es una soprano de timbre agradable y voz potente. Cumplió como Santuzza pero le faltó garra. Santuzza es la catalizadora de toda la tragedia y aquí parecía más una víctima. Bien. Marco di Felice fraseó e interpretó bien pero con voz escasa de cuerpo abajo. Correcta, con gracia y con un timbre interesante la Lola de Ginger Costa-Jackson. Y Josephine Barstow tendría que haber dejado de cantar Mamma Lucias hace diez años. El coro, a grito pelao.

En una frase, que si no llega a ser por Marcello Giordani hubiera sido una función muy del montón. Yo la disfruté porque es una ópera que me encanta, pero mi querido TX, que estaba a mi lado, se aburrió y además le pareció "una bobada".

Media hora de descanso. Nunca más intentar cenar en ese intervalo. La culpa es mía, claro. Porque la ópera era la excusa, pero en realidad íbamos a hacer una visita a nuestros amigos de Barcelona. Y teníamos que quedar a las once de la noche ya cenados. Pensé que en los 30 minutos nos daría tiempo a tomar algo rápido, ¿y qué es el prototipo de lo rápido? Pues el horrendo McDonald's de enfrente del Liceo. Nunca más. Salimos corriendo, pedimos, engullimos cual ocas en granja de foiegras y volvimos corriendo al cuarto piso del Liceo. ¿Resultado? Olor insoportable a saborizante y una sensación de bolo alimenticio atascado en el esófago durante toda la noche. Horroroso. La próxima vez que nos esperen.

Payasos, de Leoncavallo.
Yo no sé que habrán pensado algunos con el título de la ópera, pero el sábado la zona de cuarto piso donde nos sentábamos estaba llena de niños. ¿De verdad sabían a dónde los llevaban? Dieron algo de guerra, pero más las mamás y papás intentando hacer que se callaran o dejaran de jugar con móviles y nintendos.

Con Payasos las cosas cambiaron a bien, menos mal.


Parece que la orquesta estaba más involucrada y como es una ópera que no tiene números tan independientes sí que se consiguió esa unidad que faltó en Cavalleria. Aún así, Callegari siguió emocionándose en demasía cuando había que tocar forte. Cavani también más contenida aunque con el mismo estatismo y los mismos recursos repetidos (anda que no hizo que mamás sacaran a niños del espectáculo cuando Canio se pone violento). El decorado, un intento de neorrealismo italiano años cincuenta, feo, cochambroso y de un vacío escénico tremendo. También terminó la ópera con una foto finish de todos paralizados. De función de fin de curso, vamos.


Los cantantes aquí estuvieron más modestos. Giordani acusó el esfuerzo de la Cavalleria y estaba menos cómodo en el papel. Aún así, nos obsequió un agudo interminable en su presentación y le dio sentimiento al Vesti la giubba. En el segundo acto la orquesta lo sobrepasó. Mejor de Turiddu que de Canio, pero aún así, muy buena noche de Giordani.

Ángeles Blancas ya sabemos cómo es: visceral y entregada, a veces en exceso. Solvente, no muy cómoda con el papel en la primera parte pero salvando los papeles, y mejor hacia el final. Bien.

Del Tonio, Vittorio Vitelli, mejor no hablar, con un prólogo inaudible. Correcto David Alegret como Beppe (el papel no da para más lucimiento que la serenata y también hay que hacer alguna auténtica barbaridad para cagarla).

Entre todos los elementos se puede decir que salió una función correcta y disfrutable (pese al Tonio y al emplasto de hamburguesa de pollo en el estómago, agh) y, desde luego, mucho más equilibrada que la Cavalleria.

Aún así, para un teatro de primer nivel como es el Liceu, la velada se quedó en un "bien" (y si no llega a ser por Giordani, no quiero ni imaginármela).

Ah, a la salida del Liceu se nos tiraron encima dos putas en la Rambla. Yo creía que eso ya no pasaba.


Pietro Mascagni
Cavalleria rusticana
Ildiko Komlosi, Marcello Giordani, Marco di Felice, Josephine Barstow, Ginger Costa-Jackson.
Ruggero Leoncavallo
Pagliacci
Marcello Giordani, Ángeles Blancas, Vittorio Vitelli, David Alegret
Liliana Cavani, Daniele Callegari
Gran Teatre del Liceu
Barcelona, sábado 16 de abril de 2011

viernes, enero 21, 2011

Ifigenia en Táuride


Qué gustazo que después de tanto siglo XX se nos programe una ópera tan clásica.
Ifigenia en Táuride es una maravilla para los oídos. Escuchándola se da uno cuenta de verdad de eso tan leído de que Gluck es el reformador de la Ópera y el puente entre el Barroco y el Clasicismo. Sin tener ningún fragmento.... llamémoslo "tarareable", la música se mete en la cabeza y va fluyendo con una facilidad pasmosa, haciéndote partícipe del drama. No es una ópera que me pondría en casa para escuchar, pero en teatro se disfruta mucho.

Y encima anoche función sobresaliente, porque todos los elementos estaban a muy alto nivel.
Ovación para orquesta y coro, en su punto, sabiendo lo que tocaban/cantaban y haciéndolo a la perfección.


La producción es muy Carsen: espacio vacío y figurantes componiendo ellos los elementos de escenografía. Algo ya visto en los Diálogos de Carmelitas y que también recordaba a la Kabanova. Nada novedoso pero muy efectivo y yo diría que magistral, porque sólo con espadas, tiza, agua y juegos de luz y sombras consigue explicar perfectamente el argumento, con momentos que ponen los pelos de punta.

Porque vamos a ver las dos maneras de ver el argumento de Ifigenia en Táuride:

1) Ifigenia es una sacerdotisa que debe sacrificar a los dioses a todo extranjero que llegue a la isla de Táuride. Allí llega Orestes, su hermano, aunque no se reconocen. Cuando está a punto de hacer el sacrificio, descubren que son hermanos y la intercesión de Diana les permite huir y volver juntos a Micenas.

Ésta es básicamente la idea que nos pusieron en el Teatro de la Zarzuela hace unos quince años, con Diana Montague acojonada cantando encima de una torre de unos cuatro metros de altura en una producción muy estrambótica de beni Montresor para el Colón de Buenos Aires. El final con la diosa Diana en plan Estatua de la Libertad/Norma Duval con profusión de neones y chiribitas fue de traca.



y 2) Agamenón ha ofrecido en sacrificio a su hija Ifigenia para calmar a los dioses. A la vuelta a casa tras la guerra de Troya, es asesinado por su mujer Clitemnestra (de verduras) y su amante. Su otra hija, con un complejo de Electra que te cagas -cómo se llamaba... cómo se llamaba...-, clama venganza y hace que su hermano Orestes vengue a su padre, matando a madre y amante. Electra se vuelve loca y Orestes acaba atormentado y perseguido por las furias por parricida. Acaba como quien no quiere la cosa en Táuride, donde Ifigenia está de suma sacerdotisa porque Artemisa/Diana la salvó en última instancia pero nadie se había enterado. Ifigenia debe sacrificar a todo extranjero que aparezca por allí y claro, le toca cargarse a su hermano.

Esto es lo que nos cuenta Carsen: un dramón de padre y muy señor mío con una familia en la que los que no se han matado entre ellos están o locos o creyendo que los demás están muertos. El final feliz de la ópera no es tan happy ending como parece: los dioses lo arreglan todo y hala, a volver a Grecia tan panchos pero, ¿en qué estado y a qué precio? El momento final de la obra es sobrecogedor.


Pero claro, por mucha puesta en escena no hay ópera que funcione sin unos intérpretes de nivel. Y ayer estuvieron todos de miedo.

Maite Alberola (la Katiuska alienada) estuvo deliciosa de diosa Diana. Y además cantando desde fuera del escenario con un efecto sonoro muy llamativo.

Paul Groves salvó Pílades pese a algún problema de emisión. Totalmente dentro de estilo, se marcó un final de tercer acto impresionante.


Plácido Domingo, el día de su 70º cumpleaños, que se dice pronto, estuvo estupendo. Vale que no es un papel para tenor y que su estilo de canto no va para nada con el clasicismo, pero joder, para quitarse el sombrero. Y esta vez más porque normalmente Domingo adapta los papeles a su propio estilo de canto (véase el Tamerlano de Händel, donde Bajazet se moría de una manera la mar de verdiana) pero esta vez se ha adaptado él al papel. Y además sin chupar cámara ni robar protagonismo.


Porque la prota la prota la prota es Susan Graham.
Qué maravilla de señora.
Y mira que yo sólo la había escuchado en algún barroco y en el disco de canciones francesas y me esperaba a la típica mezzo de bonito timbre y mucho gusto pero poca voz. ¡Para nada!
Voz homogénea, con proyección, con técnica, bella, expresiva... vamos, todo.
y le daba igual cantar atrás del todo, contra la pared o en la boca del teatro, sin ningún problema para oírsela.
Supo transmitir perfectamente el patetismo de su personaje, sus dudas, sus anhelos. Brava.

Hacía tiempo que no veía lanzar flores al escenario. Vale, ya estaban previstas, pero esta vez, con toda la razón.

Que muy bien, que salí con la satisfacción de haber presenciado un peazo espectáculo.


Ah, obsérvese el quintocoñismo de la posición de mi butaca, y eso que es en la parte baja del Paraíso :-)


Gluck.
Iphigénie en Tauride.
Teatro Real de Madrid, jueves 20 de enero de 2011
Susan Graham, Plácido Domingo, Paul Groves, Maite Alberola, Franck Ferrari
Thomas Hengelbrock, Robert Carsen

lunes, diciembre 27, 2010

El caballero de la rosa


Der Rosenkavalier aterriza en Madrid como gran baza para la temporada navideña y a mí me toca en el abono la última función, es decir, es imposible no estar influido por críticas de prensa o por los habituales comentarios en los foros o blogs de internet. Pero lo conseguí, no leí nada y sólo me llegaron algunos apuntes, y todos decían que eran unas funciones de muy alto nivel.



Suficientes como para quedarme perplejo en el primer acto. ¿Esto es lo maravilloso maravillosísimo? La orquesta renqueante, la mariscala inaudible y todo con un aire "discretito discretito". La leche. Me quedaban todavía dos actos y is amigos estaban celebrando una cena de navidad a tres pasos de allí. Vamos, que las tentaciones para salir pitando me rondaban por la cabeza.

Afortunadamente no lo hice, porque la función levantó el vuelo en el segundo acto y terminó con un tercero precioso.

Pero es que el primer acto... menudo tostón. La orquesta sonaba embarullada y sin ningún brillo. Anne Schwanewilms empezó no fría, lo siguiente. Debe ser que se tomó muy en serio la introspección del personaje y se lo metió tan dentro que los demás ni nos enteramos. Cuando la Mariscala dice eso de "me has peinado como a una vieja" y hasta el final del acto se nos tiene que caer el alma a los pies, y no, fue igual que si dijera "este yogur está caducado". No se trata de cantar piano o de que las mariscalas tengan que tener un torrente de voz (recordemos a la última mariscala en Madrid, una deliciosa Felicity Lott hace diez años), es que la Anne no existía o tenía una mala noche. Ya en el monólogo como que se metió en el papel, pero era tarde, porque nosotros no estábamos metidos en la ópera.


José Manuel Zapata sacó adelante al tenor italiano, graciosísimo en la interpretación y con los agudos apoyados y con esa incertidumbre que hace que pienses eso de "aaaaay, que no va a llegar".

Afortunadamente estaba Joyce DiDonato, metida del todo en su papel, con una muy buena interpretación de Oktavian. Graciosa sin pasarse, suficiente de volumen e intención. Muy bien, me gustó mucho y fue la que salvó el primer acto.


Menos mal que las cosas mejoraron, y para mucho, a partir del segundo. Tate consiguió despertar a la orquesta y sacó todo el jugo a esos valses decadentes de Strauss. De Richard, no de Johann, que ya conozco anécdotas de personas disgustadas en un concierto Strauss por escuchar los cuatro últimos lieder en vez de valses.

Lo dicho, la orquesta, a partir de entonces, estupenda.

Franz Hawlata fue el típico barón Ochs. Justito de voz pero haciendo todos los aspavientos y exageraciones que tocan.

Laurent Naouri muy bien como Faninal, tanto en lo vocal como en lo escénico. Lo que se dice un lujazo de secundario, vamos.


Y Ofelia Sala cumplió bien con Sophie y se sacó unos agudos bien bonitos en la escena de la rosa, perfectamente emparejada con DiDonato. Aparte, también en lo actoral estuvo muy apropiada.

En el tercer acto apareció por fin la Schwanewilms, derrochando la prosodia y expresividad que nos birló en el primer acto. Y con volumen y belleza tímbrica. Menos mal. El trío final, con todos inspiradísimos, llegó a niveles muy altos y conseguí salir de la representación con esa mezcla de sentimientos de ensoñación/resignación desencanto/esperanza que esta ópera te mete en el cuerpo.


La producción es de Wernicke y está disponible en un vídeo con las Fleming, Koch y Damrau y aún así el Teatro Real tiene el morro de anunciar "nueva producción EN el Teatro Real" para confundir al espectador.


Consiste en una serie de paneles con decorados y espejos que los reflejan, formando un estético efecto óptico. Desde Paraíso por lo menos se veía muy logrado. No me hicieron falta pelucas, lámparas ni muebles rococó. Creo que es una ópera que se presta mucho a recargarse de decorados pero que al final estorban. Me gustó mucho la propuesta de Wernicke.

Vamos, que salvo un primer acto bastante bodriete, la sensación final fue de noche más que satisfactoria en el Real y perfecto anticipo de atracón de polvorones y turrones para la navidad.





Richard Strauss
Der Rosenkavalier
Anne Schwanewilms, Joyce DiDonato, Ofelia Sala, Franz Hawlata, Laurent Naouri, José Manuel Zapata
Jeffrey Tate, Herbert Wernicke
Madrid, Teatro Real, miércoles 22 de diciembre de 2010

Mira

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