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viernes, septiembre 22, 2017

Lucio Silla de Mozart. Hombre, tanto como una obra maestra...



¡Nueva temporada, nuevo turno, nueva butaca, nuevos compañeros de abono, nuevo todo!
Ay, ¿echaré de menos a la señora que no saluda (superantipática)? ¿Y a la que se toma un vinito antes de la función (supersimpática)? ¿Y al chico de los ojos bonitos? ¿Y al señor que protesta todo todo todo y se empeña en que los demás nos demos cuenta?  ¿Y a la parejita que se hace arrumacos haciendo que todos los de detrás vayamos balancenado la cabeza dependiendo de a qué lado les dé por inclinarse? ¿Con quién voy ahora a tener esas encendidas discusiones en los entreactos, si ahora no conozco a nadie? Repito: Ay, 20 años de abono, justitos, desde el otoño de 1997 con aquel programa doble de Falla. Dos décadas.
Ayer estaba de estreno total.

Y además, con Lucio Silla, de Mozart, de la que no paro de leer que es una obra maestra. Vamos a ver, si tenemos manga ancha con lo que es una obra maestra... pero seamos sensatos, llamarla así es excesivo.


Es una ópera de narrativa dramática muy estática, con un final de sopetón ¿Tres horas y pico de desarrollo para que nos despachen la ópera con un numerito final cortito y pim-pam-pum ya está? Sinceramente, que en el programa de mano el argumento ocupe tres páginas cuando se puede resumir en un párrafo es un exceso. La estructura musical recitativo-aria es hiperclásica. Le falta mesura ya desde la obertura (larguísima), los recitativos (eternos) y las arias da capo, que parece que no se acaban nunca y que sí, son de un virtuosismo ejemplar, pero tampoco es que sean de inspiración máxima. Está el estilo puramente mozartiano, indiscutible, y algunos destellos magistrales (la música que acompaña al recitativo de Giunia antes de acudir al Senado, sen-sa-cio-nal). Vamos, que es una obra notable, pero de ahí a considerarla obra maestra va un trecho.

Con su estatismo y duración (no ayuda nada que la primera parte sean dos horas seguidas) tenía todas las papeletas de convertirse en un auténtico ladrillo, pero mira tú, gracias a un inspiradísimo equipo artístico, la de anoche fue una de esas veladas operísticas de las que sale uno contento.


Empezamos con la orquesta, a cargo de Ivor Bolton, sentado también a uno de los dos claves. Muy bien, dándole el punto justo: ligereza pero a la vez vivacidad, y también intensidad cuando esas partes cuasi gluckianas (glups) la requieren, pero sin caer en un dramatismo fuera de estilo. Siempre lo he dicho: Mozart no es ni Händel ni Verdi, es fácil pasarse por defecto o por exceso. 

El reparto vocal es memorable.

Kurt Streit se tuvo que enfrentar al clásico papel protagonista que ve cómo todos los demás se le comen el pastel de los aplausos, y es que su parte es la menos lucida. He leído que el tenor que estrenó la obra tuvo que ser sustituido por otro tirando a mediocre, y por ello Mozart tuvo que recortar y modificar mucho su parte. Streit cumple en lo vocal sobradamente, y ante lo secundario de su rol lo mejora con una interpretación pelín histriónica, pero muy creíble, del personaje, convertido en un hombre atormentado y lleno de dudas.

Patricia Petibon. Ay, yo la recuerdo de sus inicios de soubrette haciendo auténticas payasadas (muy divertida, eso sí). Con la edad la voz ha evolucionado naturalmente y tiene mayor peso, pero a veces ha abordado papeles que la sobrepasaban, como esa intensísima Alcina del Festival de Aix de hace dos años (impactante, no te la pierdas si puedes), donde hacía un gran trabajo pero los resultados distaban mucho de ser satisfactorios. Había leído cosas muy buenas de su última Manon, y estaba expectante. 

Pues bien, la Petibon es una señora artistaza. El registro sigue siendo amplísimo y puede con las agilidades. Es cierto que la voz suena mate en alguna ocasión y que inclemente rol se lo hacen pasar mal, pero tela con la creación del personaje y el resultado global. En cada nota, en cada endiablado adorno hay vida, hay verdad. No hace falta soltar la metralleta de semifusas perfectas (a modo de algunas otras cantantes que conocemos bien). Su Giunia es modélica en lo expresivo, en la intensidad y en el buen hacer canoro. La triunfadora de la noche.


Silvia Tro Santafé es una todoterreno. Desde la primera nota su emisión limpia, incisiva, llega a todos los rincones del teatro. Sube, baja, se adentra sin miedo en la terrible coloratura y de vez en cuando nos pega uno de sus típicos pepinazos que se meten en la cabeza del personal. ¿Que el aria es difícil? Ahí se las den todas. Estupenda.

Inga Kalna también cumple como Cinna, con un timbre más pastoso y oscuro, pero resolviendo sin problema. Muy bien.


Sigo asombrado de lo brillante y limpio que conserva el timbre de su voz María José Moreno, desde aquellos inicios hace más de veinte años en "las óperas del Moreno" del teatro Calderón de Madrid. Por ella parece que no pasa el tiempo. El papel de Celia es muy curioso, tiene sus agilidades pero no se trata de la rapidísima cascada de coloratura habitual, sino mucho intervalo de notas y mucho matiz. No en vano es el rol más soñador e infantil de la obra. Sin problema para ella, estupenda.

Kenneth Tarver tiene el papel más pequeño de la obra, con algunos recitativos y un aria. Como todas, de las de apretarse los machos. Pues ahí el hombre nos dio una muestra de agilidad y de fiato para quitarse el sombrero. Muy bien también.

El coro fue el único elemento que vi un poco enfollonado, no sé si su caprichosa localización en escena influiría en mi apreciación (ahora escondido, ahora en los palcos de proscenio, ahora saliendo de las profundidades, ahora en la boca del escenario...).


En el apartado escénico, tenemos la puesta de Claus Guth. Bueno, este hombre se ha aprendido lo de la estructura arquitectónica en una plataforma giratoria que va creando distintos ambientes y de ahí no se baja. Ya se lo hemos visto en Parsifal y en Rodelinda, pero en estas dos había más trabajo dramático. También parece que le encargan sólo libretos que son en sí bastante plomo (¡wagnerianos a mí!) porque vamos, llevar a buen puerto Lucio Silla tiene su mérito.

Da igual que la estructura sea como una masa anodina y gris por un lado y con azulejos manchados por otro. ¿Qué es? ¿Un búnker, un psiquiátrico, una sala de despiece cárnico? No lo sabemos, y nos da igual. Podría habernos puesto unas columnitas, unas grecas y medio templo y nos hubiéramos quedado igual, pero entonces ah, claro, si no es feo no es dramático. En fin, pasando.

Lo que no me convence es la solución escénica a cada número. Leo que lo que pretende Guth es escenificar lo que pasa por la cabeza de los personajes. Y más le vale que sea así, porque tal como ocurría en la ópera de la época, el argumento avanza en los recitativos y las arias son de un estatismo desesperante. Sin embargo lo que yo veo es que cada aria tiene "su" ocurrencia escénica, centrada en un elemento. En una juega con fuego, en otra con sangre, otra con un puñal, con un velo, con unas sombras... llegando a una ya muy absurda de Cecilio con él y Cinna haciendo posturitas que no vienen nada a cuento. A mí me ha dado la impresión de que era su idea de hacer más ágil la ópera (junto al movimiento circular de la estructura, claro). En fin, que no está mal, pero no me convence.


Primera parte: dos horas. Descanso. Deserciones (sí, se notaron). Segunda parte: hora y cuarenta. Empieza a las siete y se sale aproximadamente a las once menos veinticinco. No creo que me ponga a escuchar en privado esta ópera, pero desde luego agradezco que me la hayan dado a conocer de esta manera tan estupenda. Salí muy contento y coloratureando yo solito por las calles.

Habrá que esperar a las próximas obras a ver si ficho ya a los compis de abono.


Wolfgang Amadeus Mozart
Lucio Silla
Kurt Streit, Patricia Petibon, Silvia Tro Santafé, Inga Kalna, María José Moreno, Kenneth Traver.
Ivor Bolton, Claus Guth.
Madrid, Teatro Real, jueves 21 de septiembre de 2017.


Críticas no profesionales y desvaríos similares (sí, sí, hasta hablan de Britten)
10 cosas que debes saber sobre Lucio Silla (pero temías preguntar)


lunes, noviembre 21, 2016

Clemenza entera


Si hace cuatro años me quedé en media Clemenza di Tito por una súbita indisposición (porque yo si me encuentro mal me voy del teatro, no hago sufrir a los espectadores aledaños los efectos de mis dolencias como tantos Violettos/as tísicos que andan por ahí), en esta reposición he podido asistir a la Clemenza mozartiana completa, con sus dos actos.

Siendo sincero, y sin dejar de reconocer que La clemenza di Tito es una ópera que de siempre me ha parecido un tostoncete (elegante, pero muermo), esta vez me he conseguido meter más dentro de la obra y ha llegado a sorprenderme mucho. No hay un aria o fragmento musical que se me quede en la cabeza después de escuchada, pero el conjunto en sí me ha envuelto y me ha resultado muy interesante.

¿Y qué ha contribuido a ello? Pues una interpretación muy adecuada, un trabajo de dirección escénica estupendo y... ópera en domingo a las seis de la tarde, o sea, descansado, relajado y dispuesto a disfrutar, claro.

Cristophe Rousset lleva a la Orquesta del Teatro Real a un terreno quizás excesivamente brioso para Mozart, pero manteniéndose en estilo. En el segundo acto la cosa ya se reposó (quizás en exceso, pero la partitura no es que sea el colmo de la animación. La verdad es que sonó muy bien. 

Asistí al estreno del segundo reparto. Muy competente. 
Bernard Richter es un Tito lírico con volumen y agilidad. Comenzó con ciertas desigualdades de emisión pero se asentó pronto. Y en el segundo acto resolvió estupendamente su gran aria. Muy bien.
Maite Beaumont: esforzadísimo Sesto, dándolo todo, muy bien.
Yolanda Auyanet: sorprendente Vitellia. Y digo sorprendente porque a esta chica no la escuchaba yo desde hace casi dos décadas, cuando cantó jovencísima una Traviata en la Zarzuela, doña Francisquita y la Sophie de Werther en una gala. Y aquella voz ligera ha ensanchado naturalmente, sin artificios, sin entubar, sin vibrato molesto. Y ayer compuso una Vitellia de ole, señores, qué bien.
Anna Palimina, (mata al figurinista, mátalo) adecuada Servilia, bien.
Guido Loconsolo tiene una presencia imponente y cumplió, muy bien por abajo, como Publio.
Y finalmente otra sorpresa, Sophie Harmsen, un Annio con una de esas voces penetrantes que se comía a todo el que cantara a su lado. Excelente.
Mención especial para el coro, muy bien, y al efecto de cambiarlo de lugar al final del primer acto, muy teatral.

Gran parte del interés de esta representación es la dirección escénica. Aquí se han cuidado los recitativos al máximo, dándoles toda la expresividad que necesitan. Una maravilla de trabajo. Los cantantes no están estáticos, pero tampoco se mueven sin ton ni son, todo tiene su intención, su finalidad. El escenario, una estancia única con tres puertas que se abren para crear perspectivas, es suficiente mientras lo que ocurra en ella tenga sentido. Sí, el segundo acto se resintió de un cierto estatismo y menos imaginación escénica, un toquecillo de atención.

He leído en críticas quejas sobre el exceso de luz en el escenario tan blanco, bastante cegador. A mí no me molestó, pero un par de amigos lo pasaron fatal.

En resumidas cuentas, muy buena función en la que se puso toda la carne en el asador en el primer acto y en el segundo se moderó, pero siguió a muy alto nivel gracias a los solistas. 

Al final, ovación para todos, especialmente para Maite Beaumont (Sesto) y Bernard Richter (Tito). Grandes aplausos para la dirección musical y orquesta y para la dirección escénica (que al ser estreno de segundo reparto también salieron).



Yo ya me he echado un nuevo enemigo de compi del público: el señor de atrás (el que en la Norma soltó lo de "prefiero la Callas" y estuvo tosiendo toooooda la función). No para de pontificar y, por si alguno de los de alrededor nos hemos perdido alguna de sus sentencias, las repite varias veces. Ayer era contra la dirección escénica. Luego tenemos cerca a la señora simpática que se toma unos vinitos antes de ir a la ópera, dejando un ambientillo festivotabernario muy propio. Y de la simpática pasamos a la que nunca saluda y que ayer se negó a pasarse una butaca más al centro para que los del extremo pudieran ver "un poquito" mejor. Ya ves tú, la que cuando tenía el abono una fila más baja y más escorada no esperaba a que se apagara la luz para saltar por encima de las rodillas de todos si veía un sitio más céntrico libre. Supongo que todos tenemos más o menos controlados a los compañeros de zona de abono. Yo sé que me muevo mucho (las rodillas no me caben, jopé), los de delante se hacen arrumacos obligándonos a todos a mover la cabeza a un lado o a otro cuando les da el arrebato romántico, están los que hablan (afortunadamente poco), los marisabidillos que forman grupos de expertos que taponan la puerta... Y ayer... algo pasó. Algo grave, algo gordo, algo intenso. A alguien le sentó realmente mal la comida, porque en un momento dado oí unos murmullos y gestos de disgusto a unos metros a mi derecha. Y a los dos segundos me llegó. Un olor de esos de cuando las tripas te dicen que no deberías comer ciertas cosas. Fuerte, intenso, redondo en boca y con retrogrusto cloacal. Menos mal que duró poco. Anécdotas de espectador.

A las nueve de la noche, tras tres horas en el teatro, fin de la representación y todos a la lluvia de Madrid. Mira, llevo tres óperas esta temporada, en las tres me ha tocado segundo reparto y oye, me está gustando bastante por el momento. Que siga así.


Wolfgang Amadeus Mozart
La Clemenza Di Tito
Bernard Richter, Maite Beaumont, Yolanda Auyanet, Anna Palimina, Sophie Harmsen, Guido Loconsolo.
Christophe Rousset, Ursel y Karl-Ernst Herrmann
Teatro Real, Madrid.
Domingo, 20 de noviembre de 2016.


Página web del Teatro Real
Programa de mano
Críticas de prensa 
Foro de eruditos

sábado, enero 23, 2016

La flauta muda


Por fin vuelve La Flauta Mágica a Madrid después de la cancelación de hace dos o tres temporadas. Y, señores, qué velada más disfrutable la de anoche. 

En esta Flauta el protagonismo absoluto lo tiene la producción, trabajadísima, llena de imaginación y fantasía. En un homenaje al cine mudo, el el escenario tiene como único elemento una pantalla blanca en la que los cantantes aparecen estáticos en peanas, y todos los decorados son proyecciones. Los diálogos aparecen en carteles negros, con acompañamiento de piano. Como en el cine mudo, vamos.


En esta ocasión la producción lo domina todo, porque los cantantes y la orquesta se tienen que adaptar al "timing" de las proyecciones, o si no podría resultar un desastre. Esto encorseta mucho la labor musical, y hay veces que se tiene la impresión de que están todos excesivamente pendientes de lo que tienen que hacer en cada momento.

Por otro lado, aunque los cantantes estén quietos en sus peanas, es sorprendente el movimiento que tiene la escena, un fantástico trabajo de planteamiento y desarrollo técnico. Aquí otro punto negativo: tanto movimiento acaba distrayendo en ocasiones sobre la ópera en sí. Pero vamos, que yo la disfruté como un enano.


Ésta es una Flauta sorprendente y novedosa, pero tembién muy respetuosa con la obra original. Nos cuenta lo mismo de siempre, pero de otra manera. No hay alteraciones de argumento. ¿Que se centra más en la anécdota que en el fondo y no incide en el mensaje de fraternidad que subyace en el texto? Pues mira, no por poner al coro vestido con túnicas y a Sarastro en plan Gandalf se consigue eso. Y cuántas producciones mierderas de la Flauta nos habremos tragado.

Ahora, los puristas y los perpetuamente indignados seguro que están echando espumarajos de Fairy Cicuta por la boca hablando de la traición a Mozart. Que les den. Yo voy a la ópera a disfrutar, no a criticar, y anoche me lo pasé en grande. La producción nos llega desde la Komische Oper de Berlín, y me comentan que allí hay tortas por las entradas cada vez que se programa.


Y una vez hablado de la espectacular producción (ya lo séeeee, es de lo último que se debe hablar, primero la músicaaaa, pero aquí era necesario) toca el terreno musical.

Comencemos por la orquesta. Ay, la orquesta. Yo no sé si estaba demasiado condicionada por las proyecciones, pero parecía que habían puesto el metrónomo y hala, a tirar p'alante. Un poquito más de energía, señor Bolton, que en la obertura me pegaste un susto de decir "oh, cielos, esto qué va a ser". Luego con tanto encima del escenario quedó más disimuladita, pero ojo, toque de atención por mi parte.

Coro: Fatal cuando cantaba desde los palcos de proscenio (imagino que por culpa precisamente de eso) y muy bien en las dos intervenciones del segundo acto.


El reparto de solistas, muy equilibrado.

Pamina: Sorprendente Sylvia Schwartz, una cantante que me suele dejar bastante "tibio". Ayer estuvo muy metida en papel vocalmente hablando y logró llevarse a su terreno el personaje, adaptándolo a su vocalidad. Su "Ach, ich fühls" fue precioso. 

Tamino: Susto inicial de Joel Prieto, pero tras la destemplada aria de salida se entonó y compuso un príncipe muy "mozartiano", cantado con gusto y recursos. Muy bien.

Papageno: Bien Joan Martín-Royo, un poco falto de intención, quizás también condicionado por la producción. Papageno tiene que ser carismático.

Sarastro: Correcto Christof Fischesser, capaz de bajar a las notas del averno y que se le oiga.

Monostatos: Muy bien Mikeldi Atxalandabaso, a quien además se le veía disfrutar de lo lindo haciendo de Nosferatu.

Templadas y suficientemente divertidas las tres damas de la reina y, lo siento, pero decepcionantes los tres niños.


Y llegamos al personaje que, con dos intervenciones (y media) tiene que robar todo el protagonismo de la función: la Reina de la Noche. Ay Ana Durlovski. Vale, sí, tiene el Fa. Pero sólo con tenerlo no puede cantar la reina. Que el papel no son solo los stacatti del segundo acto, leche. Ni autoridad, ni homogeneidad, ni fraseo ni trinos. Eso sí, sobreagudos limpios (y aplauso del personal).

En el vídeo siguiente, la Reina del segundo reparto, Kathryn Lewek (la Teresa del Benvenuto Cellini de Barcelona) lo hace bastante mejor:


No tenemos suerte con las Reinas en este teatro. En la primera Flauta María José Moreno cantó primorosamente pero no llegó a las notas (y si no las tienes no cantas la reina). Y en aquella cosa que nos hizo la Fura cantó una tal Erica Miklósa que hizo unas cosas rarísimas (también iba subida a una grúa furera que pobrecita ella). 

Pero bueno, puede decirse que, en conjunto, el elenco estuvo correcto y compensado. 

En resumen: una función muy satisfactoria, MUY VISUAL, a la que ir a disfrutar de un espectáculo global. 













Programa de mano 
Página web del Teatro Real
Cofradía de la Perpetua Indignación


Wolfgang Amadeus Mozart
Die Zauberflöte
Joel Prieto, Sylvia Schwartz, Ana Durlovski, Joan Martín-Royo, Christof Fischesser, Ruth Rosique, Mikeldi Atxalandabaso, Elena Copons, Gemma Coma-Alabert, Nadine Weissmann, Catalina Peláez/Lucía Seriñán, Celia Martos/Chandra Henderson, Patricia Ginés/María Guzmán, Airam Hernández, David Sánchez.
Ivor Bolton, Suzanne Andrade, Barrie Kosky
Teatro Real, Madrid.
Viernes 22 de enero de 2016 




domingo, septiembre 21, 2014

La sorpresa de las Bodas del Real.

 

Amenazaba tormenta con estas Bodas de Fígaro en el Real.

Primero, porque están rescatadas de la manera más chapucera posible para rellenar temporada, debido a los cambios, sucesiones, defenestraciones y decesiones habidas en el teatro madrileño.

Segundo, por el mosqueo generalizado ante la tercera vez que se programa esta producción en cinco años (Y quinta vez que se programa el título en la historia del teatro desde su reinauguración).

Tercero, porque la vez anterior que se pudo ver fue un fiasco soporífero.

Cuarto, porque tanto las críticas como los comentarios sobre el estreno habían sido nefastos y demoledores.

Y quinto, porque en una función de más de tres horas y media... nos anuncian que no iba a haber servicio de cafetería en el descanso. ¡¡¡!!!

Pues mira, con todos los elementos en contra, mi primera visita esta temporada al Real se ha saldado con una muy disfrutable función de la que salí satisfecho.


Por partes:
Lo de la programación de este título me parece un apaño de última hora. ¿Por qué Las Bodas y no otro? Pues porque mira, lo hemos puesto hace nada y seguro que está de las primeras en los contenedores de decorados del almacén. 

Luego me parece una burla al abonado. Ya sé que ese "ente" llamado abonado no tiene derecho a  nada y simplemente tiene la ventaja de sacar su entrada con antelación y asegurarse así su butaca año tras año, pero programar en abono una misma producción tres veces en cinco años es pasarse, porque los abonados nos la tenemos que tragar sí o sí. Lo más lógico para mí hubiera sido inaugurar con Muerte en Venecia de Britten y dejar estas bodas como funciones fuera de abono para atraer nuevo público al teatro. Pero se ve que no.

Sobre las otras dos veces que ya se programó dejé mis comentarios aquí:
Y sí, las del 2011 fueron un espanto.


Sobre las críticas mantengo mi escepticismo: todas son muy similares no sólo en lo que dicen, sino en la forma. Da la impresión de que en el intermedio se juntaron todos los críticos, lo comentaron y decidieron qué escribir aún antes de que terminase la ópera. Me resulta curiosa incluso la dejadez de cierto crítico, habitualmente muy cabal, que se sorprendía de que a la Susanna no se le aplaudiera el Voi che sapete (cuando es un aria cantada por Cherubino). Lo corrigió después. También se notó el final de la "época Mortier" en otro, que normalmente se deshacía en elogios en los últimos tiempos, y esta vez entró a degüello. Empezamos otra era, señores.

Lo que sí me asustaban eran los comentarios de amigos: aburrida, irregular, regularcita... Ay madre.

Y finalmente la llegada de este sms levantó mis alarmas de aguante fisiológico:


¿Que entramos a las ocho, salimos pasadas las once y media y no vamos a poder pelearnos por un carísimo canapé en la barra de la sexta planta? ¿Pero qué invento es esto? Aparte, ¿para qué narices ponen lo de Pedro Y El Lobo al final del mensaje? ¿Para despistar?

Ay qué chungoooooo...

Pues nada, el viernes a las ocho, con lluvias intermitentes y ese tiempo que no sabes si te vas a achicharrar o congelar, para el Real que me fui.

Al entrar al teatro nos esperaba un Maserati blanco en el vestíbulo, con unas chicas que apuntaban datos para un concurso en que se sorteaba un curso de conducción en Parma. Surrealista, pero divertido.


Este año he renovado sólo mi butaca. La de mi ex, que mantuve desde el año 2000 (que se dice pronto), no. Se acabó lo de intentar vender/colocar/invitar una de las entradas. Que son bien caritas, cojostio. ¿Quién me tocaría al lado?

A uno de los lados he tenido los últimos años a cierta persona maleducada que jamás saluda y que sufre llamémoslo un "pequeño" problema de olor corporal. ¿Me libraría esta vez? respuesta: no. Ahí estaba. Por lo menos este año saludó con un "buenas tardes" (sorprendente). Al otro lado, una señora que ni se movió en toda la función y que veremos si es ocasional o sigue durante toda la temporada.


Y empezó la ópera.

Sobre la producción de Sagi poco voy a decir que no haya dicho ya anteriormente. Tradicional, agradable, entretenida, con sus puntitos típicos y... NO, no han quitado el sonido del chorrito de la fuente del cuarto acto.


La dirección musical de Bolton fue ligera. La orquesta sonó muy bien, los tiempos fueron algo rápidos y no cayó en la monotonía, estando especialmente acertado en los momentos concertantes. Me gustó.

A los que le piden más profundidad les recuerdo lo de siempre: Mozart no es Verdi.
Creo que Bolton fue el artífice de llevar la representación a buen término.

El reparto NO era de campanillas, yo creo que a eso estábamos todos prevenidos. 
Sin embargo, con sus más y sus menos, resultó un conjunto equilibrado y sacaron adelante la ópera.

Sofia Soloviy como la Condesa fue la voz con más enjundia. Nada más abrir la boca en el segundo acto se notaba que estaba muy por encima de sus compañeros de reparto. Una voz homogénea, plena y con los matices necesarios. ¿Que no llega a la sutileza o delicadeza de otras grandísimas sopranos que han abordado este papel? Pues no, pero hizo una condesa de gran altura. Muy muy bien.


Andreas Wolf me gustó también como Fígaro. La voz corre bien y tiene un vibrato muy peculiar, como de disco antiguo. Me hizo gracia y lo vi estilísticamente en el papel.

Luca Pisaroni se quedó un pasito atrás como el Conde. Empezó flojo y aunque por extensión la voz le va al papel, el timbre no es lo suficientemente "noble". Salvó al aria del tercer acto con una agilidad un poco de aquella manera y un agudo algo abierto. De todas formas, es de los cantantes-actores que solventa con tablas sus cometidos.


Sylvia Schwartz fue el lunar. Floja, directamente su voz ya no está para el papel de la Susanna, le faltaba luminosidad. Bien en su arietta del último acto y graciosa interpretando, pero eso no es suficiente. Pasó muy desapercibida.

Elena Tsallagova cantó bien el Cherubino, algo sosita. Como un poco fuera de estilo mozartiano.


De los secundarios, destaco a José Manuel Zapata haciendo el Don Basilio y Helene Schneiderman, muy aceptable Marcellina, pero no pude evitar la comparación con la divertida y estrambótica interpretación de Jeannette Fischer en este mismo papel.

Lo dicho anteriormente. Básicamente un reparto correcto, con una condesa de altura y el resto de componentes a bastante buen nivel. Yo salí bastante contento.


¿Y qué ocurrió con el incidente del bar?
Pues nada irreparable.
En primer lugar, yo fui merendado.
Y después quedé con mi amigo Pastoso en el bar para llevarnos un tentempié.
Yo aparecí con un sandwich y unos bollitos y él se trajo pastelitos y macarons, que compartimos entre los 4 amigos que nos reunimos.
Y oye, fuimos la envidia de los que se estaban tomando el bocata en papel de aluminio al lado nuestro.


Lo de la redbullina y el botellín de ron negrita era por si la función era tan tediosa como nos habían vaticinado, un "porsiaca", pero no fueron necesarios.

Para la próxima, haya o no bar, hemos quedado en organizarnos mejor y volver a hacer una merendilla en el entreacto.

Y que nos quiten lo bailao.



 

Wolfgang Amadeus Mozart
Le Nozze Di Figaro.
Sofia Soloviy, Andreas Wolf, Luca Pisaroni, Sylvia Schwartz, Elena Tsallagova, Helene Schneiderman, José Manuel Zapata, Christophoros Stamboglis, Khatouna Gadelia, Miguel Sola, Gerardo López.
Ivor Bolton, Emilio Sagi.
Teatro Real. Madrid, viernes 19 de septiembre de 2014









lunes, abril 22, 2013

Don Tchiovanni

 
Ay, mira que me lo habían dicho: que me iba a aburrir, que los cantantes eran un birria, que la orquesta un plomo y que la puesta en escena una memez. Y yo que no que no que no, que seguro que me divierto, que a mí esas cosas de darle la vuelta a las óperas me suelen gustar mucho siempre que se mantenga una coherencia dramática.

Pues chico, me aburrí.

Don Giovanni de Mozart. Esta vez convertido en el drama de una familia acomodada con cuñado díscolo. Y bueno, el primer acto tiene un pase, no ocurre nada extravagante que no suceda ya en el libreto original. Don Juan se acuesta con Doña Ana, mata al comendador y luego pretende a Zerlina bajo la mirada de Masetto y Doña Elvira. Leporello es el testigo de todo y Don Octavio el candoroso amor de Doña Ana. ¿Que metemos relaciones de parentesco entre ellos? Vale. ¿Que doña Ana no es engañada sino que sabe muy bien lo que hace? Nada del otro jueves. ¿Que convertimos a doña Elvira en una adicta a los psicofármacos? Pues sí, pero es que de siempre es un personaje un tanto chiflado. Hasta ahí todo correcto.

Pero en el segundo acto las cosas no es que se desmanden, es que al señor regisseurin se le acaba la inspiración y lo más que hace es revolcar a los personajes sobre la alfombra y llegar al recurso fácil de convertir a don Giovanni en un borracho desquiciado al que le dan ataques. Y hala, con eso ya tenemos solucionada la ópera. A Doña Elvira la vestimos de exploradora Amundsen en el Polo Norte y para arreglar lo del comendador hacemos que sea la familia la que contrate a un actor que haga de doble y así volver loco a Don Giovanni. Y de esto nos enteramos porque hemos leído algo previamente, que si estás en el teatro y lo ves te quedas con un enorme WTF. Aburrido.

Mención especial para los telones que caían abruptamente tras cada escena y en los que aparecían carteles tipo cine mudo con indicaciones de tiempo: "tres días después"... etc. Geniales, porque con el ruido te despertaban del sopor generalizado.


En fin, una mamarrachez. Recomiendo ver el fantástico Don Giovanni del Liceo dirigido por el burgalés Calixto Bieito y que tanta polémica levantó en su día. Eso sí que es dar una vuelta a la ópera con tensión y gracia. Esta producción de Tcherniakov también está en vídeo, de su estreno en el Festival de Aix del año pasado. Busquen, comparen y...


Pero bueno, lo de la producción se puede pasar por alto. Porque la verdad yo he visto Giovannis clásicos que eran un absoluto tostón. Pero es que el nivel artístico fue mediocrín mediocrín.


Se han cargado mucho las tintas contra el director musical, Alejo Pérez. Que si lento y pesado. Vamos a ver, yo cuando voy a un mozart quiero escuchar a Mozart, y no a un Verdi o a un Wagner como pretenden algunos. Y en ese sentido no me pareció mal. Igual que me gustaba López-Cobos cuando hacía mozart. (Ah, anatema, se me echarán encima ahora todas las maricrispadas operísticas, lo que he soltado). Pero también es cierto que Don Giovanni requiere un pulso y una intensidad dramática que el señor Pérez no le supo dar y sí, en ese sentido, la orquesta anduvo algo perezosa. Pero vamos, no de desastre.

El problema fue el mismo Don Giovanni. ¿Cómo se puede contratar a Russell Braun para este papel? En el primer acto no se le oyó apenas. En el segundo sólo la serenata (ah, es verdad, que aquí no hay orquesta) y acabó por no oírsele nada al final de la ópera. Pero nada nada. Una ópera con el rol principal ausente. Guay.


Donna Anna. ¿Y ésta es la tan celebrada Christine Schäfer? Inexistente y tremolante en el primer acto, la señora se lo guardó todo para hacer un muy buen "Non mi dir" al final de la ópera. ¡Eso no vale!

Leporello. Kyle Ketelsen. Ni fu ni fa. Bien en los recitativos, cortito en las arias. También es verdad que le hacían pegar saltos, dar vueltas, etc.

El comendador. Anatoli Kotscherga. Bien en su breve intervención en el primer acto, pero en el segundo le metieron una amplificación extrañísima.


Masetto y Zerlina: David Bizic y Mojca Erdmann. Intrascendentes. Ella tiene una voz bonita, pero pequeñísima.

Don Ottavio. Paul Groves. Decente en el "Dalla sua pace", las pasó canutas con "Il mio tesoro". Debido a los abucheos en otras funciones, el director no dejó ni un nanosegundo para aplausos al terminar ésta. Aún así, uno de abajo soltó un "bravo".

Donna Elvira. Ainhoa Arteta. La única que mantuvo el nivel en todo momento. Demostración de que una voz amplia no está reñida con el repertorio mozartiano. La mejor. Además, estupenda como actriz. Tirón de orejas al enfant terrible Tcherniakov que le hizo cantar el "Mi tradi" revolcándose, mirando hacia abajo, dando vueltas y, en definitiva, cargándose el aria.


Los saludos fueron comunitarios, director de orquesta incluido, y duraron cero coma. Yo creo que ellos mismos eran conscientes de que redondas, lo que se dicen redondas, no han salido las funciones. Vamos, superparanada.

Que sí, que me puedes poner las bobadas de Tcherniakov, pero si hay un reparto que levante la representación pues qué más da. O si hay uno del elenco que flojea siempre habrá otros que lo compensen. Pero es que esta vez no. Es que sólo se salvaban las doñas, y la Ana con mucho morro.

En definitiva, flojito flojito.


Wolfgang Amadé Mozart.
Don Giovanni
Teatro Real de Madrid, domingo, 21 de abril de 2013
Russell Braun, Christine Schäfer, Ainhoa Arteta, Kyle Ketelsen, Paul Groves, Mojca Erdmann, David Bizic, Anatoli Kotscherga.
Alejo Pérez, Dmitri Tcherniakov



lunes, marzo 04, 2013

Così fa Haneke



Vale, sí, el título de la entrada es facilón, pero es que menudo revuelo se ha montado con lo del Così fan tutte de Mozart dirigido escénicamente por Haneke, su óscar y sus películas.


Quien me conozca lo sabe: le tengo una tirria tremenda al Così fan tutte de Mozart. Son estas manías particulares. Pero vamos, junto con los Donizetti cómicos, se lleva la palma. Y no niego que musicalmente sea una obra maestra, llena de dúos y números de conjunto fantásticos, pero eso de que en el primer acto no ocurra NADA y que todo se limite a una sucesión de música agradable me saca de mis casillas y, lo que es temible en mí, me duerme.


Y no iba a ser excepción el Così del Real. El primer acto, señores, duró una hora y tres cuartos. La supuesta genialidad de Haneke como director de escena no la vi por ningún lado. Seguía sin ocurrir NADA. Los intérpretes estuvieron correctos pero sin llamar la atención. Y la dirección de Sylvain Cambreling empezó tirando a plomo (por ser amable). A todo le unimos el que fuera un día de diario y una hora antes de lo habitual... vamos, que me faltó poco para echar la cabezada.

Afortunadamente todo cambió para mejor en el segundo acto. Los cantantes se afianzaron, la orquesta se entonó y por fin la escena nos mostró el cruel y perverso juego de corrupción, traiciones y humillaciones que se traen los personajes.


Haneke usa el papel del actor / espectador: se aleja de que cuando hay un aria o un dúo sólo estén en escena los que cantan. No, aquí siempre hay otro (u otros) personajes como espectadores silenciosos que le dan otro sentido al texto. Y con todo lo tonta que es la trama original de esta ópera con su moralina machista/misógina dieciochesca, aquí el final es demoledor y de una carga dramática tremenda.

Me imagino que se grabará y publicará en vídeo, porque la posición de los cantantes estaba muy cuidada y parecía pensada para ello.

Para esta producción se han buscado cantantes jóvenes que dieran el papel interpretativamente hablando. Esto, que a priori es un riesgo tremendo, ha salido bien, pues se puede decir que la única que pinchó en el terreno vocal fue la Despina.


El resto estuvieron mucho más que correctos, destacando por encima de todos Anett Frisch como Fiordiligi, que sin tener un timbre particularmente bello, se movió a sus anchas en sus arias, manejando con pericia la coloratura, subiendo y, sobre todo, bajando. No era Lucia Popp, no era la Caballé, evidentemente, pero estuvo muy, muy digna. Al lado, la Dorabella de Paola Gardina la complementó con una voz más bonita y timbrada, pero de menor enjundia.


Los chicos fueron la estupenda voz baritonal de Andreas Wolf en Guglielmo y el argentino Juan Francisco Gatell, que empezó muy inseguro con una vocecilla de tenorino algo caprina, aunque cantando con gusto. En el "aura amorosa" cogió confianza y a partir de allí fue a más hasta el final. 

Cuatro cantantes que, sobre todo, supieron mantener el tono de conjunto que necesita esta ópera, a tener en cuenta en el futuro y, sobre todo, nada del bluff que se temía. Kerstin Avemo como Despina y William Shimell como Don Alfonso, convertidos en esta producción en matrimonio que no se aguanta y que se dedica a pervertir a las parejitas, vocalmente lucieron muchísimo menos.


Vamos, que muy bien. Y, por lo que me han contado, mejoró bastante respecto a la noche del estreno, con lo que es de esperar que el buen tono se mantenga en las siguientes funciones.


Così sigue estando en mi lista de óperas para escuchar un aria, un dúo o un trío aisladamente, pero eso son cosas mías, que ya se sabe que soy un frívolo insustancial. Esta producción del Real merece la pena y, sin ser el colmo de la genialidad que nos venden, la considero la mar de interesante.



Ah, el Real vuelve a dar gratuitamente un programa de 32 páginas con 5 de ellas dedicadas a patrocinadores y a información del Teatro, biografías, ficha artística, artículo, un poema, un texto de Julio Cortázar y... sin el resumen del argumento. Fail.


Wolfgang Amadé Mozart
Così fan tutte
Anett Fritsch, Paola Gardina, Juan Francisco Gatell, Andreas Wolf, William Shimell, Kerstin Avemo.
Sylvain Cambreling, Michael Haneke
Teatro Real, Madrid, martes 26 de febrero de 2013


Mira

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