De las óperas del año pasado me he dejado en el tintero dos, Rodelinda y Madama Butterfly.
¿Por qué?
Pues porque me cuesta mucho escribir sobre funciones que me han decepcionado, no soy ningún crítico, me duele poner a parir a los artistas que, estoy convencido, realizan un trabajo con sus mejores intenciones y luego a mí no me ha gustado. Sí, a no ser que me sienta verdaderamente estafado, no me parece justo echar por tierra todo un proceso de creación en unas cuantas líneas que se leen online.
Pero también soy público, y he pagado por asistir a esas representaciones.
Y mira, Rodelinda me fascinó como concepto, por una puesta en escena genial (y espectacular), pero el reparto que me tocó distaba mucho de ser satisfactorio. La pareja protagonista se esforzaba, pero no me llegaba. Y ahora cómo voy yo, simple espectador, a empezar a ponerlos a caer de un burro. No.
Gracias a la labor orquestal y, repito, a una ingeniosísima puesta enfocada desde la visión del hijo de Rodelinda y Bertarido, disfruté mucho de un Händel de los tostoncete, la típica sucesión interminable de arias de las que sólo se queda en la memoria el Vivi, tiranno. Ah, sí, hay un dúo precioso. Pero mantuve el interés y, ya digo, me lo pasé en grande, pese al discreto reparto.
El vídeo ha estado colgado en Palco Digital y en alguna otra web de ópera. Merece la pena.
Por que con una obra de repertorio "ópera-maría" no hay piedad. La hemos visto y escuchado tantísimas veces que exigimos como mínimo un nivel alto-muy alto.
La producción ya la conocemos, tiene más de 15 años y aunque tiene sus hallazgos al final acabas pasando olímpicamente del rollo del rodaje cinematográfico y te centras en el drama de verdad. Para los que no la conocen, muy bien porque está estéticamente muy cuidada, pero los que la hemos visto hasta 4 veces ni nos fijamos en los elementos que distraen de la acción principal.
Aquí quien venció, una vez más, fue Puccini, porque su música acabó arrastrando y superando a todo lo demás: la orquesta se dejó llevar de una manera escandalosa, de matices nada, cada vez que el drama llegaba a una cota climática se desbordaba a lo bestia, provocando la emoción del público. Igual que la Cio Cio San, una soprano que en teoría no podía con el papel (registro medio/grave ausente, volumen limitado) pero que lució una entrega y un registro expresivo tales que nos puso el corazón en un puño. Del tenor mejor no hablar porque casi ni lo oí (no, no me tocó el del primer reparto, tan criticado por sus bocinazos, pero ojalá hubiera sido él el que cantó). Así pues, una Butterfly con elementos también muy discretitos pero que en su globalidad consiguió apasionar.
También está disponible por tiempo limitado el vídeo en diversas plataformas web.
Y ya está, la semana que viene comienza mi temporada en el Real, en otro turno, en otra butaca, con un Mozart de los que no conoce ni el Tato (bueno, las listillas de costumbre ya nos vendrán a decir que es una ópera esencial y obra maestra, etc). ¿Qué nos deparará?
Ópera puñetera donde las haya, porque es larga larga y, aunque ocurren cosas, pasan todas fuera de escena. Para que salga redonda se necesitan intérpretes de nivel o una concepción escénica interesante (mejor las dos cosas a la vez, claro), porque si no se puede hacer muuuy cuesta arriba.
¿Y qué ha pasado con esta Alcina?
Que, señores, no puede ser que nos empecemos a animar con el último número del primer acto, cuando ya llevamos más de una hora metidos en las comodísimas butacas de Paraíso del Teatro Real y hayamos estado sujetándonos la cabeza para no echar la primera roncadita.
¿Tuvo la culpa quizás la dirección musical de Christopher Moulds? Sí, la orquesta sonó muy bien, pero ese primer acto fue plano, plano, sin contrastes.
Sofia Soloviy (Alcina) no existió hasta el segundo acto. A ver, Alcina tiene que pasar del amor a la desolación pasando por la furia y la ensoñación. Esto hay que matizarlo mucho. Y la soprano lo hace, pero fue de menos a más, sólo en el momento en que empieza a encolerizarse aparece el personaje. Muy bien, una cantante muy completa, bien de timbre, de proyección y de agilidades. Me gustó bastante.
Yo pensaba que María José Moreno, desaparecidísima de los carteles madrileños durante muchos años y de la que sólo tenía referencias "en provincias" estaría en etapa de declive. Pues no. Qué va. Qué timbre tan bonito, qué voz tan fresca, limpia, ágil, amplia. Una auténtica delicia volverla a escuchar. Aparte, interpretativamente sobresaliente. La mejor.
El resto del reparto lo calificaría de "modesto", sin más. Al Ruggiero de Josè Maria Lo Monaco le faltaba brillo, la Bradamante de Noldus se quedaba sin volumen y los secundarios cumplieron el expediente.
¿Y qué ocurrió con la puesta en escena?
Pues parte de una idea feliz: La isla de Alcina es un teatro al que Ruggiero acude a escapar de su aburrida realidad. Y Bradamante lo rescata para llevarlo de nuevo a su vida aburguesada y familiar.
Pero ¿cómo se desarrolla?
De una manera totalmente caótica: nada tiene que ver con nada, todo está lleno de supuestas alegorías que, o nos las explican, o no las entendemos, metiendo bailecitos que no vienen a cuento.
El director de escena parece que no sabe qué hacer con una ópera tan larga.
Después de verla, creo atisbar la concepción escénica global, que me parece bien, pero su ejecución es muy chapucera.
Y mira que al argumento, aunque no pase nada en escena, se le puede sacar jugo. Coño que hay una bruja, una hermana casquivana, un caballero hechizado, una novia coraje, un niño buscando a su padre convertido en bestia. Pues no, la magia brilla por su ausencia.
Pues chico, si vas a hacer algo sin sentido, por lo menos que sea espectacular y nos entretienes un poco. Pero es que además los decorados eran cutres a más no poder.
Me gustaron: el final del segundo acto (el ocaso de Alcina) y la escena final del tercer acto (cuando vuelven a la ciudad en la que los sueños se hacen realidad, con el momento cómico de "romper la urna" [spoiler]Ruggiero desvirga a Bradamante[/spoiler]).
En fin, que no se queje nadie de que el público es poco entendido y se marcha en los descansos. La función fue para arriba a partir del segundo acto, pero el nivel no era precisamente de campanillas.
¿Valoración global? Aprobado, nada del otro jueves pero yo disfruté mucho la música.
Otra cosa: la ópera termina a las doce menos veinte que, con los aplausos mínimos, se te pone en salir del teatro a menos diez. Autobuses normales ya no hay, y el metro pasa cada quince minutos. Menos mal que me saqué los horarios de pasos de metros por la estación de Ópera y conseguí organizarme para pillar el de las 23:57. Pero vamos, que estaba llegando a casa a las mil y monas.
No, para una ópera de más de tres horas se debería adelantar el horario, ¡cojostio!
Otra cosilla: ¿te acuerdas que comenté lo de la wifi del Real? Pues tirarme media hora en el Devereux para registrarme vía Facebook no me sirvió de nada: ayer tuve que hacerlo vía email. ¡Viva!
A ver si tengo ganas y un día comento la Alcina de Aix de este verano, que también tuvo su tela.
Georg Friedrich Händel
Alcina
Sofia Soloviy, Josè Maria Lo Monaco, María José Moreno, Angélique Noldus, Johannes Weisser, Anthony Gregory, Francesca Lombardi Mazzulli
Christopher Moulds, David Alden
Teatro Real, Madrid. Martes 3 de noviembre de 2015
Mi primera experiencia de ópera en el cine ha sido el Giulio Cesare in Egitto de Händel este sábado pasado. Y oye, muy positiva la cosa. Primero, porque es una gran ópera, está entre mis favoritas y el resultado artístico fue muy satisfactorio. Además, era casi como estar en el teatro, porque era en directo desde el Met de Nueva York.
Lo de acercarse a un CCR a ver una ópera en el cine tiene su gracia, máxime cuando las demás salas están ocupadas por familias de niños vociferantes, que la sesión empezaba a las seis de la tarde.
Que esa es otra, Julio César dura sus buenas casi cuatro horitas, plus intermedios. O sea que la tarde se nos puso en entrar a las seis y salir... ¡a las once menos cuarto! Muy tremendo.
Menos mal que habíamos sido previsores y nos habíamos llevado la merienda. Unos sandwiches envasados y una lata de bebida que metimos en el cine de extranjis y nos tomamos a escondidas en unos silloncitos escondidos en el segundo entreacto. Y estábamos allí nosotros tan discretos cuando vemos que otros asistentes habían hecho lo propio y que otras dos señoras llegaron con la ensalada en un túper y se sacaron allí los cubiertos sin el más mínimo recato. Nada, tranquis, para la próxima ya acostumbrados. Pero es que claro, ¡no íbamos a comprar palomitas! Son muy poco apropiadas para una ópera, vamos digo yo.
Que esa es otra, menudo público más silencioso. Vamos, la gente educadísima. Nada que ver con los murmullos constantes del teatro, los bolsos, los caramelos y las toses. Una gozada.
La experiencia cinematográfica es como ponerte el DVD en casa pero en pantalla gigante. Vamos, que se le ven todas las patas de gallo a la pobre Cleopatra y los empastes (sí, los empastes de los dientes) a la mezzo que hacía de Sesto. La calidad del vídeo es muy alta, salvo algún ocasional problema de barrido de movimiento que como que se entrecortaba y un momento de desenfoque. El audio también es muy bueno, pero se notaban diferencias notables cuando los cantantes estaban cerca o no de los micrófonos.
Lo que sí que eché en falta fue un poco más de volumen. Quizás es que yo estoy acostumbrado a ver las óperas en casa a toda tralla o que cuando me meto en el cine me gusta estar atronado. Pero es que también en la sala de al lado teníamos la fantástica película COMBUSTIÓN, que creo que va de carreras de coches, y los burrrrrummm burrrrrrrummm se notaban mucho.
Otra cosa a tener en cuenta es el precio: 18 euros. Jodó. Caro para meterte en un cine, por muy en directo que sea la representación. Ya maquinaremos, ya.
Una cosa graciosa es que en los entreactos la cámara se pasa detrás del escenario y se ve a los tramoyistas trabajando mientras doña Renée Penicilina Fleming nos cuenta la ópera y entrevista a los cantantes en un inglés modélico y con una pronunciación perfecta. Qué fina y elegante es esta señora siempre.
En fin, que como experiencia fue muy gratificante, y si te encuentras con amigos y otros conocidos en el cine pues fantástico, como ir al Real pero sin tener que subir cinco pisos de escaleras.
Bueno, y como ir al Real no, que es la Metropolitan Opera de Nueva York. Allí hay dinero y hay nivel. Menudo nivel. Qué pedazo de reparto. Que vamos, ya estábamos comparando con el birrión de Don Giovanni que nos plantaron aquí este mes. En Madrid había que esforzarse por encontrar quién era buen cantante, en NYC al revés, eran todos tan buenos que de hacerlo habría que buscar quién desmerecía.
David Daniels era Julio César. Empezó un poco flojo, ahogándose en las agilidades. Me dio miedo, parece que ha perdido en los últimos tiempos. Y no es tan mayor, que sólo tiene 47 años. Afortunadamente al poco se centró y ofreció todo un depliegue de estilazo y belleza tímbrica, especialmente en las arias más sentidas. Interpretativamente muy correcto, y visualmente ha pasado de cub a bear.
Celopatra fue Natalie Dessay. ¡Qué señora! Qué artistaza. Ya quedan lejanos los tiempos de los sobreagudos exosféricos. No los tiene, ni falta que le hacen, porque tiene un dominio de la técnica y la expresión que se pone por delante de su estado vocal actual, que no es el óptimo. Hace lo que las grandes: hacer suyo el personaje, no que el personaje la lleve a ella. La interpretación es sobresaliente: canta, baila (mucho), emociona y en las partes cómicas directamente se sale. Qué buena es. Porque vale que haya un trabajo de dirección de cantantes muy buena y que el director le marque todo lo que tiene que hacer, ¡pero es que hay que saber hacerlo! Se come la escena, se la come. Una gozada. Se le entrecortó la voz un par de veces, ¿y qué? Prefiero dos fallos dentro de una interpretación fantástica a una mediocridad correcta y aburrida. Olé la Dessay.
Y luego los secundarios. Es que no parábamos de decirlo: ¡Qué buenos son! Y es de jusiticia empezar por el Tolomeo de Christophe Dumaux. Qué tío. Voz de contratenor con fuerza y agilidad. Bárbaro. Sensacional. Además, en el tercer acto nos pegó una pirueta en el aire que nos dejó patitiesos. Y de interpretación fabuloso también. Un diez.
Luego Sesto. Alice Coote. De dejar la boca abierta. Y mira que el papel de Sesto lo odio a muerte, que se pasa toda la ópera clamando venganza. Y encima, como es tan extenso, si te toca una mala cantante se sufre mucho. Pues ole con la señora Coote, de abajo a arriba con una brillantez sorprendente. Muy bien. Ah, el estilismo era un poco en plan rollo "en cuanto termine la ópera salgo pitando que tengo que abrir la librería Berkana".
A su lado, la Cornelia de Patricia Bardon (o Deborah Kerr robándole el frasco de laca a Isabel Tocino) dio también una lección de canto. Potente, matizada, elegante. En definitiva, en su papel. Qué pedazo de dúo se marcaron las dos al final del primer acto. Muy buena.
Nireno fue Rachid Ben Abdeslam, muuuuy eunucomariquita él en una interpretación de trazos gruesos pero muy graciosa. La voz era más grave que la de los otros contratenores. Bien, sin maravillar en su única aria. La baza estaba en la parte actoral. John Moore, Curio, la verdad es que cantar, canta poco. Pero el hombre también actuó bien, caramba.
Y Achilla fue Guido Loconsolo. Y aquí nos preguntamos: ¿a éste lo han contratado por la voz o por el pedazo de tiarrón que es? Porque vamos, es un chulazo en toda regla. Y más con ese aire macho-man de voy con la chaqueta desabrochada para que se me intuya el pecholobo y luego cuando me la quito saco el tatuaje tribal que parece que acabo de salir de la Kluster. Tremendo. Suspiros generalizados cada vez que aparecía. Pero bueno, resulta que el señor también sabe cantar y tiene una voz baritonal algo tosca pero muy disciplinada, porque se adaptó perfectamente al estilo barroco. Muy bien.
La orquesta estuvo dirigida por Harry Bicket con soltura y ligereza. O sea, lo ideal para esta ópera. Todos los cantantes hicieron sus da capo con variaciones, como debe ser (y como el público espera) y acompañó perfectamente. Como no se esperaba menos, estuvo impecable el violinista que salió en el aria diálogo de César con el violín.
La producción de este Julio César es una delicia. Que mira que es una ópera larga que se puede hacer pesadísima. David McVicar hace una ópera dinámica, ágil, plagada de detallitos que evitan la monotonía. Y sobre todo mimando cada personaje, perfectamente definido. La pareja Nireno - Cleopatra es de una comicidad bárbara. Y luego está el tema de las coreografías, no sólo graciosas sino también con su intención dramática, como en el caso del aria de la caza. Buenísima la lucha de Tolomeo-Achilla del primer acto y espectacular el Da tempeste. Si yo soy la soprano y me mandan hacer ESO mando al regisseur a tomar viento, vamos. (Aquí abajo el vídeo de Danielle de Niese haciendo el mismo numerito con mucha menos gracia.)
La escenografía es sencilla: cuatro arcos arquitrabados, tres telones y un mar barroco al fondo con barquitos (nuevamente sensacional el cambio de barcos de vela a acorazados de guerra en el último acto). No hace falta más. Lo demás lo pone la imaginación de McVicar y el buen hacer de los cantantes y figurantes.
Se convierte desde ya en mi Giulio Cesare de referencia escenográfico, sobrepasando al que era mi favorito hasta ahora, el de Sydney con Yvonne Kenny y Graham Pushee (muy, pero que muy recomendable).
En fin, ¿tú sabes lo que es salir del cine después de cinco horas tarareando temas händelianos y con una sonrisa de oreja a oreja? Pues eso es lo que hicimos nosotros. Una auténtica gozada.
Georg Friedrich Händel
Giulio Cesare in Egitto
David Daniels, Natalie Dessay, Patricia Bardon, Alice Coote, Christophe Dumaux, Guido Loconsolo, Rachid Ben Adbeslam, John Moore
Harry Bicket, David McVicar
Metropolitan Opera House, Nueva York, sábado 27 de abril de 2013.
La temporada pasada no fui al recital de Cecilia Bartoli porque un par de razones:
La primera porque era la gira de su disco Sacrificium dedicado a los castrati, y es un disco que me pone muy de los nervios. Y la segunda porque después de los conciertos dedicados a Malibran y a Rossini, estaba ya yo un poco cansado del carácter show-woman que se marca la buena mujer, y más de las reacciones hiperexageradas del público.
Este año no he cogido el abono de recitales vocales porque, la verdad, me parecía poco interesante, pero al leer que el recital de la Bartoli estaba dedicado a Händel me animé a comprar entrada.
Esta vez sí que fue auténtica butaca de paraíso, de arribota del todo, con lo cual oh, el peligro de siempre con esta mujer: ¿llegaría la voz de la Bartoli allí arriba? Y, con la mala vista que me gasto, encima me iba a perder sus gestos y muecas, que la Chichi no deja que la filmen las cámaras y podamos verla en las pantallas que hay en la parte alta del teatro.
El inicio no pudo ser más desesperanzador: cómo se le ocurre empezar con un mini aria de bravura llena de coloraturas en la que la proyección de la voz se debió de quedar en la fila 6 del patio de butacas. A afinar oído y vista tocaba. Menos mal que luego ya calentó la voz y el resto del recital, sin problemas, pero vamos, que al principio casi me quedé helado.
Esta vez el recital ha sido más serio, sin tanta concesión al público: una serie de arias de Händel que no estaban dentro de lo más trillado y archiconocido. Se iban alternando arias lentas, algo más animadas y de coloratura salvaje.
Como de costumbre, las más celebradas son las arias en las que la Bartoli despliega su fiato y su característica ametralladora de semifusas. Muy espectacular, como siempre. Pero el mayor aplauso de la noche, y con toda la razón del mundo, fue para el "Scherza infida" de Ariodante. Se acaban los adjetivos: creación mágica, introspectiva, lejana del efectismo pero efectiva. Es en esta pieza donde se puede apreciar de verdad todo lo que vale esta mujer, la redondez y belleza de su voz. Muy similar también el aria de Alcina que se marcó en la segunda parte.
Y me dije yo: al margen de amaneramientos y poses, que los tiene, lo que hace de la Bartoli única es esa capacidad de expresar. La misma aria de Alcina puede resultar un petardo insufrible de diez minutos de duración en otra voz que lo mismo puede ser de mejor "calidad" si se canta de una manera monótona, pero en manos de Bartoli se convierte en una maravilla disfrutable de principio a fin, llena de matices. Un lujazo, que se dice.
En cuanto a las arias de coloratura, ya sabemos cómo se pone. En cuanto empieza a abrir los brazos y tensar los dedos de las manos hay que prepararse porque se va a lanzar. En el final de la segunda parte, Teseo de Händel, la chica del oboe las pasó canutas para seguirla. Fantástica Cecilia en el final de la primera parte y en los dos bises, el Da Tempeste del Julio César y aquella que se hizo tan famosa con la película Farinelli, Son qual nave, de Broschi.
Y el acompañamiento, excepcional. Il Giardino Armonico son la quintaesencia del Barroco. Y quien piense que el Barroco es aburrido, monótono y repetitivo, que se escuche la obertura de Gedeone, de Porpora, que se marcaron. De poner los pelos de punta.
¿Pegas al recital? Sí, quizás demasiado largo el programa y una primera parte mucho más vistosa que la segunda.
Ha sido un concierto mucho más "serio" que los últimos a los que había asistido de la Bartoli. Y lo he disfrutado mucho. Más que la soirée rossiniana.
Ah, los detalles de estilismo: sobrio vestido negro en la primera parte (nada de arrancar los cortinajes del salón como suele acostumbrar) y un desfavorecedor vestido a dos tonos en la segunda (el del vídeo de arriba). Y los clásicos Swarovskis deslumbrando. El público, más comedido que de costumbre en estos eventos aunque alguna mamarracha aislada disfrazada de "voy a la ópera" sí que había.
Recital de Cecilia Bartoli en Madrid, Teatro Real, miércoles 13 de octubre de 2010. Il Giardino Armonico Obras de Händel
Agrippina, de Händel Teatro Real de Madrid, lunes, 2 de noviembre de 2009 Ann Hallenberg, Klara Ek, Umberto Chiummo, Xavier Sábata, Roberta Invernizzi, Matteo Ferrara, Raffaele Costantini, Antonio Giovanni. Il Complesso Barocco. Alan Curtis.
¿Aguantaste la Lulu y te vas de Agrippina?, me dijeron asombrados mis amigos.
Pues sí, qué quieres que te diga. Después de estar hora y tres cuartos escuchando un Händel que vale, que sí, que está bien, pero no me maravilla, y ante la perspectiva de otro tanto con la repetición de la primera parte, plus coger luego el metro, atravesarme toda la ciudad hasta donde he dejado el coche para luego irme al polígono y llegar a casa a la una, pues como que no. Que me fui en el intermedio.
Y por lo visto me perdí lo mejor, según me dicen. Pues mala suerte, chico.
Lo único que me gustó mucho de la Agrippina fue la protagonista, Ann Hallenberg. Estupenda. Voz sobrada que demuestra que las buenas voces, plenas e impostadas, también pueden cantar muy bien el barroco (frente a otras vocecillas planas y opacas que adoran los puristas). Además, interpretativamente excelente, pese a ser una versión en concierto. En los recitativos me recordaba a cualquiera de las pícaras rossinianas.
Bueno, versión en concierto. Había cinco atriles y una silla: ¡Eso es más que toda la escenografía de la Lulu! Y se movían, entraban, salían e interactuaban.
Eso sí. Qué escenario más chungo. Vale que es versión concierto, pero por favor, señores del Teatro Real, un poco de decoro: el suelo era una tarima negra llena de rayones que parecía la sala de ensayo de un tablao. El fondo negro y la silla como la que te ponen en cualquier oficina de atención al cliente (siéntese usted ahí) recién comprada en Makro.
Y luego los focos que nos ponen al público, especialmente a los de gallinero (perdón, paraíso). ¿Hace falta que nos estén alumbrando con esa potencia desde las alturas en las óperas en concierto? Vamos, ideal para controlar quién da cabezadas o abre caramelitos a la primera.
Siguiendo con la parte musical, teníamos al Complesso Barocco dirigido por Alan Curtis. Como siempre que hay una orquesta de cámara de cierto renombre con instrumentos originales y tocando barroco, hay que decir que estuvieron geniales y maravillosos. Vale.
El resto del reparto, para mi gusto se movió entre lo correcto y el sufi por los pelos, todos ellos a años luz de la Hallenberg. Con decir que el que más me gustó fue el mensajero Lesbos, que es el que menos papel tiene. Bien la Poppea, aunque falta de brillo, y muy musical Xavi Sábata sustituyendo al previsto Iestyn Davies como Ottone (como siempre, la web sigue sin actualizarse). Los bajos y la Nerón... cómo era eso que cantaba Lola Flores... ay pena penita peeeeena, peeeena.
Vale. Por lo que he leído por ahí la segunda parte fue graciosa y emocionante. Si es que soy lo peor.
Recital de Joyce DiDonato en Madrid Teatro Real, 3 de diciembre de 2008.
PARTE I Georg Friedrich Händel:
Teseo:
“Dolce riposo"
"Ira, sdegni, e furore... O stringerò nel sen"
"Morirò, ma vendicata"
Imeneo:
Obertura
"Sorge nell'alma mia"
Il pastor fido: Chacona
Serse: “Crude furie”
PARTE II
Ariodante: “Scherza infida”
Rodrigo: Pasacalle en Si mayor para violín, 2 oboes y fagotes
Hércules:
Obertura
“Cease, Ruler of the Day, to Rise”
"Where Shall I Fly"
Bises:
Serse: “Ombra mai fu”
Ariodante: "Doppo notte"
LES TALENS LYRIQUES. Christophe Rousset.
La verdad, da gusto cuando una voz de enjundia te presenta un programa de Händel, acostumbrados como estamos a mezzos soporíferas que te sueltan un runrún de coloratura a media voz que acaban durmiendo al personal.
Joyce DiDonato tiene ese tipo de voz que llena un teatro como el Real y tiene mérito porque el miércoles el recinto era totalmente inhóspito.
El principio del recital no es que fuera frío, es que fue gélido. Lo primero, la buena mujer se debió deprimir de lo lindo nada más ver los palcos de los dos primeros pisos vacíos. Y la parte central del tercero, encima del palco real, también. Como para animarse.
Además, el inicio del concierto, con un aria que acaba de golpe y no te enteras, descolocó al público. Aparte de que es totalmente normal y habitual que los cantantes en el inicio de los recitales tarden un poco en calentar la voz, la recepción de las tres primeras arias fue muy tibia.
Al final de la primera parte, la Joyce dijo algo así como "que mis amigas las furias bajen a mí" y luego se marcó un aria de bravura. Bien, tanto artista como público ya se habían calentado.
Siguiendo estrictamente las indicaciones de la mezzo, parte del personal bajó a las butacas libres de los pisos bajos. Una amable acomodadora nos dijo que sin problema y los del tercer piso nos corrimos a las butacas centrales. Pero luego vino la jefa, antipática como ella sola, y ante el requerimiento de volver a nuestros sitios, alguien le dijo que la misma cantante nos había indicado que podíamos movernos. Puso cara de ajo porro y se largó.
Por cierto, que las butacas centrales de la segunda fila del tercer piso (arf arf) no se pudieron usar porque... ESTÁN CANDADAS. Tela.
La segunda parte del recital empezó estupendamente. Mei de GTL Torn T, grandísima fan y especialista en doña Joyce, dice que no estuvo al 100% y que ha tenido noches mejores. Vale. Yo me conformo de sobras con esa gran escena de Ariodante, que marcó el punto de subida del concierto y acabó brillantemente con las dos arias de Hécules.
No tenía pinta de haber muchos bises, así que hice mi "llamada perdida de quedan 15 minutos para que termine, te espero en San Quintín".
Y en efecto, no. Pero el primero, el Ombra mai fu, fue ESPECTACULAR. Y mira que la cancioncita está requetemegatrillada y se presta a ser el bis de regalo insulso. Pues no. Le dio intensidad, expresividad, profundidad, todos los "dad" que quieras ponerle. Fantástica.
Para terminar, más Ariodante. Muy bien. Y ya el público, por fin, entregado. Los palcos impares, los de los patrocinadores e invitados, vacíííííos.
Les Talens Lyriques bajo la batuta de Rousset, IMPECABLES.
Pues mira, sí, da gusto escuchar un concierto händeliano donde no te cantan las de siempre, y aunque se hubiera disfrutado más en un teatro más pequeño con mayor cercanía al público, estuvo la mar de bien.
Además, desde que me he enterado de que la diDonato se casó con el corpiño que lució el miércoles (un poco de "chica alegre del Far West") en Las Vegas y fue en góndola (imagino que en el Venetian, que es el colmo de lo kitsch), ya soy FAN ASSOLUTO.
La foto se la robo con todo el descaro del mundo a Mei:
Y no me digas que no se parece a:
Compenetrados y cronometrados, al salir del teatro acababa de llegar mi tx a San Quintín. SI ES QUE ES UN AMORRRRRRRRRRRRRRR.
Händel Il trionfo del Tempo e del Disinganno Isabel Rey, Anna Bonitatibus, Romina Basso, Kobie van Rensburg. Paul McCreesh. Teatro Real de Madrid, miércoles 5 de noviembre de 2008.
¿Te acuerdas de la película de 1967 Sor Yeyé? Comenzaba con una chica alegre y festera que tras una noche de marcha decide meterse a monja. Básicamente, ésa es la historia de El Triunfo Del Tiempo Y Del Desengaño, de Händel, o por lo menos de la producción que hemos visto en el Teatro Real esta noche, pero sin Hilda Aguirre.
Bromas aparte, después de la primera parte de esta función me he preguntado: ¿Para qué coño le meten escenografía a un oratorio en el que NO SUCEDE NADA? Que sí, que argumento tiene, pero suceder, lo que es suceder, no pasa nada.
La idea de la producción de la Ópera de Zurich es buena: hacer transcurrir la acción en el Chicote o cóctel bar similar. Los decorados son bellos y trabajados (me recordaron a aquel Rigoletto mafioso de la ENO, ¿te acuerdas?), el vestuario es de lujo, hay multitud de figurantes, hemos tenido de todo: mafiosos, monjas, niños, camareros, un organista barroco, una boda, un desfile de modelos... ¿y todo para qué, si el peso musical de la obra lo llevan los cuatro solistas exclusivamente en una sucesión de arias sin fin?
En fin. Bonito, lo que se dice bonito, sí, mucho. Pero ahí se queda, en una apuesta estética. En la segunda parte ha habido un poquito más de chicha y afortunadamente las dos escenas finales (del Placer y la Belleza) han resultado creíbles dramáticamente y francamente sobrecogedoras. Pero vamos, que se puede vestir Semele de ópera perfectamente, ¿pero Il trionfo???
Bueno, consideraciones escénicas aparte, Il Trionfo es puro Händel. Al que no le guste acabará harto y al que le guste... pues depende, porque se puede hacer un poquito largo de más. Es un aria, y otra, y otra, y otra (oh, un dúo), y más aria... Yo he reconocido 3 arias que Händel después usaría en óperas posteriores, pero seguro que hay más.
Me ha sorprendido para bien la Orquesta Sinfónica de Madrid, porque cuando leí que no se trataba de instrumentos originales me temí lo peor. Pero ha sido llevada estupendamente por el señor McCreesh, en una versión reducida de número, claro. Muy bien.
De los solistas, el Tiempo me ha gustado pichís pichás (por el timbre ese tan particualr de los tenores especializados en barroco) y el resto han estado maravillosas.
Romina Basso (El Desengaño) tiene una voz preciosa, un timbre de esos oscuros y pastosos que llenan la sala y aparte sus agilidades. Su parte no es muy extensa, pero me ha encantado.
Anna Bonitatibus (El Placer) no tiene una materia prima tan fresca, pero jooooder, qué manera de expresar, tanto en las partes más líricas como en las arias de bravura. Aparte, empastaba a la perfección con Isabel Rey. Estupenda.
Isabel Rey (Sor Yeyé La Belleza) en la primera parte me parecía una voz demasiado madura para el papel. Brillaba en los agudos pero después se oscurecía mucho en la zona grave. En la segunda parte se me han quitado los prejuicios. El final ha sido totalmente extático. Una delicia.
Vamos, que globalmente el invento me ha gustado. Que hubiera pasado totalmente de la escena pero reconozco que queda bien y en la segunda parte funciona, y que el nivel artístico me ha parecido muy alto.
Hace 4 años se representó este oratorio de Händel en el Teatro Real de Madrid, en el marco del festival de verano, dirigido por Mark Minkowski, en versión concierto, con unos Musiciens du Louvre bestiales y un nivel canoro algo irregular .Recuerdo particularmente floja a la Cangemi haciendo de Belleza, por muchas lágrimas que le afloraran al final. También estuvo la Bonitatibus y Natalie Stutzmann (creo).
Te dejo con el final a cargo de Isabel Rey hace 5 años, en esta misma producción. Hasta la próxima.
Tamerlano, de Händel. Teatro Real de Madrid 1 de abril de 2008.
Soy idiota, y lo sé. No es la primera vez que me pasa. Ayer llegué tarde al Tamerlano de Händel en el Real.
Me confié con que empezaba a las 8 de la tarde como todas las óperas y resulta que empezaba a las siete.
Antes, cuando llegabas tarde podías ver la representación en una proyección infame con sonido de altavoz en el salón de actos que hay en la planta séptima del teatro.
Ahora han cambiado y han puesto en la planta 5ª dos jaulitas desde las que puedes ver la representación en una pantalla y la escuchas con sonido directo de la sala. Están justo detrás de las pantallas altas laterales que se ven desde las butacas. La solución es curiosa, te da la sensación de estar en el zoo.
Me perdí gran parte del acto primero, pero llegué a tiempo para la segunda aria de Plácido Domingo. Bien, se oía bien. Pero luego llegó el final de acto y lo que oía no era más que un murmullo. ¿Estaba la mezzo escondida al final del escenario y no me llegaba bien el sonido o era realmente todo tan apagado? Huy, miedo me dio.
Después de pelearme en el intermedio por recuperar mi butaca en Paraíso, que ya había sufrido una "okupación"... pues mitad y mitad, porque si bien el sonido era mucho mejor, tengo que decir que las dos mezzos me aburrieron mucho. Muchísimo. Yo no sé si se estaban reservando o qué, pero aquello me resultó bastante tostón. Y a mí Händel me pone las pilas, que no soy de los que se duermen con el barroco. En el tercer acto mejoraron considerablemente y se rompió el tono monocorde de lo que había escuchado hasta el momento. Mucho mejor las dos sopranos.
Plácido Domingo cantó como hacen los cantantes consagrados: "hizo suyo el papel", que quiere decir que lo cantó como le dio la gana, a su estilo, pero con esa voz que tiene se lo puede permitir. Aquello no era barroco, era Plácido. Increíblemente comunicativo en los recitativos, airoso en las arias de bravura y tremendo, tremendísimo en la verdiana muerte.
Sin él, la función hubiera sido un coñazo.
Podrían haber puesto un contratenor por lo menos, jo.
La orquesta, cumplidora. ¿Por qué no se utiliza una orquesta de instrumentos originales para el barroco? Ah, misterios.
Sobre la escenografía, nada que comentar. Está todo más que visto: decorado totalmente blanco con un elemento que hace contraste de vez en cuando: un elefante azul, un trono dorado, una mesa negra o... UNA FALLA (porque no se sabe lo que era eso que salió en el acto II).
Deserciones, muchas deserciones y muchos cambios de butaca.
Anoche estuve escuchando Tamerlano de Händel en CD (Erato, dirigida por Gardiner, con Derek Lee Ragin, Michael Chance, Nancy Argenta y Nigel Robson, con esta misma portada). Lo reconozco, es uno de esos cedés que tengo en su estantería criando polvo que he escuchado sólo de pasada. Tampoco es que me emocione mucho esta ópera. Pero es que teniendo Alcina, Ariodante o Giulio Cesare a mano, difícil es que tire del disco de Tamerlano.
Sin haberla escuchado en profundidad sigo con mis reservas. Me pareció un händel bastante más oscuro que al que tengo habituado el oído. Pero bueno, imagino que disfrutaré, porque anda que no me pone a mí un aria da capo.
La semana que viene la tengo en el Real (clic) con el morbo de Plácido Domingo cantando barroco. Yo no sé qué harán con las arias de bravura. Me imagino que hará lo que hacen siempre los cantantes consagrados: "hacer suyo" el papel. Es decir, adecuarlo a su voz y a su estado vocal. Y no protestemos, eso lo hacen todos, no sólo Domingo.
El tenor del reparto alternativo es Bruce Ford. Lo recuerdo de un Barbero en Barcelona a mediados de los 90, cuando no dejaba de cosechar críticas excelentes y era el tenor belcantista más mimado. A mí me aburrió sobremanera, no me gustó nada nada nada y no entendí los aplausos y los maravillosos comentarios. También pudo tener un mal día y haber estado estupendo en el estreno, que es cuando va la prensa.
Del resto del reparto me repatea sobremanera que haya cantantes femeninas en vez de contratenores. Y al director, francamente, no lo conozco.
Intentaré ir sin ideas preconcebidas (difícil) y sin leer los exabruptos que se soltarán en los foros ni las crónicas del estreno en la prensa. Eso sí, lo mismo me la vuelvo a escuchar estos días.