lunes, diciembre 27, 2010

El caballero de la rosa


Der Rosenkavalier aterriza en Madrid como gran baza para la temporada navideña y a mí me toca en el abono la última función, es decir, es imposible no estar influido por críticas de prensa o por los habituales comentarios en los foros o blogs de internet. Pero lo conseguí, no leí nada y sólo me llegaron algunos apuntes, y todos decían que eran unas funciones de muy alto nivel.

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Suficientes como para quedarme perplejo en el primer acto. ¿Esto es lo maravilloso maravillosísimo? La orquesta renqueante, la mariscala inaudible y todo con un aire "discretito discretito". La leche. Me quedaban todavía dos actos y is amigos estaban celebrando una cena de navidad a tres pasos de allí. Vamos, que las tentaciones para salir pitando me rondaban por la cabeza.

Afortunadamente no lo hice, porque la función levantó el vuelo en el segundo acto y terminó con un tercero precioso.

Pero es que el primer acto... menudo tostón. La orquesta sonaba embarullada y sin ningún brillo. Anne Schwanewilms empezó no fría, lo siguiente. Debe ser que se tomó muy en serio la introspección del personaje y se lo metió tan dentro que los demás ni nos enteramos. Cuando la Mariscala dice eso de "me has peinado como a una vieja" y hasta el final del acto se nos tiene que caer el alma a los pies, y no, fue igual que si dijera "este yogur está caducado". No se trata de cantar piano o de que las mariscalas tengan que tener un torrente de voz (recordemos a la última mariscala en Madrid, una deliciosa Felicity Lott hace diez años), es que la Anne no existía o tenía una mala noche. Ya en el monólogo como que se metió en el papel, pero era tarde, porque nosotros no estábamos metidos en la ópera.


José Manuel Zapata sacó adelante al tenor italiano, graciosísimo en la interpretación y con los agudos apoyados y con esa incertidumbre que hace que pienses eso de "aaaaay, que no va a llegar".

Afortunadamente estaba Joyce DiDonato, metida del todo en su papel, con una muy buena interpretación de Oktavian. Graciosa sin pasarse, suficiente de volumen e intención. Muy bien, me gustó mucho y fue la que salvó el primer acto.


Menos mal que las cosas mejoraron, y para mucho, a partir del segundo. Tate consiguió despertar a la orquesta y sacó todo el jugo a esos valses decadentes de Strauss. De Richard, no de Johann, que ya conozco anécdotas de personas disgustadas en un concierto Strauss por escuchar los cuatro últimos lieder en vez de valses.

Lo dicho, la orquesta, a partir de entonces, estupenda.

Franz Hawlata fue el típico barón Ochs. Justito de voz pero haciendo todos los aspavientos y exageraciones que tocan.

Laurent Naouri muy bien como Faninal, tanto en lo vocal como en lo escénico. Lo que se dice un lujazo de secundario, vamos.


Y Ofelia Sala cumplió bien con Sophie y se sacó unos agudos bien bonitos en la escena de la rosa, perfectamente emparejada con DiDonato. Aparte, también en lo actoral estuvo muy apropiada.

En el tercer acto apareció por fin la Schwanewilms, derrochando la prosodia y expresividad que nos birló en el primer acto. Y con volumen y belleza tímbrica. Menos mal. El trío final, con todos inspiradísimos, llegó a niveles muy altos y conseguí salir de la representación con esa mezcla de sentimientos de ensoñación/resignación desencanto/esperanza que esta ópera te mete en el cuerpo.


La producción es de Wernicke y está disponible en un vídeo con las Fleming, Koch y Damrau y aún así el Teatro Real tiene el morro de anunciar "nueva producción EN el Teatro Real" para confundir al espectador.


Consiste en una serie de paneles con decorados y espejos que los reflejan, formando un estético efecto óptico. Desde Paraíso por lo menos se veía muy logrado. No me hicieron falta pelucas, lámparas ni muebles rococó. Creo que es una ópera que se presta mucho a recargarse de decorados pero que al final estorban. Me gustó mucho la propuesta de Wernicke.

Vamos, que salvo un primer acto bastante bodriete, la sensación final fue de noche más que satisfactoria en el Real y perfecto anticipo de atracón de polvorones y turrones para la navidad.





Richard Strauss
Der Rosenkavalier
Anne Schwanewilms, Joyce DiDonato, Ofelia Sala, Franz Hawlata, Laurent Naouri, José Manuel Zapata
Jeffrey Tate, Herbert Wernicke
Madrid, Teatro Real, miércoles 22 de diciembre de 2010

lunes, diciembre 20, 2010

Manon en Valencia



Segunda vez que voy a Valencia a Les Arts y me reafirmo en mi opinión: Calatrava hace los edificios para que se vean, no para que los seres humanos los utilicen. Esta vez tenía una butaca de segundo piso lateral. Buena visibilidad porque hace mucho que cambiaron la orientación para que los espectadores vieran el escenario y no a los del lateral de enfrente. Pero se les ha olvidado una cosa: no caben las piernas y la rodilla te pega con una barandilla que tendrá sus buenos veinte centímetros de ancho. Absurdo.


Por otro lado el público valenciano es curioso: en cuanto la temperatura baja de los 20 ºC aquello se convierte en un desfile de visones y ramuskés. Hay que entenderles, tienen pocos días de frío al año. Qué pena que el sábado lloviera, había menos de los habituales. En cuanto a comportamiento, en la función del sábado creo que sólo sonó un móvil (no es la tortura telefónica del Teatro Real) y no hubo demasiadas toses (aunque, como siempre, en los momentos más inoportunos). Eso sí, la gente habla. Mucho. Mucho más que en el Liceo, que ya es decir. En cuanto los cantantes se callan, aunque la música siga, todos a comentar.

Y fui a ver la Manon massenetiana.

Quería llevar a mi tx a que conociera el teatro y, por fechas y producción pensé que era la más apropiada. Meeeeec. Error. Se aburrió. La música no le motivó mucho no le gustó el argumento. Pobre, era la segunda ópera sobre Manon que veía, ya lo llevé a aquel Boulevard Solitude del Liceu.

Y es que Manon es pesadita. El primer acto, salvo que la soprano haga el premier voyage sensacional, es una plastez, y el segundo no se anima hasta la petite table y el fermant les yeux. El tercer acto es el más vistoso, con la gavota y el maravilloso cuadro de Saint Sulpice y luego la ópera decae otra vez hasta el emocionante final. Está a caballo entre la grand ópera francesa (los cinco actos, el ballet) y un lenguaje operístico más evolucionado, pero no tira ni para uno ni para otro. Y se hace larga, sí.

Tengo una grabación en la que se prescinde del cuadro del Cours de la Reine y la gavota la cantan en el Hotel de Transilvania, plus algunos cortecitos de más. Sí, ya lo sé, es un sacrilegio, pero aligera la ópera y condensa lo mejor de su música.

Mi tx se desesperó con el argumento: ¡Pero bueno!, me decía, dos horas con que te quiero no te quiero nos fugamos y nos volvemos a fugar... ¡y luego en diez minutos lo despachan todo y no te enteras de lo que ha pasado!
Ay pobre, sólo falta que le lleve a la Manon Lescaut de Puccini y que alucine en colores cuando de repente aparezcan en el oeste americano.


Nada más sentarnos y apagarse las luces, voz en off. Yo pensé que era para decir que apagáramos los teléfonos pero no, nos avisan de que el tenor Vittorio Grigolo sufre una indisposición y en su lugar el papel del Caballero Des Grieux lo va a cantar Jean-François Borras. Fantástic, cancela el director de orquesta, cancela el tenor. Miedito daba, sobre todo después de lo que me habían contado de que a la prota no se le oía nada y que la orquesta tapaba todo.

Pero mira, no. Hay veces que una conjunción de elementos adversos consiguen que todo el mundo se intente superar un poco y lograr una buena noche. Y, sin ser un despiporre de decir que fue excepcional y maravillosísima, para mí fue una muy buena velada.


La orquesta parece que escuchó las críticas de anteriores funciones y no estuvo tan decibélica como me habían contado. Efectista y contundente en los momentos culminantes, sí, pero sin ser una tralla. Eso sí, poco matizada en las partes líricas.

De Ailyn Pérez me temía lo peor, francamente. Y no. No tuve ningún problema para escucharla, así que su tan cacareada falta de volumen no la aprecié yo. El timbre me recordaba en los graves al de Victoria de los Ángeles -con reservas, claro-, arriba es más ligera y llega al agudo sin dificultad (sí, vale, los sobreagudos se le abren y las agilidades ahí ahí, pero a ver quién es la guapa que aguanta el papel sin despeinarse). Consiguió muy buenos momentos en la petite table (¿hacía falta que se despatarrara sobre la mesa?) y en el final. Creo que es una Manon más que convincente y trabajada.


El problema viene con las comparaciones. Hay tantísimas referencias ya que es imposible no hacerlo. Además, cada Manon es un mundo aparte. De los Ángeles, Sills, Gheorghiu, Caballé, Cotrubas, Dessay, Damrau, Netrebko, Freni. Cada una hace suyo el papel y lo lleva a su terreno. Ailyn Pérez no llega a crear una Manon de referencia y característica, pero se adecúa al papel, al estilo y salva con notable la parte.

Des Grieux es ya otro cantar. Estamos acostumbrados en los últimos años a interpretaciones italianizadas y casi veristas: Villazón, el Alagna de los últimos tiempos (no el de sus principios, ojo), el mismo Grigolo. Es un papel muy goloso para un tenor porque con cuatro exageraciones y dos golpes efectistas se come la representación. Luego pasa lo que pasa, que llega el fermant les yeux y no son capaces de plegarse al estilo y a la delicadeza de la música.


Borras llegó deprisa y corriendo, según cuentan, el mismo sábado para hacerse cargo del papel. Se notó en cierto nerviosismo en el movimiento escénico, en un par de frases que se le olvidaron, en la apuntadora que le soplaba el texto como una loca y en un vestuario que le sentaba como un tiro. Vale que el chico no es el figurín de Grigolo sino que más bien tira a osito con sobrepeso, pero por favooor, esos pantalones con la cintura debajo de los sobacos como si fuera Julián Muñoz...

Vocalmente fue todo lo contrario a los Des Grieux vociferantes y veristas que comentaba. Idiomático, refinado y sin excesos. Vale, su Fuyez no es tan efectista, pero el papel en conjunto le iba muy bien. Y además cuando quería pegaba unos pepinazos arriba que temblaba el misterio. Me pareció que si se lo curra puede llegar a hacer cosas muy interesantes.

Fue calurosamente aplaudido por público y resto de sus compañeros.

Pues eso, que básicamente los dos protagonistas estuvieron en su sitio, defendieron notablemente sus papeles y mantuvieron el interés de la función

Del resto de cantantes, Ruciński estuvo correcto, con la voz un poco "seca" y Aceto exhibió graves. Emilio Sánchez fue el único que interpretó además de cantar, y las tres chicas pegaron los gritos de grulla que requieren sus roles (no las culpo a ellas, son unos papeles ingratísimos, sólo comparables a las Mercedes, Frasquitas y el dúo de graznadoras de la Lecouvreur).


Huy, la puesta en escena, que se me olvida.

Es una versión actualizada a los años 50 del siglo XX, muy colorista y sin exageraciones ni provocaciones. Manon lee una revista de cine y sueña con ser una estrella, los focos la persiguen hasta su final muy en plan Lo Que El Viento Se Llevó. Está bien, pero los decorados tienen un punto cutre de baratillo que lo desluce un poco. Me imagino que vista en vídeo ganará porque no cantarán tanto las estatuas o el tren de cartón. De hecho, en las fotos se ve mejor que en el teatro. Quizás una iluminación más cuidada diera más juego. Pero vamos, bien, muy vistoso y entretenido todo. Y más que correcto el movimiento de cantantes y coro. Muy bien resuelta la escena de Saint Sulpice con el coro de beatas y luego cada uno de los cantantes a un lado de la reja.


La producción está editada en DVD/BluRay con Netrebko y Villazón y hay varios youtubes por ahí danzando.



Jules Massenet
Manon
Ailyn Pérez, Jean-François Borras, Artur Ruciński, Raymond Aceto, Emilio Sánchez, Andrea Porta, Ilona Mataradze, Ekaterina Metlova, Natalia Lunar.
Jordi Benàcer, Vincent Paterson
Palau de Les Arts Reina Sofía, Valencia, sábado 18 de diciembre de 2010.

miércoles, noviembre 10, 2010

Otra Vuelta de Tuerca


La primera vez que vi The Turn of the Screw de Britten fue en Barcelona (en el Teatre Victoria, cuando el Liceu estaba socarraet) y casi me duermo en la primera parte pero en el segundo acto conseguí meterme tanto en la obra que hasta me dio miedo, y salí encantado. Sobre el primer acto, en mi descargo hay que decir que fue un domingo a las cinco de la tarde -sopor, sopor- y que la música de Britten no es que sea precisamente muy animada, je.

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Había tomado con precaución esta Otra Vuelta de Tuerca del Real. Las críticas leídas en la prensa hablaban de un teatro demasiado grande para una ópera de dimensiones tan reducidas, lo que provocaba una lejanía entre el espectador y la obra.


En parte no les falta razón, tanto teatro como escenario son enormes, pero de lejanía nada. Afortunadamente se ha contado con una orquesta estupendamente dirigida por Josep Pons (¿cuántos eran, sólo 13?, fantástico trabajo) y unas voces que no tuvieron ninguna dificultad en llenar el espacio y la distancia con el público.

Tremenda Emma Bell, que lo mismo te canta un Mozart que un Britten. Templada y afinada y una voz potentísima. Una gozada de institutriz. Puede que interpretativamente no llegue a transmitir el estado febril que necesita el personaje, pero en eso hay más culpa del director de escena, creo yo.

Bien los niños (la Flora, estupenda), muy intensa la Miss Jessel y un ole para el Peter Quint de John Mark Ainsley, que caramba la dificultad que tiene el papel. El ama de llaves fue Marie McLaughlin. Da gusto ver cómo una de las traviatas más cursis de los 80 (todos la conocíamos, era el único vídeo VHS que circulaba comercialmente por aquella época) ha dado paso a una buena e incisiva característica.


Vamos, que en el aspecto musical me gustó todo mucho.
En el escénico... no tanto.

Los decorados me parecen muy apropiados: con una iluminación adecuada, tres paneles y unos pocos elementos que cambian de sitio se consigue perfectamente la ambientación necesaria para esta ópera. Ninguna objeción.

Pero sí a la dirección de actores por un asunto fundamental: los fantasmas.


La institutriz ve fantasmas. No sabemos si son reales o sólo (que ahora se escribe sin tilde) fruto de su imaginación, pero en la ópera de Britten están, y cantan.

Y McVicar los coloca y mueve como a los personajes reales. Vale que tampoco pido efectos especiales demenciados o sorprendentes, pero para mí que un fantasma llegue andando, se pasee como Pedro por su casa y luego se vaya tan campante... como que no, que no me da la atmósfera que la historia cuenta ni la ambigüedad sobre si existen o no. Algo más de juego de luces, alguna transparencia, no sé. En las funciones de Barcelona la aparición de Miss Jessel era terrorífica, aquí no llega ni a inquietante.

Por otro lado, al personaje de la institutriz le falta un punto de fragilidad mental. Sí, se ve que está algo perturbada, pero más como una heroína operística clásica que como la mujer obsesionada que es.

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También es cierto que no puedo evitar tener en mente la tremendísima recreación del personaje por parte de Deborah Kerr (qué mujer tan fina) en la película The Innocents (Suspense, 1961), o la novela corta de Henry James en la que se basa la ópera, donde la institutriz es víctima de la fortísima represión sexual victoriana. Y sí, el libretto de la ópera no lo refleja bien, pero a estas alturas en las que estamos curados de espanto con las producciones operísticas, hacer mayor hincapié en este aspecto no hubiera estado mal. Recomendadísimas tanto la peli como la novela.

Que sí, que me ha gustado, y mucho, pero para mí también tiene el pero de no haber logrado un ambiente más inquietante. De todas formas, recomendable totalmente.


Ah, para los comentarios típicos de operafánatico "yo he visto la mejor función del mundo del año catapum y tú no y además tengo la más rara referencia en disco -en directo, of course- y con sonido de huevos fritos", diré que no fui a la producción de la que todo el mundo habla maravillas del Teatro de la Zarzuela con Raina Kabaiwanska.

Y a los que esperaban crónica del Mahagonny lo siento, pero tampoco fui. Es una obra que no me gusta y ese día estaba cansadísimo.


The turn of the screw, de Benjamin Britten
Emma Bell, John Mark Ainsley, Jacob Ramsay-Patel, Nazan Fikret, Marie McLaughlin, Daniela Sindram.
Josep Pons, David McVicar.
Teatro Real de Madrid, lunes 8 de noviembre de 2010


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Y no puedo terminar sin poner Los Inocentes, una canción dedicada a los niños Miles y Flora a cargo de La Monja Enana, uno de mis grupos favoritos, je je:






jueves, octubre 14, 2010

Chichi se pone seria


La temporada pasada no fui al recital de Cecilia Bartoli porque un par de razones:

La primera porque era la gira de su disco Sacrificium dedicado a los castrati, y es un disco que me pone muy de los nervios. Y la segunda porque después de los conciertos dedicados a Malibran y a Rossini, estaba ya yo un poco cansado del carácter show-woman que se marca la buena mujer, y más de las reacciones hiperexageradas del público.

Este año no he cogido el abono de recitales vocales porque, la verdad, me parecía poco interesante, pero al leer que el recital de la Bartoli estaba dedicado a Händel me animé a comprar entrada.

Esta vez sí que fue auténtica butaca de paraíso, de arribota del todo, con lo cual oh, el peligro de siempre con esta mujer: ¿llegaría la voz de la Bartoli allí arriba? Y, con la mala vista que me gasto, encima me iba a perder sus gestos y muecas, que la Chichi no deja que la filmen las cámaras y podamos verla en las pantallas que hay en la parte alta del teatro.

El inicio no pudo ser más desesperanzador: cómo se le ocurre empezar con un mini aria de bravura llena de coloraturas en la que la proyección de la voz se debió de quedar en la fila 6 del patio de butacas. A afinar oído y vista tocaba. Menos mal que luego ya calentó la voz y el resto del recital, sin problemas, pero vamos, que al principio casi me quedé helado.

Esta vez el recital ha sido más serio, sin tanta concesión al público: una serie de arias de Händel que no estaban dentro de lo más trillado y archiconocido. Se iban alternando arias lentas, algo más animadas y de coloratura salvaje.

Como de costumbre, las más celebradas son las arias en las que la Bartoli despliega su fiato y su característica ametralladora de semifusas. Muy espectacular, como siempre. Pero el mayor aplauso de la noche, y con toda la razón del mundo, fue para el "Scherza infida" de Ariodante. Se acaban los adjetivos: creación mágica, introspectiva, lejana del efectismo pero efectiva. Es en esta pieza donde se puede apreciar de verdad todo lo que vale esta mujer, la redondez y belleza de su voz. Muy similar también el aria de Alcina que se marcó en la segunda parte.

Y me dije yo: al margen de amaneramientos y poses, que los tiene, lo que hace de la Bartoli única es esa capacidad de expresar. La misma aria de Alcina puede resultar un petardo insufrible de diez minutos de duración en otra voz que lo mismo puede ser de mejor "calidad" si se canta de una manera monótona, pero en manos de Bartoli se convierte en una maravilla disfrutable de principio a fin, llena de matices. Un lujazo, que se dice.

En cuanto a las arias de coloratura, ya sabemos cómo se pone. En cuanto empieza a abrir los brazos y tensar los dedos de las manos hay que prepararse porque se va a lanzar. En el final de la segunda parte, Teseo de Händel, la chica del oboe las pasó canutas para seguirla. Fantástica Cecilia en el final de la primera parte y en los dos bises, el Da Tempeste del Julio César y aquella que se hizo tan famosa con la película Farinelli, Son qual nave, de Broschi.



Y el acompañamiento, excepcional. Il Giardino Armonico son la quintaesencia del Barroco. Y quien piense que el Barroco es aburrido, monótono y repetitivo, que se escuche la obertura de Gedeone, de Porpora, que se marcaron. De poner los pelos de punta.

¿Pegas al recital? Sí, quizás demasiado largo el programa y una primera parte mucho más vistosa que la segunda.

Ha sido un concierto mucho más "serio" que los últimos a los que había asistido de la Bartoli. Y lo he disfrutado mucho. Más que la soirée rossiniana.

Ah, los detalles de estilismo: sobrio vestido negro en la primera parte (nada de arrancar los cortinajes del salón como suele acostumbrar) y un desfavorecedor vestido a dos tonos en la segunda (el del vídeo de arriba). Y los clásicos Swarovskis deslumbrando. El público, más comedido que de costumbre en estos eventos aunque alguna mamarracha aislada disfrazada de "voy a la ópera" sí que había.

Recital de Cecilia Bartoli en Madrid,
Teatro Real, miércoles 13 de octubre de 2010.
Il Giardino Armonico
Obras de Händel

lunes, octubre 11, 2010

Ha muerto Joan Sutherland


A los 83 años (tampoco tantos, ¿no?).

Aquí, algo no muy habitual en ella:



Una pena.

jueves, septiembre 23, 2010

¡¡¡ Y sigo con Onegin !!!


A raíz de un comentario en la entrada anterior de mi querido cobloguero el cada día más musculoso hunktenor Eleuterio, paso a hacer unos comentarios sobre discografía del Eugenio Onegin de Tchaikovski.


Vamos a ver: la grabación de referencia inapelable que nos van a recomendar por todos lados es la de Boris Khaikin al frente del Bolshoi en 1956 con Galina Vishnevskaya jovencita y un montón de rusos de cuyo nombre no me acuerdo. Idiomática, desde luego, y con una tensión orquestal fantástica. Yo tengo un problema con esta grabación, y es que no puedo con el timbre de la Galina. Será todo lo rusa que sea y cantará como hay que cantar esta ópera, pero esa vocalidad que sale como de atrás se me hace feísima. Aunque está editada en Melodiya, yo la compré de baratillo y de una casa rusa completamente desconocida, con lo cual es posible que mi aversión a esta grabación venga del penoso sonido que tiene. Aún así, la obligada (clic).


Más adelante hay otra grabación para mi gusto muy buena que es la de Levine en el 88 con Thomas Allen, Mirella Freni y Neil Shicoff, en la que todos están estupendos (clic). A esta grabación se le ha acusado desde siempre de haber italianizado demasiado la ópera, en particular por la Tatiana "demasiado mujer" de la Freni. Sí, es muy pasional y es radicalmente contraria a la de Vishnevskaya, pero bueno, es una opción.


Mi favorita (y caigan sobre mí todas las maldiciones del mundo) es la grabación de 1991 para Sony de Emil Tchakarov con Anna Tomowa-Sintow, Yuri Mazurok, Nicolai Gedda y Nicola Ghiuselev. Primero, el sonido es esplendoroso y Tchakarov hace sonar a orquesta y coros a las mil maravillas. Mazurok hace su tercer Onegin en disco y se nota, el personaje está muy trabajado y la voz, aunque madura, se mantiene. Gedda está muy mayor para Lenski pero pone su saber hacer. Y Anna Tomowa-Sintow recrea una Tatiana juvenil, apasionada sin pasarse, perfecta en el primer acto, con una voz bellísima (no muy grande, pero es una grabación). Ella es la que me hace decantarme por esta grabación. Ahora mismo está a precio de ganga en la reedición que Sony sacó el año pasado (clic).

Hay muchas, muchísimas más grabaciones de esta ópera. La discografía de Onegin es extensísima. No sé, dime cuál es la que te gusta a ti.

lunes, septiembre 20, 2010

El Onegin en inglés de la Kiri y el Hampson


El Onegin inaugural se me quedó dando vueltas en la cabeza.
Qué rabia.
Con lo que me gusta a mí esta ópera y lo sosaina que quedó.

Al llegar a casa repasé mi lista de Onegines en disco.

Y, cómo no, reparé en una rareza que tengo: la versión en inglés grabada en 1994 por Charles Mackerras con Thomas Hampson y Kiri Te Kanawa.

Es un disco raro.

Cantan en inglés, y se hace extraño. A mí no me molesta que se traduzcan las óperas. Creo que no hay nada inamovible y que mientras se haga con coherencia y calidad no hay mayor problema. Pero claro, acostumbrado uno al oído al churriesti chiestli del ruso, de repente escucharlo en inglés choca mucho. Creo que no me pasaría nada si la tradujeran al alemán, polaco o cualquier otro idioma que yo no entienda, que el shock se produce al captar frases y palabras sueltas.

Además, los cantantes parece que están como muy pendientes de la pronunciación, y se recrean en los sonidos sh y t. Es como una clase del Follow me pero cantada. Hampson está muy bien de Onegin, autoritario y cínico, y la verdad es que da gusto oírlo. Kiri es otra cosa. Mira que le tengo yo cariño a esta mujer, tan correcta siempre, pero es que como Tatiana... ay. No llega a levantar el vuelo. Hace cosas preciosas en los momentos más delicados, pero no consigue el lirismo ni la pasión necesarias, y su voz en el 94 estaba ya algo desgastadilla para el papel. Aprobada, vale, pero entiendo las críticas -algunas muy desagradables- que recibió en la época de la publicación del disco.

La escena de la carta:




Y el dúo final:




El resto ni fu ni fa. El Lenski y el Gremin no están a la altura y las mujeres tampoco destacan especialmente.

También está Nicolai Gedda como Monsieur Triquet. Pero como es una parte de la ópera que no soporto, siempre lo paso.

Mackerras y la orquesta de la Ópera Nacional Galesa están... irregulares. Brillan en los momentos más dramáticos pero en las partes más reposadas o intimistas están muy relajados. Las escenas costumbristas del primer acto aburren, y no se consigue crear atmósfera en la escena del duelo. Menos mal que en todo el último acto Mackerras saca genio y lo borda.

Esta es una no-recomendación.
Es decir, jamás le recomendaría a nadie que comprara este disco. Ahora, como curiosidad y como ese "mira qué raro soy y qué cosas más estrafalarias tengo" que nos encanta tanto a los operísticos, no tiene precio.


jueves, septiembre 09, 2010

¡ Pues empezamos bien la temporada !


Empieza la temporada con una de mis óperas favoritas, el Onegin de Tchaikovski. Bien. Perfecto porque la anterior terminó con otra de ellas, Die tote Stadt. (El Boccanegra no lo cuento porque no fui, que por mucho Verdi, Domingo y Gheorghiu es una ópera que no soporto, me aburre y aplatana cosa mala).

Así que iba yo anoche tan contento y pizpireto al Teatro Real dispuesto a disfrutar de una producción traída al completo desde el Bolshoi de Moscú y que tenía muy buena pinta.

Pues no: Ay madre qué aburrimiento y qué poca calidad.

Sinceramente, creo que los rusos están haciendo bolos por el extranjero y lo que han traído aquí ha sido un elenco de serie Z bastante chungo. Yo no sé si el primer reparto (el que tiene a Mariusz Kwiecien y Tatiana Monogarova) estará más decente, pero lo que es el segundo es de baratillo total. A excepción de la Tatiana de Ekaterina Scherbachenko, el resto era para echarse a temblar: un Onegin gruñón, un Lenski caprino (que sí, que era muy mono, pero nada más) y el resto totalmente inane.

Y la orquesta. Por favor qué manera de pasar como una división de tanques rusos sobre la partitura. Y encima desajustada. Toda la fuerza melódica de la ópera desapareció por completo. Los tiempos, lentísimos, se cargaron la escena de la carta y las arias de Lenski y Gremin. Sólo pareció estar a gusto en las escenas de baile, en las que, por cierto, no había cuerpo de baile :-)


La producción tiene muchos aciertos pero un fallo fundamental: está escondida en lo más profundo del escenario, a varios metros de la boca del teatro, y encima casi todo sucede al fondo, con lo que no hay ninguna proximidad al espectador.

El decorado es el mismo en todos los actos: un salón con una mesa elíptica gigante omnipresente durante toda la ópera. Los dos primeros actos, unidos, son una fiesta constante en casa de Larina en la que anfitriona e invitados se ríen, se ríen y no paran de reirse. Irritante. En el tercer acto el decorado es el mismo, pero todo tapizado de rojo. Un cruce entre salón de banquetes de boda Lord Winston y la cena del capitán Stubbing en Vacaciones en el mar. La iluminación, en todo momento, fantástica: auténtica creadora de atmósferas.



Los únicos personajes definidos son Tatiana y Lenski. Son dos freakies, cada uno en su extremo, que se comprenden. Lenski es el payaso animador de eventos a quien nadie toma en serio. Incluso le adjudican los insoportables cuplés de Monsieur Triquet (destrozados por la voz del tenor y la lentitud de la orquesta). Y Tatiana no es la soñadora atormentada que habitualmente nos pintan, sino que parece estar al borde del retraso mental -al principio- y el desequilibrio mental -al final-. Divinísimo, eso sí, el peinado a lo Tippi Hedren (la abuela de Estela del Carmen, para los que no se ubiquen) que le colocan en el último acto.


Los puntos que me gustaron de la producción: el final de la escena de la carta, el duelo/no duelo, la manera de incluir los cánticos populares y los cuplés de Triquet del primer acto (que normalmente son un pegote) y todo el acto final.

Sinceramente, recomiendo la visión en DVD de esta producción para apreciar los aspectos positivos, porque creo que teatralmente es interesante; pero en directo, y en el Real, no, a no ser, como ya he dicho, que el primer reparto pueda levantar la función.

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Eugenio Oneguin (Евгений Онегин, Yevgeni Onegin)
Tchaikovksi
Teatro Real de Madrid, 8 de septiembre de 2010
Vladislav Sulimsky, Ekaterina Scherbachenko, Andrew Goodwin, Oksana Volkova, Alexander Naumenko.
Dmitri Jurowski / Dmitri Tcherniakov





lunes, junio 21, 2010

La ciudad muerta




Una de las mayores satisfacciones que me da el mundillo de la ópera es poder hacérselo descubrir a otras personas. No lo hago por proselitismo, no pretendo que nadie se vuelva aficionado, sino por mostrar un arte que sigue soportando la carga de clasista y rancio. Por supuesto no para los que leen este blog, hay cientos de argumentos para rebatirlo, pero haz la prueba preguntando a amigos o compañeros de trabajo: en el 90% de los casos la ópera les es totalmente ajena. Les suenan el Nessun dorma o el brindis de La Traviata, pero no tienen ni idea ni de qué va el argumento, ni de quién es, o de qué época. De vez en cuando salta la chispa y reconocen algún fragmento... porque ha salido en un anuncio o una película. Es normal. Y si hablamos de personas de menos de 30 años ya olvídate: la ópera no entra en absoluto dentro de sus referencias musicales.

Por supuesto que muchos años de operamaníaco me han hecho saber discriminar a quién llevo a ver qué y dónde. No es lo mismo ver una representación del Barbero de Sevilla que una Walkiria ni el Centro Cultural de la Villa que el Liceo de Barcelona. Ni tiene nada que ver llevar a un ligue o a tu cuñada, claro. Aún recuerdo con pavor el día que llevé a mi tx a ver "Boulevard Solitude" al Liceu. Yo ya sabía de antemano que no le iba a gustar nada de nada.

Esta semana he tenido dos experiencias de estas iniciáticas: llevé a mi sobrina de 16 años a ver una Carmen de baratillo en un teatro de la Gran Vía y a un par de amigas al Teatro Real. De la Carmen ya comentaré porque la cosa tuvo sus peculiaridades. Las dos experiencias salieron muy satisfactorias.

Y en el Real fue LA CIUDAD MUERTA, Die tote Stadt, de Erich Wolfgang Korngold.

Imagino que ya habré comentado por aquí que es una de mis óperas fetiche. La culpa la tuvo un conjunto de cuerda llamado "I Salonisti" que es así como bastante hortera. A principios de los 90 estaba yo descubriendo la ópera cuando me acerqué al estante de discos de clásica del Alcampo de La Vaguada. Vamos, menos nivel no se me puede pedir. Acababa de agenciarme un reproductor de compact discs y dados los precios de la época, sólo compraba música clásica en digital, el pop lo dejaba para los vinilos (que hace 20 años un cd de novedad salía por 3000 pesetas -de las antiguas y de las de ahora-, casi 20 euros, y luego se quejan las discográficas). Los precios de la música clásica eran aún más escandalosos, y de la ópera ya no te cuento. Así que yo me dedicaba a hurgar entre los cajones de rebajas.

Y allí encontré por dos duros el disco INTERMEZZO de I Salonisti (clic): eran versiones instrumentales para quinteto de cuerda (cuarteto + piano, creo recordar) de piezas operísticas: una fantasía de Turandot, el Voi che sapete de Las Bodas de Fígaro, un popurrí de opereta, otro de La Favorita, el intermedio de Cavalleria... Todo muy "de salón", muy ligero, pero muy agradable.

Y entre los títulos, estaba la "Tanzlied des Pierrot" de Die tote Stadt de Korngold.
¿Eiiinnns? ¿Qué era eso? Es que ni me sonaba el autor, ni la ópera, ni na de na.
Pero el ritmo de vals decadente de esta canción del Pierrot me encantó. Y empecé a investigar sobre esta ópera. Leí la biografía de Korngold, cómo compuso esta ópera con apenas 20 años, su escapada de la Almenia nazi a Estados Unidos, su carrera en Hollywood... y me entró curiosidad.



En una visita a la maravillosa planta sótano de la tienda Madrid Rock (ahora el Bershka de Gran Vía, para los aficionados a comprar ropa de talla XXS) encontré una grabación de la ópera entera y la compré. Estaba yo como más contento que unas castañuelas. Y poco me duró la alegría: nada más empezar, toda esa instrumentación tan complicada, esas voces que iban por un lado mientras la música iba por otro, ese batiburrillo me decepcionó no aguanté ni diez minutos. Eso no se parecía en nada a la canción del Pierrot que yo había escuchado. Era una música muy difícil para un primerizo como yo.

El siguiente intento fue intentar seguir el libreto y comprender bien el argumento, del que sólo tenía una sinopsis en inglés. Creo que fue peor. Me volví loco porque no me enteraba de nada, que si lo del sueño, que si una procesión, que si el amigo, que a cuento de qué aparece la troupe. Vamos, desesperadico estaba. Sin embargo, avancé musicalmente hasta el dúo del primer acto, el famoso Lied de Marietta.

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Y ahí fue donde la música de Korngold me volvió a envolver: qué maravilla.

Las siguientes escuchas (espaciadas mucho en el tiempo, no te vayas a creer, que uno tampoco es tan obsesivo) fueron metiéndome más en el argumento y en la música, y finalmente Die tote Stadt acabó convirtiéndose en una de mis óperas más queridas. Veinte años después me sigo emocionando con las partes más líricas y entusiasmando cuando la orquesta explota y se desata.

Y allí que me fui ayer domingo con mi señor tx y un par de amigas. Otra de las ventajas de haber llevado un blog (y medio llevado éste) es que he conocido a personas muy interesantes, con las que no hace falta estar en contacto continuo, aunque nos veamos un par de veces al año sabemos que existimos y tenemos ciertas inquietudes en común, ya sean culturales con unos o salir de copas con otros. El título me pareció perfecto para las geniales Ros y Punto y La Mujer Tirita como primerizas conejitas Playboy de indias; y además la producción, ya vista en Barcelona, creo que es fantástica.

Empezamos con un poquito de mal pie, nunca mejor dicho, porque llevábamos al tx en sillita de ruedas por un percance que tuvo hace un mes que le obliga a tener la pierna en alto. Un numerito, vamos. Afortunadamente teníamos palco con lo que teníamos espacio para maniobrar. Pero lo hicimos mal, porque pensando en la comodidad de Mr. Tx, lo pusimos a él delante conmigo y dejamos a las chicas detrás. Meeeec. Error. En los palcos de la tercera planta no se ve nada en la segunda fila. Y nada es nada. Y tx, aún delante, recostado en la silla de ruedas veía menos aún. Vamos, que el único que veía bien era yo. Qué desastre.

Y encima la primera parte era de hora y media porque juntaban los dos primeros actos. Y es una ópera en la que no hay números cerrados, con lo que no hay aplausos y no se puede uno movilizar. Situaciones desesperadas necesitan medidas desesperadas, Mrs Lovett, que diría Sweeney Todd. Esperé hasta el lied de Marietta. Hice un amago de aplauso a ver si el público me seguía pero nada, no hubo nada que hacer, me quedé en solitario con algún otro caso aislado de más abajo. ¡Rayos! Pues se acabó. Nos movimos todos. Intentamos causar el mínimo ruido (y creo que fuimos bastante discretos) y en un minuto nos habíamos cambiado los cuatro de sitio, moviendo cuatro sillas y una de ruedas. ¡Éxito! Las chicas se pudieron incorporar para ver bien (porque en los palcos de arriba, si te apoyas, ya lo ves todo) y nosotros medio medio, pero otra cosa no se podía hacer. Y además perfecto, porque justo se pusieron delante cuando empiezan los cambios de decorados a partir de la escena del sueño.

Cuando acabó el primer acto estaban encantadas. Visita a todo correr por el teatro, porque sólo había un entreacto y hubo que hacer todo el deambulatorio del segundo piso, salir a la terraza y subir a la cafetería de arriba en 20 minutos empujando la sillita. Saludos varios (Hola Alf, Hola Joaquim & Co, qué rabia sólo hablar 30 segundos) y de vuelta al palco.

La tarde resultó un éxito. ¡Y ya me han pedido que les recomiende qué ver la temporada que viene!

Sobre la representación ya hablaré, que el miércoles voy ya a mi turno de abono en mi butaquita de arriba en Paraíso.


miércoles, mayo 26, 2010

La coronación de Popea


En serio, jamás creí que un Monteverdi me llegara a impresionar hasta los niveles de la función del sábado pasado en el Teatro Real.

Pero es que cuando la altura de los intérpretes es tan sobresaliente uno llega a abandonarse a la música y las tres horas y media de representación se pasan volando.

Tendría muchas cosas que contar asuntos personales me tienen sin tiempo ni ganas de escribir, así que sólo puedo soltar una cosa

VAYA PAR DE CONTRATENORES. Jaroussky y Cencic, sensacionales.





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Claudio Monteverdi
L'incoronazione di Poppea
Danielle de Niese, Philippe Jaorussky, Max Emanuel Cencic, Anna Bonitatibus, Antonio Abete
Les Arts Florissants, William Christie, Pier Luigi Pizzi.
Madrid, Teatro Real, sábado 22 de mayo de 2010

miércoles, mayo 05, 2010

Simionato

Ha muerto la Simionato.

Amneris, Azuzena... Santuzza


viernes, abril 30, 2010

Sopor de Puritanos


Una mala noche la tiene cualquiera.
Lo de I Puritani anoche en Madrid fue de dormirse.

Vale que parto de la base de que es una ópera que a mí ni fu ni fa. Tiene tres momentos fantásticos pero el resto me suena todo igual. Del argumento ni hablamos porque es tan inane y tan dramáticamente ineficaz que da igual lo que pase. A Los Puritanos se va a escuchar y disfrutar belcanto.

Pero no. Juan Diego Flórez no tuvo su noche. El estilo, el fraseo, la interpretación, la intención estaban allí, pero la voz no. Eglise Gutiérrez tiene un timbre de esos velados y mates que sólo brillan en el forte, aparte de que agilidades, las justitas. Yo considero que los agudos no son lo más importante de esta ópera, pero están ahí. Y todos los de la pareja protagonista fueron escasos y apurados.


Mucho mejor los secundarios, en especial Nicola Uliveri como Giorgio.

La orquesta, lenta y un-da-da, muy como siguiendo a los cantantes, para luego meter de golpe un volumen que los tapaba completamente. El coro, siempre en forte.

Da rabia decirlo, pero me aburrí muchísimo. Espero que los que vayan el domingo tengan mejor suerte. Ah, ni caso a las indicaciones de tiempo del programa. Son tres horas, salimos pasadas las once.


I Puritani, de Bellini
Teatro Real de Madrid
Jueves, 29 de abril de 2010
Juan Diego Flórez, Eglise Gutiérrez, Fabio Maria Capitanucci, Nicola Uliveri, Roberto Tagliavini, Gabriella Collecchia, Mikeldi Atxalandabaso. Miquel Ortega

miércoles, abril 21, 2010

Salomé. Nivelazo


Nivelazo total en la Salomé del Teatro Real de Madrid.


Primero, y la más importante, una Nina Stemme fantástica. Con una voz poderosísima, bella, timbrada, demasiado opulenta arriba quizás pero a la vez con capacidad para bajar sin ninguna dificultad y oyéndosela perfectamente. Además, con una dicción perfectamente inteligible (para los que sepan alemán, claro). Una barbaridad de señora, un gustazo.


Luego están la pareja de padres, excelentes Doris Soffel (qué partido le saca al papel de Herodías la condenada) y Gerhard Siegel, un Herodes estremecedor.


Y la orquesta ha estado a gusto, matizando, sugiriendo y, finalmente, impactando.

La puesta en escena es de las ideales para que los más tradicionalistas se lleven las manos a la cabeza y a los más progrescénicos les den palpitaciones orgásmicas: está ambientada en la cámara acorazada de un casino de Las Vegas.


Carsen quiere reflejar un ambiente en el que se han perdido los valores y la traslación espaciotemporal es válida. Lo que ya no se sabe mucho es que pinta el Jochanaan por ahí (y ya que viene del desierto, podría haber sido el de Nevada, y no el típico africano).

En la danza de los siete velos Salomé se disfraza de su madre y hace una parodia de cómo se comporta con los hombres. Y en vez de desprenderse de los siete velos, siete hombres se desnudan ante ella.


¿Escandalosa la producción? ¿Porque salgan cuatro tetas y unos desnudos masculinos? No. Si escandaliza es porque estos desnudos no son de los cachas de turno, sino de siete hombres entre los que había jóvenes, viejos, gordos, delgados... es decir, gente real, no modelos. Y, oh, se les veía la polla. Pues mucho más natural, que lo que me parece ridículo es el típico figurante musculoso que va desnudo pero al final le ponen un pudoroso tanga.


La verdad es que yo al final pasé bastante de la puesta en escena y me centré en la música y la Stemme. Y disfruté mucho.

No me gustaron: el Jochanaan, con momentos en los que no se le oía nada (y sin estar la orquesta especialmente fanfarriosa) y el Narraboth.

Y curiosidad. Si pones en Google "Salomé Teatro Real"... ¿qué es lo que te saleeeeee?


Desde que llegaste a no vivo llorando (silencio - heh)

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Salomé de Richard Strauss
Teatro Real de Madrid
Martes, 20 de abril de 2010
Nina Stemme, Doris Soffel, Gerhard Siegel, Wolfgang Koch.
Jesús López Cobos / Robert Carsen

Mira

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