jueves, marzo 08, 2007

Boulevard Solitude

Boulevard Solitude, de Henze, en el Teatro del Liceo de Barcelona. Viernes 2 de marzo de 2007. Estreno.


Amos a ve. Que se trataba de una ópera rarita ya lo sabía. ¿Se debe seguir llamando ópera contemporánea a obras estrenadas hace más de 50 años? Pues más o menos sí, ¿no?

El argumento, siguiendo el homenaje que esta temporada le hace el Liceu a la novela de Prévost, es el de Manon Lescaut, que nos sabemos todos ya de memoria y no sufre muchas variaciones aunque se traslade del siglo XVIII a mediados del XX.

La música de Henze (primerizo por aquellos tiempos, 1953) mezcla la atonalidad y el dodecafonismo con música tonal y elementos prestados del jazz. La ópera se compone de siete escenas divididas por interludios orquestales.

A mí no me pareció demasiado allá. Había momentos muy interesantes, pero duraban tan poco que se perdían en la monotonía musical reinante. Aburridita. Lo mejor, la parte de la soprano y los breves interludios.

A los que no estén acostumbrados a la música atonal les parecerá un coñazo insoportable. A los que sí, una obra algo menor. No es ninguna genialidad. Tiene sus puntos, pero la cosa no da para mucho.

Por eso hay que adornarla con una escenografía espectacular: la base es una estación llena de gente yendo y viniendo, que se transforma en los distintos escenarios con muy pocas modificaciones: unos cuadros, el juego de luces, movimiento breve de los elementos escénicos... una pasada. Lo mejor.

Bueno, lo mejor no, que lo mejor fue Laura Aikin en el papel de Manon. Qué voz más bonita y carnosa y qué facilidad para subir. Estupenda. Por detrás de ella, el resto. Como la música es tan así, uno no sabe si llegan apurados o dan la nota de verdad: tanto tenor como barítono las pasaron un poco putas. El que hizo del viejo Lilaque, buena voz y proyección estupenda.


La orquesta... puesss.... tinoninonino chin chin chin... plinkkkk. La percusionista del triángulo trabajó como una descosida.

Como detalle sentimentaloide, en la sala estaba Henze, viejecito viejecito, que recibió el aplauso de todo el teatro y los besos de la exuberante Aikin.

Yo me lo tomé con un experimento y procuré disfrutarlo. Mi señor tx salió echando pestes del teatro (una y no más, me dijo) diciendo que ya entendía por qué no ponían intermedio: para que la gente no se fuera. Tampoco es para tanto. Por lo menos, le enseñé el Liceo: sala, espejos y cubierta Fiesta (el foyer), que no lo conocía.
.

Mira

Blog Widget by LinkWithin