¡Por fin una ópera del siglo XXI que no es un chiiiiiu chiiiiiu pum pum pum pum!
Y es que con la música contemporánea tenemos un problema: si sigue una línea medianamente tonal es clasificada de facilona y arcaica por los entendidos, y si es un conjunto de notas aisladas desagradables con percusión (mucha percusión, siempre) somos los ignorantes espectadores pequeñoburgueses los que no la soportamos.
Dead Man Walking, de Jake Heggie, bebe de la música popular norteamericana y se mueve entro lo clásico y lo "contemporáneo". Eso sí, no esperes una melodía. No la hay. O yo, inculto asistente, no la puedo pillar. Sin embargo sí que disfruté de una música descriptiva, contundente y acorde al libreto. Es una ópera bien construida, amable al oído y con mucha tensión dramática.
Si algún pero le tengo que poner es que es una música que tiende al estruendo, todo suena fuerte y los cantantes están gritando casi todo el tiempo.
El argumento va de una monja que ofrece apoyo espiritual a un condenado a muerte. Plantea los temas de la utilidad de la pena de muerte, la sed de venganza, el dilema de ayudar a alguien que ha cometido un acto atroz, el perdón y la redención.
Tanto musical como dramáticamente funciona mejor el primer acto, el que introduce la historia, con escenas demoledoras de gran eficacia, que el desenlace del segundo, que se mueve en la reiteración... hasta que llega el implacable final, efectista y efectivo.
El plantel de cantantes es estupendo. Joyce DiDonato está cómoda en una tesitura que no le hace bajar mucho y brilla arriba (ay ese vibrato caprinillo), y resulta totalmente creíble en interpretación.
Michael Mayes se mueve también a buen nivel vocal pero me quedo más con la interpretación, con el acento, la pronunciación, la composición del personaje.
Maria Zifchak fue una madre absolutamente conmovedora en su escena, y vocalmente excelente. Junto a la DiDonato, los mayores aplausos de la velada.
Y Measha Brueggergosman le puso tooooodo el acento sureño a su hermana Rose. Muy bien.
Perfectamente adecuados los secundarios, con mención especial para Damián del Castillo y Toni Marsol. Realmente un reparto compacto y competente a todos los niveles, incluyendo coro infantil y de adultos. La orquesta, contundente.
La producción, muy al estilo "musical", con plataformas y elementos móviles que van formando las distintas escenas y un gran trabajo de iluminación.
Fui con mucha prevención al teatro y salí encantado. Es un espectáculo de muy buen nivel. Vamos, que después del aburrimiento de la última Bohème y del pichís pichás de la Carmen, reconciliación con la temporada del Real.
Joyce Di Donato, Michael Mayes, Maria Zifchak, Measha Brueggergosman, Damián del Castillo, Roger Padullés, Toni Marsol, María Hinojosa, Vicenç Esteve, Marta de Castro, Enric Maríntez-Castigani, Celia Acedo, Marifé Nogales, Tomeu Bibiloni, Pablo García-López, Álvaro Martín
Mark Wigglesworth, Leonardo Foglia
Madrid, Teatro Real, lunes 29 de enero de 2018.
Maruxa, de Amadeo Vives, en el Teatro de la Zarzuela de Madrid.
No es una zarzuela al uso ya que se eliminaron las partes habladas, el propio compositor la consideró una "égloga" musical, una composición de asunto amoroso en un ambiente pastoril gallego.
La música se inspira en temas populares de Galicia y, vamos a soltar la coletilla, sí, "tiene momentos de gran inspiración" (agh, odio decir eso, pero es verdad, leche), especialmente en las partes instrumentales, aunque yo valoraría también la habilidad de Vives para crear ambiente en las escenas de diálogos: la escena de la carta, el concertante del final del primer acto o el dúo entre Rosa y Rufo son geniales (y claros precursores de los que aparecen luego en la obra maestra de Vives, Doña Francisquita).
Sí, la música es "de altura" pero el argumento es muy simplón: Los alegres pastorcillos Maruxa y Pablo se aman, pero sus amoríos son amenazados por los señoritos dueños de las tierras, Rosa y Antonio, quienes se han encaprichado de ellos. Afortunadamente el capataz de la finca, Rufo, está ahí para poner orden y las cosas acontezcan "como debe ser".
Este argumento, que de por sí es sencillo pero válido, se ve lastrado por un libreto con frases de una cursilería que provocan vergüenza ajena. Prados, campesinos cantando a su tierra, dúos de amor empalagosos, ovejitas cariñosas que se pierden correteando por el prado... un espanto.
Ahí viene la dificultad de poner en escena esta zarzuela: se puede caer en una bochornosa tarjeta postal de imágenes tópicas de la tierra. Pero Maruxa es mucho más que Teretetere Teretetere y Tirorí Tirorí gallegos.
Y aquí el director de escena Paco Azorín le ha dado media vuelta a la obra. Digo media, porque la historia principal sigue ahí, intacta, pero ha añadido un componente de denuncia social / medioambiental: Los poderosos intentan aprovecharse de los humildes y los coloca como propietarios de una naviera que provocó en 1976 un vertido de petróleo que causó un terrible desastre ecológico (y que yo, lo siento, era un crío en esa fecha, desconocía). Azorín identifica a Maruxa con la propia Galicia, auténtica, pura Naturaleza, pero amenazada siempre por la mano del hombre. Ha sido la tragedia del Urquiola, pero también habría podido ser el Prestige o los incendios forestales. Galicia está representada por una bailarina que sufre los efectos de las acciones de los demás y el inicio de cada acto está acompañado por unas líneas de Rosalía de Castro (prescindibles, pero adornan).
Esto ha provocado controversia. ¿Es esta la Maruxa de Vives? Evidentemente los que esperaban gaiteros, pandereteiras, prados, cruceiros y muñeiras se han llevado las manos a la cabeza al ver a la gente del pueblo con monos blancos enfangados hasta los hombros recogiendo chapapote. Pero la crítica social, el conflicto de clases, ya estaba en el libreto de 1914, tampoco es que se haya desvirtuado la historia.
Además hay un trabajo de actores estupendo. El único personaje que está bien definido en la zarzuela es la pérfida señorita Rosa (también precursora de la futura Beltrana) y un poco el capataz Rufo. El señorito es casi mero comparsa y la pareja protagonista de pastorcillos son lo más pasmado que se puede poner sobre un escenario. Qué pavos, por favor. Azorín trabaja los personajes, le da vida a Maruxa, que deja de ser una tonta cursi, hace que Pablo se rebele y llegue a llevar la iniciativa en su escena (fantástica, de verdad) con la señorita Rosa y saca de su envaramiento al capataz Rufo. Excelente. El decorado es austero pero efectivo: una gran mesa de reuniones representa el mundo de los pudientes, que se eleva sobre el pueblo llano. El interludio de la tormenta, convertido en el drama de Galicia, impresiona. Ahora, si quieres ver ovejitas correteando lógico que te enfade todo esto.
Puede gustar o no, pero al menos tiene coherencia dramática, trabajo teatral y logra mantener el interés. Al terminal la escena del coro y al final de la obra algunos espectadores abuchearon y gritaron enfadados. Los aplausos fueron clara mayoría.
Entrando en la valoración musical (que ya está bien, pero es que el protagonismo, una vez más, se lo ha llevado la escena) fui a función del segundo elenco. Muy apropiada y segura la Maruxa de Susana Cordón, con mucha garra, no le ofrece el papel ninguna dificultad, y sorprendente el Pablo de Borja Quiza, con algunas pequeñas imprecisiones pero una potente voz de barítono que si la trabaja bien puede ofrecernos mucho en el futuro. Ole por él. Svetla Krasteva lució agudos superlimpios, fiato e intención auqnue se queda un puntito baja de volumen. Jorge Rodríguez-Norton cumplió como el señorito Antonio, voz joven ligera que evolucionará. Simón Orfila se lo pasó pipa cantando el Rufo, un papel que le viene que ni pintado a su voz de bajobarítono (¿o barítonobajo), divertido y autoritario. Como suelen decir los cursis, un lujazo para el papel. Estupendos, muy bien, en serio, Julia Arellano y Carles Pachón en los breves papeles secundarios. La bailarina María Cabeza de Vaca hizo un trabajo muy intenso como Galicia.
El coro estuvo oculto en el primer acto y casi ni se le oyó, así que hubo que esperar al segundo para que se luciera en su gran escena. Muy bien.
La orquesta, a cargo de José Miguel Pérez-Sierra, muy adecuada en las partes instrumentales aunque me sonó un poco pachín-pachín en los concertantes. De menos a más, hizo un segundo acto muy contundente.
Maruxa está en cartel dos semanas más, hasta el día 11. Merece la pena ir.
Por cierto, una reflexión: estoy a punto de cumplir 51 años y mi novio 49, es decir, somos ya dos señores. En la función de ayer domingo, salvo casos contados con los dedos de una mano, nos sentíamos no ya jóvenes, sino críos. La inmensa mayoría del público asistente era mayor, muy mayor. Pero infinitamente más que lo que veo en el Real cuando voy a la ópera. Cada vez que hacen una entrevista a un director de teatro de zarzuela siempre dicen que hay que acercar la zarzuela a nuevas generaciones, siempre. Pues mira, no lo consiguen. ¿Hay publicidad al margen de los medios habituales? ¿Hay promoción? ¿Hay retransmisiones televisadas o grabaciones? La zarzuela está muy desprestigiada por culpa de una generación ideológica que la consideraba algo rancio y herencia franquista (ya ves tú, Maruxa es de 1914). Ayer, cuando salimos y comentamos entre amigos lo bien que lo habíamos pasado, nos miraban como bichos raros. Dentro de unos años ese público mayoritario ya no podrá ir al teatro y seremos nosotros los que ocuparemos su lugar pero...¿y el resto?
Momentos: Abrigos de pieles a tutiplén en la entrada del teatro y señoras muy señoras asfixiadas de calor que los habían llevado porque "ayer hacía mucho frío". Otra detrás nuestro, al terminar el primer acto: "Pues yo no me he enterado de nada". Maruxa no es una obra de las requetefamosas, aunque sí es conocida gracias a la película de Juan de Orduña que se grabó para televisión, pero no tiene casi "momentos Gremlins" (esos en los que todo el público corea las canciones mientras mueve la cabeza)... salvo uno, el "Gon-golondrón" y... Yesssssss, el señor de detrás y el de mi lado se pusieron a tararear. No sé, sin esas cosas la zarzuela no sería lo que es, ¿no?
Te dejo con el vídeo de la peli de 1969 con "la Mary Francis" (aka Paca Gabaldón) de malísima señorita y María José Alfonso de pastorcilla (estupendas voces de Josefina Cubeiro y Dolores Pérez, acompañadas por Sagi-Vela).
Cualquiera de las tres grabaciones completas en disco son muy recomendables: ésta de la película, la de Argenta con Toñy Rosado, Pilar Lorengar y Manuel Ausensi o la de García Asensio con Ana Riera, Montserrat Caballé y Vicente Sardinero.
Amadeo Vives
Maruxa
Susana Cordón, Svetla Krasteva, Borja Quiza, Simón Orfila, Jorge Rodríguez-Norton, Julia Arellano, Carles Pachón, María Cabeza de Vaca.
José Miguel Pérez-Sierra, Paco Azorín
Madrid, Teatro de la Zarzuela. Domingo, 28 de enero de 2018. 18 h.
Que una Bohème me emocione sólo en el último minuto (y, ¡oh spoiler! después de muerta Mimì) es chungo, muy chungo.
Pero es el problema de la ópera-maría (las llamadas óperas de repertorio, las famosísimas, las que casi todo el mundo conoce y los aficionados nos sabemos al dedillo). Tenemos tantas y tantas referencias de La Bohème que es casi imposible hacer abstracción, borrón y cuenta nueva cuando se asiste a una nueva función.
Pero bueno, yo no soy de los que va a la ópera a comparar, rabiar y sufrir, intento siempre disfrutar. Pero nada, con esta Bohème no ha habido manera.Y me da rabia gastar mi tiempo y mi espacio blogosférico en poner algo mal. Por eso no escribí sobre Butterfly ni Carmen.
Carmen resultó sosa, muy buena producción, buena dirección musical (atropellada, señor director, el preludio es un pasodoble, ¡un pasodoble! no una carrera militar) y unos cantantes que estaban alejados totalmente de estilo pero se les veía conocedores del rol y cumplieron. Ay esa Micaela que, aprovechando el poco volumen de sus compañeros, se convirtió en Brunilde... No salí contento pero tampoco defraudado.
Y la Butterfly contó con una pareja protagonista muy poco adecuada. Pero ahí la señora Jaho se implicó y se metió dentro del papel de tal manera que superó sus truquitos y limitaciones vocales, y arropada por una orquesta que se subía por las paredes, nos arrastró a todos dentro de la ópera de forma incontestable. Pasión, señores, que es Puccini.
Pero con Bohème no ha habido manera.
Partimos de la base de una dirección musical que se queda en aceptable, pero que si nos ponemos tiquismiquis la llamaríamos rutinaria. Y eso que lo que es sonar sonó bien.
Luego tenemos unos protagonistas vocales medianitos. Anita Hartig tiene un bonito timbre, frasea bien... pero la voz no acaba de ser redonda, se queda plana, no está cubierta en absoluto.
Stephen Costello no puede (ni debe) cantar Rodolfo. Punto. Y aquí sí que sería para ponerme a soltar improperios.
Joyce El-Khouri es una Musetta mona, actúa muy bien y... no se la oye. A su favor, las últimas frases que canta en el 4º acto las hizo estupendamente bien.
El único cantante del cuarteto principal con voz colocada, empaque y presencia fue Etienne Dupuis como Marcello. Muy, muy bien.
Mika Kares cumplió como Colline y Joan Martín-Royo pasó un poco de puntillas por Schaunard. Bien Zapata como Benoit. El coro, muy poco sutil (bien el de niños).
Con esto ni siquiera el poder de la música de Puccini ni la historia de amor y muerte pudieron levantar la función.
La producción es la nueva del Teatro Real en colaboración con Covent Gardeny la ópera de Chicago.
Es una producción clásica. La buhardilla es una buhardilla y la taberna una taberna, los habituales rasgavestiduras tienen que esperar al último acto para poner el grito en el cielo porque en vez de bailar se ponen a hacer pintarrajos en las paredes.
Eso sí, los decorados son muy esquemáticos, la buhardilla parece un stand de Ikea (o la casa de Pippi Langstrumpf) y la taberna es poco más que un bloque negro enmedio de la nada.
El segundo acto desentona con el resto por la profusión de detalles, atrezzo y vestuario, pero también es el acto más vistoso y jovial musicalmente hablando, así que no es criticable.
Lo que me descolocó fue la visibilidad claramente intencionada de operarios y tramoyistas moviendo los elementos de escenario, así como que se viera en los laterales la maquinaria o al coro esperando para salir a escena. Ignoro qué pretende con esto el director de escena, pero queda cutre.
Lo que sí está muy trabajado es el movimiento de cantantes y el trabajo teatral. Hay actuación y momentos conseguidísimos, como la salida de Musetta en el acto 3 o el juego de la llave. Muy bien.
Con todo esto, sólo me metí en la ópera cuando Musetta dice eso de "Madonna benedetta", que es a... ¿un minuto del final?
No, no me convenció nada.
Quizás el segundo reparto haga algo más.
Este domingo se emite en directo vía Facebook Live y seguro que otras plataformas. Probablemente suene mejor que en teatro.
Cosillas:
Ya no se puede acceder al salón de la 6ª planta a no ser que hayas reservado mesa para tomar algo de picotear en el descanso. Por una parte bien, por otra incómodo porque era un lugar estupendo para estirar las piernas. Ah, las mesas con las sillas de cocina y los manteles blancos lo hacen parecer una casa de comidas.
¿Por qué es tan absolutamente frustrante conectarse a la WiFi del Teatro Real?
La Bohème
Giacomo Puccini
Anita Hartig, Stephen Costello, Joyce El-Khoury, Etienne Dupuis, Mika Kares, Joan Martín-Royo, José Manuel Zapata, Roberto Accurso.
Paolo Carignani, Richard Jones
Teatro Real, Madrid, martes 19 de diciembre de 2017
El Cantor de México inaugura la temporada del Teatro de la Zarzuela de Madrid. Nosotros allá que nos plantamos el sábado, segundo día de función y estreno del segundo reparto.
Pongámonos en antecedentes: se trata de una opereta francesa de 1951, compuesta por Francis Lopez a mayor gloria de Luis Mariano. En su momento, tuvo sopotocientasmil representaciones y se llevó en 1956 al cine en una coproducción española (lo que ya no he logrado averiguar es si hubo versión española del film o si en España se estrenó con las canciones en francés, si hay algún enterado en la sala que me lo diga, gracias).
La obra, de argumento previsible e infumable, era un pretexto para el lucimiento de Luis Mariano, y está salpicada con melodías agradables, amables, más a estilo de revista o comedia musical que de opereta. Sin estrella rutilante de protagonista, la única manera de hacerla asequible a un público actual es contratar un buen director de escena, lo que hizo el Teatro Chatelet de París en 2006 con esta producción que ahora llega a Madrid. La traducción al español es de Enrique Viana y está bastante lograda, no chirría.
Y todos conocemos a Emilio Sagi. Sí, tiene sus "cositas", pero no se le puede negar el instinto teatral que lleva dentro. Consigue dinamizar una obra que sobre el papel sería una sucesión interminable de canciones con inteligentes movimientos escénicos y elementos de decorado vistosos pero no aparatosos. Hasta que llega el "momento Fallas" de apoteosis de cada una de los dos actos, que es un puro delirio kitsch que provocó aplausos en el público cuando apareció. Una horterada en toda regla pero, si provoca esa reacción, bienvenida sea.
El texto está modificado, al menos eso creo, que no conozco el original, porque la segunda mitad es bastante absurda (sí, se hace pesada) y hay algún añadido prescindible (los toques gay) pero la labor de Sagi es encomiable.
A falta de divo protagonista, la estrella y mayor reclamo es la actriz Rossy de Palma, en el papel de "diva intratable". Nada más verla aparecer me temí lo peor: Rossy de Palma haciendo "su" papel y eclipsando a todos. Pero no, afortunadamente no se hace cargante. Rossy tiene sus dos momentos de lucimiento y los aprovecha al máximo (y hay que saber hacerlo bien, porque cantar, lo que se dice cantar, no canta nada). Deslumbra cuando sale pero no acapara el protagonismo.
Y llegamos a los verdaderos protagonistas:
Emmanuel Faraldo es Vicente. Tenor que canta con gusto, con una facilidad tremenda para el agudo y maestría para cambiar de voz de pecho a falsete. ¿El problema? El volumen, escaso.
Sylvia Parejo es Cri-Cri. Una bonita voz con swing, más de musical que lírica. También le faltó caudal.
Toni Marsol es Bilou, un torrente de voz, sin problema alguno para abordar el papel, muy efectivo en su canción del día de los muertos.
Luis Álvarez, competente empresario Cartoni, tampoco falla.
Destacar como actriz a Ana Goya en el papel de la secretaria Cecile, impertinentemente graciosa.
Maribel Salas y Nagore Navarro lidian con los papeles de las mexicanitas (que tienen toda la pinta de haber sido escritos para esta producción).
La orquesta a cargo de Óliver Díaz suena empastada, melodiosa y en estilo, muy bailable. Quizás un poco lenta a veces, El coro se lo pasa en grande, y se nota.
En resumen un espectáculo muy disfrutable, teniendo en cuenta que lo que se va a ver no es estrictamente teatro lírico al uso. Una bocanada camp que deja con muy buen sabor de boca. Y al final acabamos coreando todos coreando la canción principal.
Hay más verdad en este Cantor de México que en cualquier prefabricado musical de franquicia con micrófonos de Gran Vía. Si puedes, ve a verlo (y es bastante más barato).
¡Nueva temporada, nuevo turno, nueva butaca, nuevos compañeros de abono, nuevo todo!
Ay, ¿echaré de menos a la señora que no saluda (superantipática)? ¿Y a la que se toma un vinito antes de la función (supersimpática)? ¿Y al chico de los ojos bonitos? ¿Y al señor que protesta todo todo todo y se empeña en que los demás nos demos cuenta? ¿Y a la parejita que se hace arrumacos haciendo que todos los de detrás vayamos balancenado la cabeza dependiendo de a qué lado les dé por inclinarse? ¿Con quién voy ahora a tener esas encendidas discusiones en los entreactos, si ahora no conozco a nadie? Repito: Ay, 20 años de abono, justitos, desde el otoño de 1997 con aquel programa doble de Falla. Dos décadas.
Ayer estaba de estreno total.
Y además, con Lucio Silla, de Mozart, de la que no paro de leer que es una obra maestra. Vamos a ver, si tenemos manga ancha con lo que es una obra maestra... pero seamos sensatos, llamarla así es excesivo.
Es una ópera de narrativa dramática muy estática, con un final de sopetón ¿Tres horas y pico de desarrollo para que nos despachen la ópera con un numerito final cortito y pim-pam-pum ya está? Sinceramente, que en el programa de mano el argumento ocupe tres páginas cuando se puede resumir en un párrafo es un exceso. La estructura musical recitativo-aria es hiperclásica. Le falta mesura ya desde la obertura (larguísima), los recitativos (eternos) y las arias da capo, que parece que no se acaban nunca y que sí, son de un virtuosismo ejemplar, pero tampoco es que sean de inspiración máxima. Está el estilo puramente mozartiano, indiscutible, y algunos destellos magistrales (la música que acompaña al recitativo de Giunia antes de acudir al Senado, sen-sa-cio-nal). Vamos, que es una obra notable, pero de ahí a considerarla obra maestra va un trecho.
Con su estatismo y duración (no ayuda nada que la primera parte sean dos horas seguidas) tenía todas las papeletas de convertirse en un auténtico ladrillo, pero mira tú, gracias a un inspiradísimo equipo artístico, la de anoche fue una de esas veladas operísticas de las que sale uno contento.
Empezamos con la orquesta, a cargo de Ivor Bolton, sentado también a uno de los dos claves. Muy bien, dándole el punto justo: ligereza pero a la vez vivacidad, y también intensidad cuando esas partes cuasi gluckianas (glups) la requieren, pero sin caer en un dramatismo fuera de estilo. Siempre lo he dicho: Mozart no es ni Händel ni Verdi, es fácil pasarse por defecto o por exceso.
El reparto vocal es memorable.
Kurt Streit se tuvo que enfrentar al clásico papel protagonista que ve cómo todos los demás se le comen el pastel de los aplausos, y es que su parte es la menos lucida. He leído que el tenor que estrenó la obra tuvo que ser sustituido por otro tirando a mediocre, y por ello Mozart tuvo que recortar y modificar mucho su parte. Streit cumple en lo vocal sobradamente, y ante lo secundario de su rol lo mejora con una interpretación pelín histriónica, pero muy creíble, del personaje, convertido en un hombre atormentado y lleno de dudas.
Patricia Petibon. Ay, yo la recuerdo de sus inicios de soubrette haciendo auténticas payasadas (muy divertida, eso sí). Con la edad la voz ha evolucionado naturalmente y tiene mayor peso, pero a veces ha abordado papeles que la sobrepasaban, como esa intensísima Alcina del Festival de Aix de hace dos años (impactante, no te la pierdas si puedes), donde hacía un gran trabajo pero los resultados distaban mucho de ser satisfactorios. Había leído cosas muy buenas de su última Manon, y estaba expectante.
Pues bien, la Petibon es una señora artistaza. El registro sigue siendo amplísimo y puede con las agilidades. Es cierto que la voz suena mate en alguna ocasión y que inclemente rol se lo hacen pasar mal, pero tela con la creación del personaje y el resultado global. En cada nota, en cada endiablado adorno hay vida, hay verdad. No hace falta soltar la metralleta de semifusas perfectas (a modo de algunas otras cantantes que conocemos bien). Su Giunia es modélica en lo expresivo, en la intensidad y en el buen hacer canoro. La triunfadora de la noche.
Silvia Tro Santafé es una todoterreno. Desde la primera nota su emisión limpia, incisiva, llega a todos los rincones del teatro. Sube, baja, se adentra sin miedo en la terrible coloratura y de vez en cuando nos pega uno de sus típicos pepinazos que se meten en la cabeza del personal. ¿Que el aria es difícil? Ahí se las den todas. Estupenda.
Inga Kalna también cumple como Cinna, con un timbre más pastoso y oscuro, pero resolviendo sin problema. Muy bien.
Sigo asombrado de lo brillante y limpio que conserva el timbre de su voz María José Moreno, desde aquellos inicios hace más de veinte años en "las óperas del Moreno" del teatro Calderón de Madrid. Por ella parece que no pasa el tiempo. El papel de Celia es muy curioso, tiene sus agilidades pero no se trata de la rapidísima cascada de coloratura habitual, sino mucho intervalo de notas y mucho matiz. No en vano es el rol más soñador e infantil de la obra. Sin problema para ella, estupenda.
Kenneth Tarver tiene el papel más pequeño de la obra, con algunos recitativos y un aria. Como todas, de las de apretarse los machos. Pues ahí el hombre nos dio una muestra de agilidad y de fiato para quitarse el sombrero. Muy bien también.
El coro fue el único elemento que vi un poco enfollonado, no sé si su caprichosa localización en escena influiría en mi apreciación (ahora escondido, ahora en los palcos de proscenio, ahora saliendo de las profundidades, ahora en la boca del escenario...).
En el apartado escénico, tenemos la puesta de Claus Guth. Bueno, este hombre se ha aprendido lo de la estructura arquitectónica en una plataforma giratoria que va creando distintos ambientes y de ahí no se baja. Ya se lo hemos visto en Parsifal y en Rodelinda, pero en estas dos había más trabajo dramático. También parece que le encargan sólo libretos que son en sí bastante plomo (¡wagnerianos a mí!) porque vamos, llevar a buen puerto Lucio Silla tiene su mérito.
Da igual que la estructura sea como una masa anodina y gris por un lado y con azulejos manchados por otro. ¿Qué es? ¿Un búnker, un psiquiátrico, una sala de despiece cárnico? No lo sabemos, y nos da igual. Podría habernos puesto unas columnitas, unas grecas y medio templo y nos hubiéramos quedado igual, pero entonces ah, claro, si no es feo no es dramático. En fin, pasando.
Lo que no me convence es la solución escénica a cada número. Leo que lo que pretende Guth es escenificar lo que pasa por la cabeza de los personajes. Y más le vale que sea así, porque tal como ocurría en la ópera de la época, el argumento avanza en los recitativos y las arias son de un estatismo desesperante. Sin embargo lo que yo veo es que cada aria tiene "su" ocurrencia escénica, centrada en un elemento. En una juega con fuego, en otra con sangre, otra con un puñal, con un velo, con unas sombras... llegando a una ya muy absurda de Cecilio con él y Cinna haciendo posturitas que no vienen nada a cuento. A mí me ha dado la impresión de que era su idea de hacer más ágil la ópera (junto al movimiento circular de la estructura, claro). En fin, que no está mal, pero no me convence.
Primera parte: dos horas. Descanso. Deserciones (sí, se notaron). Segunda parte: hora y cuarenta. Empieza a las siete y se sale aproximadamente a las once menos veinticinco. No creo que me ponga a escuchar en privado esta ópera, pero desde luego agradezco que me la hayan dado a conocer de esta manera tan estupenda. Salí muy contento y coloratureando yo solito por las calles.
Habrá que esperar a las próximas obras a ver si ficho ya a los compis de abono.
Wolfgang Amadeus Mozart
Lucio Silla
Kurt Streit, Patricia Petibon, Silvia Tro Santafé, Inga Kalna, María José Moreno, Kenneth Traver.
Ivor Bolton, Claus Guth.
Madrid, Teatro Real, jueves 21 de septiembre de 2017.
De las óperas del año pasado me he dejado en el tintero dos, Rodelinda y Madama Butterfly.
¿Por qué?
Pues porque me cuesta mucho escribir sobre funciones que me han decepcionado, no soy ningún crítico, me duele poner a parir a los artistas que, estoy convencido, realizan un trabajo con sus mejores intenciones y luego a mí no me ha gustado. Sí, a no ser que me sienta verdaderamente estafado, no me parece justo echar por tierra todo un proceso de creación en unas cuantas líneas que se leen online.
Pero también soy público, y he pagado por asistir a esas representaciones.
Y mira, Rodelinda me fascinó como concepto, por una puesta en escena genial (y espectacular), pero el reparto que me tocó distaba mucho de ser satisfactorio. La pareja protagonista se esforzaba, pero no me llegaba. Y ahora cómo voy yo, simple espectador, a empezar a ponerlos a caer de un burro. No.
Gracias a la labor orquestal y, repito, a una ingeniosísima puesta enfocada desde la visión del hijo de Rodelinda y Bertarido, disfruté mucho de un Händel de los tostoncete, la típica sucesión interminable de arias de las que sólo se queda en la memoria el Vivi, tiranno. Ah, sí, hay un dúo precioso. Pero mantuve el interés y, ya digo, me lo pasé en grande, pese al discreto reparto.
El vídeo ha estado colgado en Palco Digital y en alguna otra web de ópera. Merece la pena.
Por que con una obra de repertorio "ópera-maría" no hay piedad. La hemos visto y escuchado tantísimas veces que exigimos como mínimo un nivel alto-muy alto.
La producción ya la conocemos, tiene más de 15 años y aunque tiene sus hallazgos al final acabas pasando olímpicamente del rollo del rodaje cinematográfico y te centras en el drama de verdad. Para los que no la conocen, muy bien porque está estéticamente muy cuidada, pero los que la hemos visto hasta 4 veces ni nos fijamos en los elementos que distraen de la acción principal.
Aquí quien venció, una vez más, fue Puccini, porque su música acabó arrastrando y superando a todo lo demás: la orquesta se dejó llevar de una manera escandalosa, de matices nada, cada vez que el drama llegaba a una cota climática se desbordaba a lo bestia, provocando la emoción del público. Igual que la Cio Cio San, una soprano que en teoría no podía con el papel (registro medio/grave ausente, volumen limitado) pero que lució una entrega y un registro expresivo tales que nos puso el corazón en un puño. Del tenor mejor no hablar porque casi ni lo oí (no, no me tocó el del primer reparto, tan criticado por sus bocinazos, pero ojalá hubiera sido él el que cantó). Así pues, una Butterfly con elementos también muy discretitos pero que en su globalidad consiguió apasionar.
También está disponible por tiempo limitado el vídeo en diversas plataformas web.
Y ya está, la semana que viene comienza mi temporada en el Real, en otro turno, en otra butaca, con un Mozart de los que no conoce ni el Tato (bueno, las listillas de costumbre ya nos vendrán a decir que es una ópera esencial y obra maestra, etc). ¿Qué nos deparará?
Pues voy a darle un repasito a la temporada del Real 17 / 18.
Lo primero, este año, y después de 20... ¡dejo mi abono de turno B!
Oooooooooh, una pena, le había cogido cariño a una butaca que ya tenía hecha la forma de mis posaderas, pero las circunstancias son las que son y... me paso al turno A. ¿Echaré de menos a la maleducada que no saluda, al que protesta todo, a la que huele a vinito...? Seguro, pero me encontraré con nuevos compis de abono.
A lo que voy, veamos lo que nos ha preparado el Teatro Real de Madrid para 2017/2018.
La verdad, no la conozco y me temo un rollete mozartiano, ¿alguien que la viera en Barcelona puede avanzarme algo???? Kurt Streit, la Petibon, Silvia Tro y Pepi Moreno.
Sopotocientas funciones para la producción del enfant térrible de la ópera burgalés, Calixto Bieito, con muchos hallazgos (ese cuarto acto brutal) pero también ya muy vista. Tres repartos, a mí me toca el segundo, con Cármenes que me son totalmente desconocidas. Disfrutons y a ver qué tal la dirección musical.
Ayyy, lo de poner La Bohème por navidad... ¿no es ya un poco obvio? En fin. El Real se deshizo de su superproducción de toda la vida vendiéndola por ahí, y nos toca una nueva a cargo de Richard Jones. Dirige Carignani y tenemos dos repartos de nombres de esos que suenan algo pero que no he oído nunca en directo. Curiosidad: José Manuel Zapata de Benoit. No hay imágenes, no hay vídeo, se estrena este otoño en el Covent Garden.
A caballo entre la comedia musical, el jazz y la ópera, eso dicen. Curiosidad me provoca. Se representó semiescenificada en el Liceo hace unos años, con la misma dirección escénica. ¿Se parecerá en algo a esto?
Se recupera en parte la producción de la primera temporada del nuevo Real, de Hugo de Ana, que se decía que andaba troceada y desmembrada desde entonces. Reparto estelar con Monastyrska, Urmana y Kunde, que no me toca, sino el de Kim, Pirozzi y Semenchuk. Tambuén está Hanontounian que este año me gustó mucho como Desdemona. Debería circular algún vídeo de esta superproducción, se retransmitió por tv.
Ay Britten, ay, Britten, que siempre me pasa lo mismo contigo: me cuesta mucho meterme en las obras pero luego quedo atrapado. No tenía ni una sola referencia de esta ópera y me la puse en una de mis sesiones de "ópera + plancha". Me encantó. Claro que hacen falta unos cantantes de primerísima o se puede hacer un ladrillo. En el Real estará la Antonacci acompañada de gente que desconozco por completo. Dirige Bolton.
La ópera que promete ser la campanada de la temporada, de avanzado el siglo XX, argumento provocador y dirección escenica de Bieito. A esperar.
12. Lucia di Lammermoor, de Donizetti
Si ya teníamos el ABC de las óperas maría con Aida, Bohème y Carmen, completamos el poker con Lucia. Muchas ganas de verla. Se alternan Lisette Oropesa y Venera Gimadieva por un lado y Javier Camarena e Ismael Jordi por otro. La producción, de la ENO, es así rollo victoriano. Promete.
Versión en concierto, con Domingo de Athanaël y Ermonela Jaho de Thaïs. Ya lo dije en su día cuando la vi en Valencia (clic). En Thaïs hacen falta una soprano espectacular y un pedazo de barítono. Y... bueno, ya veremos. Si queda alguna entrada barata lo mismo me animo.
De todo, como en botica, la Kozena cantando música antigua, Ciofi/Lemieux con dúos de Rossini, Ute Lemper (a la Lemper hay que verla por lo menos una vez en la vida, una vez vista ya luego siempre es más de lo mismo, pero es única), Elías de Mendelssohn, Patrici Racette cantando musicales, Georghiu y Petean en dúos de ópera-maría y... ¡Kaufmann! (si no cancela, claro).
En fin, yo creo que es una temporada bastante completita e interesante. Por supuesto que hay carencias pero nunca llueve a gusto de todos, a mí me parece equilibrada entre repertorio típico y óperas que no se suelen representar.