viernes, septiembre 22, 2017

Lucio Silla de Mozart. Hombre, tanto como una obra maestra...



¡Nueva temporada, nuevo turno, nueva butaca, nuevos compañeros de abono, nuevo todo!
Ay, ¿echaré de menos a la señora que no saluda (superantipática)? ¿Y a la que se toma un vinito antes de la función (supersimpática)? ¿Y al chico de los ojos bonitos? ¿Y al señor que protesta todo todo todo y se empeña en que los demás nos demos cuenta?  ¿Y a la parejita que se hace arrumacos haciendo que todos los de detrás vayamos balancenado la cabeza dependiendo de a qué lado les dé por inclinarse? ¿Con quién voy ahora a tener esas encendidas discusiones en los entreactos, si ahora no conozco a nadie? Repito: Ay, 20 años de abono, justitos, desde el otoño de 1997 con aquel programa doble de Falla. Dos décadas.
Ayer estaba de estreno total.

Y además, con Lucio Silla, de Mozart, de la que no paro de leer que es una obra maestra. Vamos a ver, si tenemos manga ancha con lo que es una obra maestra... pero seamos sensatos, llamarla así es excesivo.


Es una ópera de narrativa dramática muy estática, con un final de sopetón ¿Tres horas y pico de desarrollo para que nos despachen la ópera con un numerito final cortito y pim-pam-pum ya está? Sinceramente, que en el programa de mano el argumento ocupe tres páginas cuando se puede resumir en un párrafo es un exceso. La estructura musical recitativo-aria es hiperclásica. Le falta mesura ya desde la obertura (larguísima), los recitativos (eternos) y las arias da capo, que parece que no se acaban nunca y que sí, son de un virtuosismo ejemplar, pero tampoco es que sean de inspiración máxima. Está el estilo puramente mozartiano, indiscutible, y algunos destellos magistrales (la música que acompaña al recitativo de Giunia antes de acudir al Senado, sen-sa-cio-nal). Vamos, que es una obra notable, pero de ahí a considerarla obra maestra va un trecho.

Con su estatismo y duración (no ayuda nada que la primera parte sean dos horas seguidas) tenía todas las papeletas de convertirse en un auténtico ladrillo, pero mira tú, gracias a un inspiradísimo equipo artístico, la de anoche fue una de esas veladas operísticas de las que sale uno contento.


Empezamos con la orquesta, a cargo de Ivor Bolton, sentado también a uno de los dos claves. Muy bien, dándole el punto justo: ligereza pero a la vez vivacidad, y también intensidad cuando esas partes cuasi gluckianas (glups) la requieren, pero sin caer en un dramatismo fuera de estilo. Siempre lo he dicho: Mozart no es ni Händel ni Verdi, es fácil pasarse por defecto o por exceso. 

El reparto vocal es memorable.

Kurt Streit se tuvo que enfrentar al clásico papel protagonista que ve cómo todos los demás se le comen el pastel de los aplausos, y es que su parte es la menos lucida. He leído que el tenor que estrenó la obra tuvo que ser sustituido por otro tirando a mediocre, y por ello Mozart tuvo que recortar y modificar mucho su parte. Streit cumple en lo vocal sobradamente, y ante lo secundario de su rol lo mejora con una interpretación pelín histriónica, pero muy creíble, del personaje, convertido en un hombre atormentado y lleno de dudas.

Patricia Petibon. Ay, yo la recuerdo de sus inicios de soubrette haciendo auténticas payasadas (muy divertida, eso sí). Con la edad la voz ha evolucionado naturalmente y tiene mayor peso, pero a veces ha abordado papeles que la sobrepasaban, como esa intensísima Alcina del Festival de Aix de hace dos años (impactante, no te la pierdas si puedes), donde hacía un gran trabajo pero los resultados distaban mucho de ser satisfactorios. Había leído cosas muy buenas de su última Manon, y estaba expectante. 

Pues bien, la Petibon es una señora artistaza. El registro sigue siendo amplísimo y puede con las agilidades. Es cierto que la voz suena mate en alguna ocasión y que inclemente rol se lo hacen pasar mal, pero tela con la creación del personaje y el resultado global. En cada nota, en cada endiablado adorno hay vida, hay verdad. No hace falta soltar la metralleta de semifusas perfectas (a modo de algunas otras cantantes que conocemos bien). Su Giunia es modélica en lo expresivo, en la intensidad y en el buen hacer canoro. La triunfadora de la noche.


Silvia Tro Santafé es una todoterreno. Desde la primera nota su emisión limpia, incisiva, llega a todos los rincones del teatro. Sube, baja, se adentra sin miedo en la terrible coloratura y de vez en cuando nos pega uno de sus típicos pepinazos que se meten en la cabeza del personal. ¿Que el aria es difícil? Ahí se las den todas. Estupenda.

Inga Kalna también cumple como Cinna, con un timbre más pastoso y oscuro, pero resolviendo sin problema. Muy bien.


Sigo asombrado de lo brillante y limpio que conserva el timbre de su voz María José Moreno, desde aquellos inicios hace más de veinte años en "las óperas del Moreno" del teatro Calderón de Madrid. Por ella parece que no pasa el tiempo. El papel de Celia es muy curioso, tiene sus agilidades pero no se trata de la rapidísima cascada de coloratura habitual, sino mucho intervalo de notas y mucho matiz. No en vano es el rol más soñador e infantil de la obra. Sin problema para ella, estupenda.

Kenneth Tarver tiene el papel más pequeño de la obra, con algunos recitativos y un aria. Como todas, de las de apretarse los machos. Pues ahí el hombre nos dio una muestra de agilidad y de fiato para quitarse el sombrero. Muy bien también.

El coro fue el único elemento que vi un poco enfollonado, no sé si su caprichosa localización en escena influiría en mi apreciación (ahora escondido, ahora en los palcos de proscenio, ahora saliendo de las profundidades, ahora en la boca del escenario...).


En el apartado escénico, tenemos la puesta de Claus Guth. Bueno, este hombre se ha aprendido lo de la estructura arquitectónica en una plataforma giratoria que va creando distintos ambientes y de ahí no se baja. Ya se lo hemos visto en Parsifal y en Rodelinda, pero en estas dos había más trabajo dramático. También parece que le encargan sólo libretos que son en sí bastante plomo (¡wagnerianos a mí!) porque vamos, llevar a buen puerto Lucio Silla tiene su mérito.

Da igual que la estructura sea como una masa anodina y gris por un lado y con azulejos manchados por otro. ¿Qué es? ¿Un búnker, un psiquiátrico, una sala de despiece cárnico? No lo sabemos, y nos da igual. Podría habernos puesto unas columnitas, unas grecas y medio templo y nos hubiéramos quedado igual, pero entonces ah, claro, si no es feo no es dramático. En fin, pasando.

Lo que no me convence es la solución escénica a cada número. Leo que lo que pretende Guth es escenificar lo que pasa por la cabeza de los personajes. Y más le vale que sea así, porque tal como ocurría en la ópera de la época, el argumento avanza en los recitativos y las arias son de un estatismo desesperante. Sin embargo lo que yo veo es que cada aria tiene "su" ocurrencia escénica, centrada en un elemento. En una juega con fuego, en otra con sangre, otra con un puñal, con un velo, con unas sombras... llegando a una ya muy absurda de Cecilio con él y Cinna haciendo posturitas que no vienen nada a cuento. A mí me ha dado la impresión de que era su idea de hacer más ágil la ópera (junto al movimiento circular de la estructura, claro). En fin, que no está mal, pero no me convence.


Primera parte: dos horas. Descanso. Deserciones (sí, se notaron). Segunda parte: hora y cuarenta. Empieza a las siete y se sale aproximadamente a las once menos veinticinco. No creo que me ponga a escuchar en privado esta ópera, pero desde luego agradezco que me la hayan dado a conocer de esta manera tan estupenda. Salí muy contento y coloratureando yo solito por las calles.

Habrá que esperar a las próximas obras a ver si ficho ya a los compis de abono.


Wolfgang Amadeus Mozart
Lucio Silla
Kurt Streit, Patricia Petibon, Silvia Tro Santafé, Inga Kalna, María José Moreno, Kenneth Traver.
Ivor Bolton, Claus Guth.
Madrid, Teatro Real, jueves 21 de septiembre de 2017.


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