viernes, enero 21, 2011

Ifigenia en Táuride


Qué gustazo que después de tanto siglo XX se nos programe una ópera tan clásica.
Ifigenia en Táuride es una maravilla para los oídos. Escuchándola se da uno cuenta de verdad de eso tan leído de que Gluck es el reformador de la Ópera y el puente entre el Barroco y el Clasicismo. Sin tener ningún fragmento.... llamémoslo "tarareable", la música se mete en la cabeza y va fluyendo con una facilidad pasmosa, haciéndote partícipe del drama. No es una ópera que me pondría en casa para escuchar, pero en teatro se disfruta mucho.

Y encima anoche función sobresaliente, porque todos los elementos estaban a muy alto nivel.
Ovación para orquesta y coro, en su punto, sabiendo lo que tocaban/cantaban y haciéndolo a la perfección.


La producción es muy Carsen: espacio vacío y figurantes componiendo ellos los elementos de escenografía. Algo ya visto en los Diálogos de Carmelitas y que también recordaba a la Kabanova. Nada novedoso pero muy efectivo y yo diría que magistral, porque sólo con espadas, tiza, agua y juegos de luz y sombras consigue explicar perfectamente el argumento, con momentos que ponen los pelos de punta.

Porque vamos a ver las dos maneras de ver el argumento de Ifigenia en Táuride:

1) Ifigenia es una sacerdotisa que debe sacrificar a los dioses a todo extranjero que llegue a la isla de Táuride. Allí llega Orestes, su hermano, aunque no se reconocen. Cuando está a punto de hacer el sacrificio, descubren que son hermanos y la intercesión de Diana les permite huir y volver juntos a Micenas.

Ésta es básicamente la idea que nos pusieron en el Teatro de la Zarzuela hace unos quince años, con Diana Montague acojonada cantando encima de una torre de unos cuatro metros de altura en una producción muy estrambótica de beni Montresor para el Colón de Buenos Aires. El final con la diosa Diana en plan Estatua de la Libertad/Norma Duval con profusión de neones y chiribitas fue de traca.



y 2) Agamenón ha ofrecido en sacrificio a su hija Ifigenia para calmar a los dioses. A la vuelta a casa tras la guerra de Troya, es asesinado por su mujer Clitemnestra (de verduras) y su amante. Su otra hija, con un complejo de Electra que te cagas -cómo se llamaba... cómo se llamaba...-, clama venganza y hace que su hermano Orestes vengue a su padre, matando a madre y amante. Electra se vuelve loca y Orestes acaba atormentado y perseguido por las furias por parricida. Acaba como quien no quiere la cosa en Táuride, donde Ifigenia está de suma sacerdotisa porque Artemisa/Diana la salvó en última instancia pero nadie se había enterado. Ifigenia debe sacrificar a todo extranjero que aparezca por allí y claro, le toca cargarse a su hermano.

Esto es lo que nos cuenta Carsen: un dramón de padre y muy señor mío con una familia en la que los que no se han matado entre ellos están o locos o creyendo que los demás están muertos. El final feliz de la ópera no es tan happy ending como parece: los dioses lo arreglan todo y hala, a volver a Grecia tan panchos pero, ¿en qué estado y a qué precio? El momento final de la obra es sobrecogedor.


Pero claro, por mucha puesta en escena no hay ópera que funcione sin unos intérpretes de nivel. Y ayer estuvieron todos de miedo.

Maite Alberola (la Katiuska alienada) estuvo deliciosa de diosa Diana. Y además cantando desde fuera del escenario con un efecto sonoro muy llamativo.

Paul Groves salvó Pílades pese a algún problema de emisión. Totalmente dentro de estilo, se marcó un final de tercer acto impresionante.


Plácido Domingo, el día de su 70º cumpleaños, que se dice pronto, estuvo estupendo. Vale que no es un papel para tenor y que su estilo de canto no va para nada con el clasicismo, pero joder, para quitarse el sombrero. Y esta vez más porque normalmente Domingo adapta los papeles a su propio estilo de canto (véase el Tamerlano de Händel, donde Bajazet se moría de una manera la mar de verdiana) pero esta vez se ha adaptado él al papel. Y además sin chupar cámara ni robar protagonismo.


Porque la prota la prota la prota es Susan Graham.
Qué maravilla de señora.
Y mira que yo sólo la había escuchado en algún barroco y en el disco de canciones francesas y me esperaba a la típica mezzo de bonito timbre y mucho gusto pero poca voz. ¡Para nada!
Voz homogénea, con proyección, con técnica, bella, expresiva... vamos, todo.
y le daba igual cantar atrás del todo, contra la pared o en la boca del teatro, sin ningún problema para oírsela.
Supo transmitir perfectamente el patetismo de su personaje, sus dudas, sus anhelos. Brava.

Hacía tiempo que no veía lanzar flores al escenario. Vale, ya estaban previstas, pero esta vez, con toda la razón.

Que muy bien, que salí con la satisfacción de haber presenciado un peazo espectáculo.


Ah, obsérvese el quintocoñismo de la posición de mi butaca, y eso que es en la parte baja del Paraíso :-)


Gluck.
Iphigénie en Tauride.
Teatro Real de Madrid, jueves 20 de enero de 2011
Susan Graham, Plácido Domingo, Paul Groves, Maite Alberola, Franck Ferrari
Thomas Hengelbrock, Robert Carsen

lunes, enero 17, 2011

El niño judío


Iba con muchas ganas a este niño judío del que tan bien había oído hablar cuando se programó en el año 2001. Y ay, chico, qué quieres que te diga. Vale que la música es de alto nivel y que la producción está cuidadísima, pero me ha parecido un tostoncete de no te menees.



Don Jenaro no quiere que su hija Concha se case con Samuel porque es judío, pero cuando descubre que en realidad es hijo de un rico comerciante judío de Siria, lo dejan todo y se embarcan los tres a la búsqueda del padre del chico. En Alepo descubren que el padre es un rajá de la India, y allá que se van, corriendo aventuras y peligros. Allí descubrirán finalmente el origen de Samuel, el niño judío.




No es que el texto se haya quedado anticuado o que el argumento sea absurdo, que a eso está ya uno acostumbrado, es que lo pretendidamente humorístico de la obra no me hacía ni pizca de gracia. Todo estaba salpicado de chistes y gracietas que encontré supertrasnochados. Y encima es una zarzuela en la que se habla mucho, muchísimo. De hecho, el primer cuadro no tiene más música que la del preludio. Vamos, que es una obra que para mí no hay por donde cogerla.

Pero claro, con ese libreto que se presta a todo tipo de delirios orientales, le pones una producción muy vistosa sin ser ostentosa ni escandalosamente espectacular y la adornas con un buen cuerpo de baile y voilà, queda una función la mar de llamativa.


La música es la mar de inspirada. Luna tenía una gran capacidad de crear melodías (la canción de Manacor es modélica en este aspecto). Siguió la moda de la época de ambientes exóticos pero dando toques españoles. Vamos, que tanto a la danza de las esclavas de Alepo como la de las sacerdotisas de la India les pones una castañuela y un taconeado y tranquilamente pasan por typical spanish.

Para esta representación se ha sustituido la trova de la esclava Rebeca por la danza del fuego de Benamor, otra zarzuela de Pablo Luna, un fragmento precioso, con la salvedad de que una señora que tenía dos filas más atrás creía que estaba en Madama Butterfly y se empeñó en canturrearlo como en el coro a boca cerrada.

La perla de El Niño Judío es la canción española. Conocidísima, maravillosa y justificadísima su fama. Y esta vez no fue señora cantando, sino una auténtica sinfonía de toses. Hombre, yo ya sé que la edad media de las personas que vamos a la zarzuela es de elevada a muy elevada y que en invierno se corren estos riesgos, pero joder, que ayer el teatro parecía un concurso de bronquíticos.



Por otra parte, como aparte de la canción española no hay fragmentos requeteconocidos, los Gremlins habituales no cantaron al ritmo de la música (además con los sobretítulos proyectados este es un tema peligrosísimo, porque ya no importa que no se sepan la letra: la leen). Las dos señoras de detrás nuestro nos proporcionaron una auténtica lección culinaria con una discusión acalorada sobre si la mousaka debe llevar o no patata (antes de empezar la zarzuela) y sobre las diferencias entre el cocido madrileño y el montañés (en el intermedio) mientras el señor a su lado decía: "oh, no, hoy tenemos cacatúas". Pero no, en cuanto empezó la música se comporatron como debe ser e incluso chistaron a los que hablaban. Muy bien.


Muy bien las coreografías y los bailarines. Antes de empezar, y durante el descanso, un grupo de danza oriental amenizó al público con tres hombres tocando una especie de bongos (el del centro, guapísimo, el hombre, no los bongos) y una chica con una espada. Y con alfombras e incienso para crear ambiente.

Del nivel musical la verdad prefiero no hablar mucho. A los cantantes (dos) los he escuchado en mejores ocasiones. El resto son actores que defienden bien las partes cantadas. Destacaría sólo a Jesús Castejón, solvente tanto cantando como actuando en el doble papel de los padres de la criatura y que además es el director de escena. La presencia de Eduardo Gómez (el portero de Aquí No Hay Quien Viva) puede que haga mucha gracia a los viejecitos del público al ser una cara conocida de la tele, pero, la verdad, a mí no.


Al principio me aburrí mucho. Luego intenté disfrutar de la parte musical y ya en el segundo acto la cosa se animó un poco. Pero vamos, la tan publicitada "astracanada cómica ideal para acercar la zarzuela a los nuevos públicos" para mí se quedó en una "digestión un poco pesada".

El teatro estaba lleno, quise sacar entradas para mis padres y estaban agotadas. Los laterales de arriba estaban vacíos, por lo que deduzco que en el Teatro de la Zarzuela ya no se venden las localidades de visibilidad nula.


Pablo Luna.
El niño judío (1918).
Teatro de la Zarzuela, Madrid, domingo 16 de enero de 2011.
Beatriz Lanza, Rafa Castejón, Miguel Sola, Jesús Castejón, Pedro Miguel Martínez, Berta Ojea, Ornili Azulay. Luis Remartínez / Jesús Castejón.

lunes, diciembre 27, 2010

El caballero de la rosa


Der Rosenkavalier aterriza en Madrid como gran baza para la temporada navideña y a mí me toca en el abono la última función, es decir, es imposible no estar influido por críticas de prensa o por los habituales comentarios en los foros o blogs de internet. Pero lo conseguí, no leí nada y sólo me llegaron algunos apuntes, y todos decían que eran unas funciones de muy alto nivel.



Suficientes como para quedarme perplejo en el primer acto. ¿Esto es lo maravilloso maravillosísimo? La orquesta renqueante, la mariscala inaudible y todo con un aire "discretito discretito". La leche. Me quedaban todavía dos actos y is amigos estaban celebrando una cena de navidad a tres pasos de allí. Vamos, que las tentaciones para salir pitando me rondaban por la cabeza.

Afortunadamente no lo hice, porque la función levantó el vuelo en el segundo acto y terminó con un tercero precioso.

Pero es que el primer acto... menudo tostón. La orquesta sonaba embarullada y sin ningún brillo. Anne Schwanewilms empezó no fría, lo siguiente. Debe ser que se tomó muy en serio la introspección del personaje y se lo metió tan dentro que los demás ni nos enteramos. Cuando la Mariscala dice eso de "me has peinado como a una vieja" y hasta el final del acto se nos tiene que caer el alma a los pies, y no, fue igual que si dijera "este yogur está caducado". No se trata de cantar piano o de que las mariscalas tengan que tener un torrente de voz (recordemos a la última mariscala en Madrid, una deliciosa Felicity Lott hace diez años), es que la Anne no existía o tenía una mala noche. Ya en el monólogo como que se metió en el papel, pero era tarde, porque nosotros no estábamos metidos en la ópera.


José Manuel Zapata sacó adelante al tenor italiano, graciosísimo en la interpretación y con los agudos apoyados y con esa incertidumbre que hace que pienses eso de "aaaaay, que no va a llegar".

Afortunadamente estaba Joyce DiDonato, metida del todo en su papel, con una muy buena interpretación de Oktavian. Graciosa sin pasarse, suficiente de volumen e intención. Muy bien, me gustó mucho y fue la que salvó el primer acto.


Menos mal que las cosas mejoraron, y para mucho, a partir del segundo. Tate consiguió despertar a la orquesta y sacó todo el jugo a esos valses decadentes de Strauss. De Richard, no de Johann, que ya conozco anécdotas de personas disgustadas en un concierto Strauss por escuchar los cuatro últimos lieder en vez de valses.

Lo dicho, la orquesta, a partir de entonces, estupenda.

Franz Hawlata fue el típico barón Ochs. Justito de voz pero haciendo todos los aspavientos y exageraciones que tocan.

Laurent Naouri muy bien como Faninal, tanto en lo vocal como en lo escénico. Lo que se dice un lujazo de secundario, vamos.


Y Ofelia Sala cumplió bien con Sophie y se sacó unos agudos bien bonitos en la escena de la rosa, perfectamente emparejada con DiDonato. Aparte, también en lo actoral estuvo muy apropiada.

En el tercer acto apareció por fin la Schwanewilms, derrochando la prosodia y expresividad que nos birló en el primer acto. Y con volumen y belleza tímbrica. Menos mal. El trío final, con todos inspiradísimos, llegó a niveles muy altos y conseguí salir de la representación con esa mezcla de sentimientos de ensoñación/resignación desencanto/esperanza que esta ópera te mete en el cuerpo.


La producción es de Wernicke y está disponible en un vídeo con las Fleming, Koch y Damrau y aún así el Teatro Real tiene el morro de anunciar "nueva producción EN el Teatro Real" para confundir al espectador.


Consiste en una serie de paneles con decorados y espejos que los reflejan, formando un estético efecto óptico. Desde Paraíso por lo menos se veía muy logrado. No me hicieron falta pelucas, lámparas ni muebles rococó. Creo que es una ópera que se presta mucho a recargarse de decorados pero que al final estorban. Me gustó mucho la propuesta de Wernicke.

Vamos, que salvo un primer acto bastante bodriete, la sensación final fue de noche más que satisfactoria en el Real y perfecto anticipo de atracón de polvorones y turrones para la navidad.





Richard Strauss
Der Rosenkavalier
Anne Schwanewilms, Joyce DiDonato, Ofelia Sala, Franz Hawlata, Laurent Naouri, José Manuel Zapata
Jeffrey Tate, Herbert Wernicke
Madrid, Teatro Real, miércoles 22 de diciembre de 2010

lunes, diciembre 20, 2010

Manon en Valencia



Segunda vez que voy a Valencia a Les Arts y me reafirmo en mi opinión: Calatrava hace los edificios para que se vean, no para que los seres humanos los utilicen. Esta vez tenía una butaca de segundo piso lateral. Buena visibilidad porque hace mucho que cambiaron la orientación para que los espectadores vieran el escenario y no a los del lateral de enfrente. Pero se les ha olvidado una cosa: no caben las piernas y la rodilla te pega con una barandilla que tendrá sus buenos veinte centímetros de ancho. Absurdo.


Por otro lado el público valenciano es curioso: en cuanto la temperatura baja de los 20 ºC aquello se convierte en un desfile de visones y ramuskés. Hay que entenderles, tienen pocos días de frío al año. Qué pena que el sábado lloviera, había menos de los habituales. En cuanto a comportamiento, en la función del sábado creo que sólo sonó un móvil (no es la tortura telefónica del Teatro Real) y no hubo demasiadas toses (aunque, como siempre, en los momentos más inoportunos). Eso sí, la gente habla. Mucho. Mucho más que en el Liceo, que ya es decir. En cuanto los cantantes se callan, aunque la música siga, todos a comentar.

Y fui a ver la Manon massenetiana.

Quería llevar a mi tx a que conociera el teatro y, por fechas y producción pensé que era la más apropiada. Meeeeec. Error. Se aburrió. La música no le motivó mucho no le gustó el argumento. Pobre, era la segunda ópera sobre Manon que veía, ya lo llevé a aquel Boulevard Solitude del Liceu.

Y es que Manon es pesadita. El primer acto, salvo que la soprano haga el premier voyage sensacional, es una plastez, y el segundo no se anima hasta la petite table y el fermant les yeux. El tercer acto es el más vistoso, con la gavota y el maravilloso cuadro de Saint Sulpice y luego la ópera decae otra vez hasta el emocionante final. Está a caballo entre la grand ópera francesa (los cinco actos, el ballet) y un lenguaje operístico más evolucionado, pero no tira ni para uno ni para otro. Y se hace larga, sí.

Tengo una grabación en la que se prescinde del cuadro del Cours de la Reine y la gavota la cantan en el Hotel de Transilvania, plus algunos cortecitos de más. Sí, ya lo sé, es un sacrilegio, pero aligera la ópera y condensa lo mejor de su música.

Mi tx se desesperó con el argumento: ¡Pero bueno!, me decía, dos horas con que te quiero no te quiero nos fugamos y nos volvemos a fugar... ¡y luego en diez minutos lo despachan todo y no te enteras de lo que ha pasado!
Ay pobre, sólo falta que le lleve a la Manon Lescaut de Puccini y que alucine en colores cuando de repente aparezcan en el oeste americano.


Nada más sentarnos y apagarse las luces, voz en off. Yo pensé que era para decir que apagáramos los teléfonos pero no, nos avisan de que el tenor Vittorio Grigolo sufre una indisposición y en su lugar el papel del Caballero Des Grieux lo va a cantar Jean-François Borras. Fantástic, cancela el director de orquesta, cancela el tenor. Miedito daba, sobre todo después de lo que me habían contado de que a la prota no se le oía nada y que la orquesta tapaba todo.

Pero mira, no. Hay veces que una conjunción de elementos adversos consiguen que todo el mundo se intente superar un poco y lograr una buena noche. Y, sin ser un despiporre de decir que fue excepcional y maravillosísima, para mí fue una muy buena velada.


La orquesta parece que escuchó las críticas de anteriores funciones y no estuvo tan decibélica como me habían contado. Efectista y contundente en los momentos culminantes, sí, pero sin ser una tralla. Eso sí, poco matizada en las partes líricas.

De Ailyn Pérez me temía lo peor, francamente. Y no. No tuve ningún problema para escucharla, así que su tan cacareada falta de volumen no la aprecié yo. El timbre me recordaba en los graves al de Victoria de los Ángeles -con reservas, claro-, arriba es más ligera y llega al agudo sin dificultad (sí, vale, los sobreagudos se le abren y las agilidades ahí ahí, pero a ver quién es la guapa que aguanta el papel sin despeinarse). Consiguió muy buenos momentos en la petite table (¿hacía falta que se despatarrara sobre la mesa?) y en el final. Creo que es una Manon más que convincente y trabajada.


El problema viene con las comparaciones. Hay tantísimas referencias ya que es imposible no hacerlo. Además, cada Manon es un mundo aparte. De los Ángeles, Sills, Gheorghiu, Caballé, Cotrubas, Dessay, Damrau, Netrebko, Freni. Cada una hace suyo el papel y lo lleva a su terreno. Ailyn Pérez no llega a crear una Manon de referencia y característica, pero se adecúa al papel, al estilo y salva con notable la parte.

Des Grieux es ya otro cantar. Estamos acostumbrados en los últimos años a interpretaciones italianizadas y casi veristas: Villazón, el Alagna de los últimos tiempos (no el de sus principios, ojo), el mismo Grigolo. Es un papel muy goloso para un tenor porque con cuatro exageraciones y dos golpes efectistas se come la representación. Luego pasa lo que pasa, que llega el fermant les yeux y no son capaces de plegarse al estilo y a la delicadeza de la música.


Borras llegó deprisa y corriendo, según cuentan, el mismo sábado para hacerse cargo del papel. Se notó en cierto nerviosismo en el movimiento escénico, en un par de frases que se le olvidaron, en la apuntadora que le soplaba el texto como una loca y en un vestuario que le sentaba como un tiro. Vale que el chico no es el figurín de Grigolo sino que más bien tira a osito con sobrepeso, pero por favooor, esos pantalones con la cintura debajo de los sobacos como si fuera Julián Muñoz...

Vocalmente fue todo lo contrario a los Des Grieux vociferantes y veristas que comentaba. Idiomático, refinado y sin excesos. Vale, su Fuyez no es tan efectista, pero el papel en conjunto le iba muy bien. Y además cuando quería pegaba unos pepinazos arriba que temblaba el misterio. Me pareció que si se lo curra puede llegar a hacer cosas muy interesantes.

Fue calurosamente aplaudido por público y resto de sus compañeros.

Pues eso, que básicamente los dos protagonistas estuvieron en su sitio, defendieron notablemente sus papeles y mantuvieron el interés de la función

Del resto de cantantes, Ruciński estuvo correcto, con la voz un poco "seca" y Aceto exhibió graves. Emilio Sánchez fue el único que interpretó además de cantar, y las tres chicas pegaron los gritos de grulla que requieren sus roles (no las culpo a ellas, son unos papeles ingratísimos, sólo comparables a las Mercedes, Frasquitas y el dúo de graznadoras de la Lecouvreur).


Huy, la puesta en escena, que se me olvida.

Es una versión actualizada a los años 50 del siglo XX, muy colorista y sin exageraciones ni provocaciones. Manon lee una revista de cine y sueña con ser una estrella, los focos la persiguen hasta su final muy en plan Lo Que El Viento Se Llevó. Está bien, pero los decorados tienen un punto cutre de baratillo que lo desluce un poco. Me imagino que vista en vídeo ganará porque no cantarán tanto las estatuas o el tren de cartón. De hecho, en las fotos se ve mejor que en el teatro. Quizás una iluminación más cuidada diera más juego. Pero vamos, bien, muy vistoso y entretenido todo. Y más que correcto el movimiento de cantantes y coro. Muy bien resuelta la escena de Saint Sulpice con el coro de beatas y luego cada uno de los cantantes a un lado de la reja.


La producción está editada en DVD/BluRay con Netrebko y Villazón y hay varios youtubes por ahí danzando.



Jules Massenet
Manon
Ailyn Pérez, Jean-François Borras, Artur Ruciński, Raymond Aceto, Emilio Sánchez, Andrea Porta, Ilona Mataradze, Ekaterina Metlova, Natalia Lunar.
Jordi Benàcer, Vincent Paterson
Palau de Les Arts Reina Sofía, Valencia, sábado 18 de diciembre de 2010.

miércoles, noviembre 10, 2010

Otra Vuelta de Tuerca


La primera vez que vi The Turn of the Screw de Britten fue en Barcelona (en el Teatre Victoria, cuando el Liceu estaba socarraet) y casi me duermo en la primera parte pero en el segundo acto conseguí meterme tanto en la obra que hasta me dio miedo, y salí encantado. Sobre el primer acto, en mi descargo hay que decir que fue un domingo a las cinco de la tarde -sopor, sopor- y que la música de Britten no es que sea precisamente muy animada, je.



Había tomado con precaución esta Otra Vuelta de Tuerca del Real. Las críticas leídas en la prensa hablaban de un teatro demasiado grande para una ópera de dimensiones tan reducidas, lo que provocaba una lejanía entre el espectador y la obra.


En parte no les falta razón, tanto teatro como escenario son enormes, pero de lejanía nada. Afortunadamente se ha contado con una orquesta estupendamente dirigida por Josep Pons (¿cuántos eran, sólo 13?, fantástico trabajo) y unas voces que no tuvieron ninguna dificultad en llenar el espacio y la distancia con el público.

Tremenda Emma Bell, que lo mismo te canta un Mozart que un Britten. Templada y afinada y una voz potentísima. Una gozada de institutriz. Puede que interpretativamente no llegue a transmitir el estado febril que necesita el personaje, pero en eso hay más culpa del director de escena, creo yo.

Bien los niños (la Flora, estupenda), muy intensa la Miss Jessel y un ole para el Peter Quint de John Mark Ainsley, que caramba la dificultad que tiene el papel. El ama de llaves fue Marie McLaughlin. Da gusto ver cómo una de las traviatas más cursis de los 80 (todos la conocíamos, era el único vídeo VHS que circulaba comercialmente por aquella época) ha dado paso a una buena e incisiva característica.


Vamos, que en el aspecto musical me gustó todo mucho.
En el escénico... no tanto.

Los decorados me parecen muy apropiados: con una iluminación adecuada, tres paneles y unos pocos elementos que cambian de sitio se consigue perfectamente la ambientación necesaria para esta ópera. Ninguna objeción.

Pero sí a la dirección de actores por un asunto fundamental: los fantasmas.


La institutriz ve fantasmas. No sabemos si son reales o sólo (que ahora se escribe sin tilde) fruto de su imaginación, pero en la ópera de Britten están, y cantan.

Y McVicar los coloca y mueve como a los personajes reales. Vale que tampoco pido efectos especiales demenciados o sorprendentes, pero para mí que un fantasma llegue andando, se pasee como Pedro por su casa y luego se vaya tan campante... como que no, que no me da la atmósfera que la historia cuenta ni la ambigüedad sobre si existen o no. Algo más de juego de luces, alguna transparencia, no sé. En las funciones de Barcelona la aparición de Miss Jessel era terrorífica, aquí no llega ni a inquietante.

Por otro lado, al personaje de la institutriz le falta un punto de fragilidad mental. Sí, se ve que está algo perturbada, pero más como una heroína operística clásica que como la mujer obsesionada que es.



También es cierto que no puedo evitar tener en mente la tremendísima recreación del personaje por parte de Deborah Kerr (qué mujer tan fina) en la película The Innocents (Suspense, 1961), o la novela corta de Henry James en la que se basa la ópera, donde la institutriz es víctima de la fortísima represión sexual victoriana. Y sí, el libretto de la ópera no lo refleja bien, pero a estas alturas en las que estamos curados de espanto con las producciones operísticas, hacer mayor hincapié en este aspecto no hubiera estado mal. Recomendadísimas tanto la peli como la novela.

Que sí, que me ha gustado, y mucho, pero para mí también tiene el pero de no haber logrado un ambiente más inquietante. De todas formas, recomendable totalmente.


Ah, para los comentarios típicos de operafánatico "yo he visto la mejor función del mundo del año catapum y tú no y además tengo la más rara referencia en disco -en directo, of course- y con sonido de huevos fritos", diré que no fui a la producción de la que todo el mundo habla maravillas del Teatro de la Zarzuela con Raina Kabaiwanska.

Y a los que esperaban crónica del Mahagonny lo siento, pero tampoco fui. Es una obra que no me gusta y ese día estaba cansadísimo.


The turn of the screw, de Benjamin Britten
Emma Bell, John Mark Ainsley, Jacob Ramsay-Patel, Nazan Fikret, Marie McLaughlin, Daniela Sindram.
Josep Pons, David McVicar.
Teatro Real de Madrid, lunes 8 de noviembre de 2010




Y no puedo terminar sin poner Los Inocentes, una canción dedicada a los niños Miles y Flora a cargo de La Monja Enana, uno de mis grupos favoritos, je je:






jueves, octubre 14, 2010

Chichi se pone seria


La temporada pasada no fui al recital de Cecilia Bartoli porque un par de razones:

La primera porque era la gira de su disco Sacrificium dedicado a los castrati, y es un disco que me pone muy de los nervios. Y la segunda porque después de los conciertos dedicados a Malibran y a Rossini, estaba ya yo un poco cansado del carácter show-woman que se marca la buena mujer, y más de las reacciones hiperexageradas del público.

Este año no he cogido el abono de recitales vocales porque, la verdad, me parecía poco interesante, pero al leer que el recital de la Bartoli estaba dedicado a Händel me animé a comprar entrada.

Esta vez sí que fue auténtica butaca de paraíso, de arribota del todo, con lo cual oh, el peligro de siempre con esta mujer: ¿llegaría la voz de la Bartoli allí arriba? Y, con la mala vista que me gasto, encima me iba a perder sus gestos y muecas, que la Chichi no deja que la filmen las cámaras y podamos verla en las pantallas que hay en la parte alta del teatro.

El inicio no pudo ser más desesperanzador: cómo se le ocurre empezar con un mini aria de bravura llena de coloraturas en la que la proyección de la voz se debió de quedar en la fila 6 del patio de butacas. A afinar oído y vista tocaba. Menos mal que luego ya calentó la voz y el resto del recital, sin problemas, pero vamos, que al principio casi me quedé helado.

Esta vez el recital ha sido más serio, sin tanta concesión al público: una serie de arias de Händel que no estaban dentro de lo más trillado y archiconocido. Se iban alternando arias lentas, algo más animadas y de coloratura salvaje.

Como de costumbre, las más celebradas son las arias en las que la Bartoli despliega su fiato y su característica ametralladora de semifusas. Muy espectacular, como siempre. Pero el mayor aplauso de la noche, y con toda la razón del mundo, fue para el "Scherza infida" de Ariodante. Se acaban los adjetivos: creación mágica, introspectiva, lejana del efectismo pero efectiva. Es en esta pieza donde se puede apreciar de verdad todo lo que vale esta mujer, la redondez y belleza de su voz. Muy similar también el aria de Alcina que se marcó en la segunda parte.

Y me dije yo: al margen de amaneramientos y poses, que los tiene, lo que hace de la Bartoli única es esa capacidad de expresar. La misma aria de Alcina puede resultar un petardo insufrible de diez minutos de duración en otra voz que lo mismo puede ser de mejor "calidad" si se canta de una manera monótona, pero en manos de Bartoli se convierte en una maravilla disfrutable de principio a fin, llena de matices. Un lujazo, que se dice.

En cuanto a las arias de coloratura, ya sabemos cómo se pone. En cuanto empieza a abrir los brazos y tensar los dedos de las manos hay que prepararse porque se va a lanzar. En el final de la segunda parte, Teseo de Händel, la chica del oboe las pasó canutas para seguirla. Fantástica Cecilia en el final de la primera parte y en los dos bises, el Da Tempeste del Julio César y aquella que se hizo tan famosa con la película Farinelli, Son qual nave, de Broschi.



Y el acompañamiento, excepcional. Il Giardino Armonico son la quintaesencia del Barroco. Y quien piense que el Barroco es aburrido, monótono y repetitivo, que se escuche la obertura de Gedeone, de Porpora, que se marcaron. De poner los pelos de punta.

¿Pegas al recital? Sí, quizás demasiado largo el programa y una primera parte mucho más vistosa que la segunda.

Ha sido un concierto mucho más "serio" que los últimos a los que había asistido de la Bartoli. Y lo he disfrutado mucho. Más que la soirée rossiniana.

Ah, los detalles de estilismo: sobrio vestido negro en la primera parte (nada de arrancar los cortinajes del salón como suele acostumbrar) y un desfavorecedor vestido a dos tonos en la segunda (el del vídeo de arriba). Y los clásicos Swarovskis deslumbrando. El público, más comedido que de costumbre en estos eventos aunque alguna mamarracha aislada disfrazada de "voy a la ópera" sí que había.

Recital de Cecilia Bartoli en Madrid,
Teatro Real, miércoles 13 de octubre de 2010.
Il Giardino Armonico
Obras de Händel

lunes, octubre 11, 2010

Ha muerto Joan Sutherland


A los 83 años (tampoco tantos, ¿no?).

Aquí, algo no muy habitual en ella:



Una pena.

Mira

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