lunes, enero 17, 2011

El niño judío


Iba con muchas ganas a este niño judío del que tan bien había oído hablar cuando se programó en el año 2001. Y ay, chico, qué quieres que te diga. Vale que la música es de alto nivel y que la producción está cuidadísima, pero me ha parecido un tostoncete de no te menees.

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Don Jenaro no quiere que su hija Concha se case con Samuel porque es judío, pero cuando descubre que en realidad es hijo de un rico comerciante judío de Siria, lo dejan todo y se embarcan los tres a la búsqueda del padre del chico. En Alepo descubren que el padre es un rajá de la India, y allá que se van, corriendo aventuras y peligros. Allí descubrirán finalmente el origen de Samuel, el niño judío.




No es que el texto se haya quedado anticuado o que el argumento sea absurdo, que a eso está ya uno acostumbrado, es que lo pretendidamente humorístico de la obra no me hacía ni pizca de gracia. Todo estaba salpicado de chistes y gracietas que encontré supertrasnochados. Y encima es una zarzuela en la que se habla mucho, muchísimo. De hecho, el primer cuadro no tiene más música que la del preludio. Vamos, que es una obra que para mí no hay por donde cogerla.

Pero claro, con ese libreto que se presta a todo tipo de delirios orientales, le pones una producción muy vistosa sin ser ostentosa ni escandalosamente espectacular y la adornas con un buen cuerpo de baile y voilà, queda una función la mar de llamativa.


La música es la mar de inspirada. Luna tenía una gran capacidad de crear melodías (la canción de Manacor es modélica en este aspecto). Siguió la moda de la época de ambientes exóticos pero dando toques españoles. Vamos, que tanto a la danza de las esclavas de Alepo como la de las sacerdotisas de la India les pones una castañuela y un taconeado y tranquilamente pasan por typical spanish.

Para esta representación se ha sustituido la trova de la esclava Rebeca por la danza del fuego de Benamor, otra zarzuela de Pablo Luna, un fragmento precioso, con la salvedad de que una señora que tenía dos filas más atrás creía que estaba en Madama Butterfly y se empeñó en canturrearlo como en el coro a boca cerrada.

La perla de El Niño Judío es la canción española. Conocidísima, maravillosa y justificadísima su fama. Y esta vez no fue señora cantando, sino una auténtica sinfonía de toses. Hombre, yo ya sé que la edad media de las personas que vamos a la zarzuela es de elevada a muy elevada y que en invierno se corren estos riesgos, pero joder, que ayer el teatro parecía un concurso de bronquíticos.



Por otra parte, como aparte de la canción española no hay fragmentos requeteconocidos, los Gremlins habituales no cantaron al ritmo de la música (además con los sobretítulos proyectados este es un tema peligrosísimo, porque ya no importa que no se sepan la letra: la leen). Las dos señoras de detrás nuestro nos proporcionaron una auténtica lección culinaria con una discusión acalorada sobre si la mousaka debe llevar o no patata (antes de empezar la zarzuela) y sobre las diferencias entre el cocido madrileño y el montañés (en el intermedio) mientras el señor a su lado decía: "oh, no, hoy tenemos cacatúas". Pero no, en cuanto empezó la música se comporatron como debe ser e incluso chistaron a los que hablaban. Muy bien.


Muy bien las coreografías y los bailarines. Antes de empezar, y durante el descanso, un grupo de danza oriental amenizó al público con tres hombres tocando una especie de bongos (el del centro, guapísimo, el hombre, no los bongos) y una chica con una espada. Y con alfombras e incienso para crear ambiente.

Del nivel musical la verdad prefiero no hablar mucho. A los cantantes (dos) los he escuchado en mejores ocasiones. El resto son actores que defienden bien las partes cantadas. Destacaría sólo a Jesús Castejón, solvente tanto cantando como actuando en el doble papel de los padres de la criatura y que además es el director de escena. La presencia de Eduardo Gómez (el portero de Aquí No Hay Quien Viva) puede que haga mucha gracia a los viejecitos del público al ser una cara conocida de la tele, pero, la verdad, a mí no.


Al principio me aburrí mucho. Luego intenté disfrutar de la parte musical y ya en el segundo acto la cosa se animó un poco. Pero vamos, la tan publicitada "astracanada cómica ideal para acercar la zarzuela a los nuevos públicos" para mí se quedó en una "digestión un poco pesada".

El teatro estaba lleno, quise sacar entradas para mis padres y estaban agotadas. Los laterales de arriba estaban vacíos, por lo que deduzco que en el Teatro de la Zarzuela ya no se venden las localidades de visibilidad nula.


Pablo Luna.
El niño judío (1918).
Teatro de la Zarzuela, Madrid, domingo 16 de enero de 2011.
Beatriz Lanza, Rafa Castejón, Miguel Sola, Jesús Castejón, Pedro Miguel Martínez, Berta Ojea, Ornili Azulay. Luis Remartínez / Jesús Castejón.

6 comentarios:

  1. Los laterales estaban vacios porque los que los habitabamos ya tuvimos la habilidad de reubicarnos a los huecos de los ausentes.

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  2. No creo, acabo de mirar en la web de Servicaixa y parece que las localidades laterales extremas de los pisos 1,2 y 3 no están a la venta. Se venden las de visión reducida, pero las de nula no.

    ¿te gustó?

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  3. Sospecho que me gusta mmás tu crítica que lo que me hubiera agradado la obra.

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  4. Un amigo mío (Lute y tú ya sabéis de quién hablo) formó parte de la producción (de esta misma, se entiende) y acabó asqueado del impresentable del director de escena, de la familia del mismo y de la asnidad del montaje, zafio, aburrido y malo.
    VAYA BASURA! Y lo mejor fue en la escena final (si esta mano me la cortan etc.) cuando dijeron al coro masculino vestido de derviches que se pusiera a cuatro patas moviendo el culo... No comment.

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  5. Yo tengo abono de visibilidad reducida. Y mi opinión ya la sabes, porque soy el que te saludó en el entreacto. :-)

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  6. Coño no sabía que eras tú :-)

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